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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2009.
Natalia Ginzburg se consideraba a sí misma como una narradora antes que una intelectual, pero a la vez dio lugar a varios volúmenes de opiniones, recuerdos y observaciones que son realmente valiosos. El más conocido de ellos es “Las pequeñas virtudes”. El volumen “Ensayos”, que acaba de publicar Lumen, recoge a su vez otros dos volúmenes: “Nunca me preguntes”, una recopilación que la propia Ginzburg hizo de artículos publicados en La Stampa junto con algunos otros textos; y “No podemos saberlo”, otra recopilación de artículos y textos aparecidos principalmente en el Corriere della Sera y L’Unità. En ambos casos los artículos se presentan cronológicamente, en un periodo que cubre desde 1965 hasta 1990, el año anterior a su muerte. En el primero de estos dos libros Ginzburg se muestra insegura respecto a su labor y su persona, insiste en presentarse a sí misma como una mujer que “sólo sabe escribir novelas”, habla de su “inferioridad respecto a los demás”; es una parte cargada de un autodesprecio que llega a sorprender, a la vez que da lugar, acto seguido, a una prosa de lo cotidiano realmente iluminadora; en el segundo libro la autora se muestra más contundente, como si ya supiese mejor quién es ella y cuál es su terreno, como si, ya mayor, pudiese prescindir de ciertos rodeos. El último de los textos es una autobiografía en tercera persona, un buen cierre de su obra, que termina así: “(Natalia Ginzburg) Cree en Dios, aunque de manera caótica, atormentada y discontinua”. En los veinticinco años de artículos, prólogos y discursos que recoge “Ensayos” se tratan muchos asuntos. El estudioso de Ginzburg encontrará textos sobre la propia escritura, como “Retrato de escritor”, que supone toda una poética en tercera persona, o “Interlocutores”, donde habla de esos pocos conocidos a los que un autor enseña sus textos antes de ser publicados. También abundan los textos de recuerdos, como el magnífico “La casa”, con el que comienza el libro, y en el que relata la búsqueda con su marido de una casa en Roma donde vivir. O los pasajes en que narra, después de la muerte de su primer marido, Leone Ginzburg, sus días de trabajo para la editorial Einaudi. Quizá sean estos pasajes memorialísticos los que más me han gustado de la primera parte de este volumen, incluido el que narra el paso de la autora por el psicoanálisis, con sus intuitivas conclusiones: la desconfianza en lo onírico, la idea de que el psicoanálisis elimina la posibilidad de “una piedad recíproca”... Al final, en estos textos, siempre vence el elemento humano, un sentido de la prudencia que se apoya más en un conocimiento cálido y práctico de las personas que en la búsqueda de un término medio o un afán de conciliación. Abundan los textos en donde Ginzburg habla de cine, de películas que ha ido a ver: de cómo se ha aburrido con una cinta experimental de Ferreri, cómo se queda sin juicio, en una zona desamparada, tras ver “Salò” de Pasolini, o cómo descubre el talento de Billy Wilder viendo “Primera plana” (quizá este último artículo es mi preferido entre los cinematográficos). También escribe sobre teatro, del que ella es autora y del que va a ver: critica el “teatro gestual” o aquel que se presenta a sí mismo como “antiburgués”, y defiende el teatro de butaca, palabra y sentimientos; hace unas observaciones finas y demoledoras sobre Dario Fo, de quien dice que, igual que hacen “los profesores y los curas”, “se dirige sólo a sus partidarios”. Hay una mirada no corrompida en estas opiniones de Ginzburg capaz de lanzar de vez en cuando destellos de gran altura, de gran intelectual antiintelectual, por así decirlo. En el fondo, no sorprende que se declare en este libro admiradora de Simone Weill. Abundan también los textos dedicados a la creencia en Dios o, en la última parte, a su candidatura por el Partido Comunista, una filiación política en la que quizá pesaron más motivos biográficos que ideológicos, y que, en todo caso, no deja de sorprender para quien lea estas interesantes páginas. Natalia Ginzburg, “Ensayos” (Lumen, 2009). 447 pág. Traducción de Flavia Company y Mercedes Corral. Reseña publicada en es suplemento Artes y Letras de Heraldo de Aragón, en junio de 2009. |