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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2008.

Resumen

07/05/2008

SUR LE PONT DE MILLAU

         De vuelta del puente del uno de mayo subimos del coche los regalos y encargos traídos de Francia. Para A. la revista Les Inrockuptibles, con el disco de selección musical de la temporada (Printemps 2008), que hemos oído en la carretera pasándonos las canciones que no nos gustaban. Siempre que vamos a Francia traemos Les Inrockuptibles y unas cuantas revistas más para F., pero F. ha estado la semana pasada en Toulouse y esta vez no ha hecho falta.

         Para mi madre –el día que volvemos, el domingo, es el día de la madre– compro en Millau unos guantes de piel. Es bonito ir a comprar a Millau guantes de piel: hay diferentes casas donde se fabrican que se pueden visitar. Se exponen imágenes de señoras que los han vestido, como Jackie Kennedy. La ciudad de Millau se ha hecho ahora más conocida por el viaducto que han construido a su lado, y que lleva su nombre. Ya lo habrán visto en imágenes, ese puente sobre el valle que gana en altura a la torre Eiffel y que ha trazado Norman Foster. La peculiaridad de una obra así es que se disfruta “in itinere”, no está hecha para quedarse detenidos sobre ella, como en la torre Eiffel. Se tiene que disfrutar por necesidad a una velocidad moderada de autopista. Me dijeron que había un punto donde uno podía detenerse, pero o yo no lo vi, o no existe. En todo caso, aunque existiese esa supuesta parada, el viaducto es una atracción que se disfruta de un modo efímero pero que resulta igualmente romántico, quizá más. La gente hace fotos y vídeos al pasar sobre las nubes de la niebla.

         E. me ayudó a elegir los guantes y se los probó para que viese cómo quedaban. E. no compró guantes para su madre porque ya le ha hecho otro regalo, ha comprado a sus padres unos pases de temporada para la Expo. Pero sí que hace regalos para su hermana y el novio de su hermana. Compra sales preparadas por Michel Bras, que tiene un restaurante de tres estrellas Michelin junto a Laguiole, no muy lejos de Millau. No diré que el restaurante es barato, pero el número de estrellas de un restaurante no va necesariamente en proporción a su precio. E. compra para Ch., que es cocinero, el libro de cocina de Michel Bras. Le manda un mensaje para preguntarle si entiende mejor el francés o el inglés, por elegir una edición u otra.

         También compramos galletas de Michel Bras para F. y L., ya que esta vez no hacía falta traerles revistas. Pero E. compra el Vogue pensando en L.

         Para P. que diseña joyas, compramos una navaja de Rodez, que es el producto quizá más conocido de allí. Son navajas de mango de cuerno de vaca, de aspecto muy pulido y delicado. Esta zona, el Aveyron, es una región de vacas, los productos que la hacen conocida vienen de ellas: la carne de Aubrac, los productos de piel como los guantes, los quesos… Compramos otra navaja por encargo de P. para unos amigos suyos. La compra de quesos hemos de dejarla para el último día, el domingo, pero en Francia no hay muchas cosas abiertas en domingo. Hay algunos tenderos franceses que parece que se ofenden cuando se les pregunta si van a abrir el domingo, como si hacerlo fuese contra la ley divina, o de la unidad de la nación o alguna cuestión de raza. Otros responden con amabilidad que estarán cerrados y otros, atendiendo al sector turístico, abren parte del día.

         Compro para mí algunas revistas, como el Philosophie magazine, que trae un número especial para alumnos sobre el Baccalauréat, el equivalente francés de nuestra Selectividad. Es una revista más pensada para el Baccalauréat que para entender el mundo. Es retórica y evasiva, pero no puedo dejar de comprarla. Sobre profesores de filosofía me quedo con el Il faut tenter de vivre de Redeker.

 Heraldo de Aragón, Huesca, 6.5.08

 

 

07/05/2008 10:31 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

14/05/2008

EL CERDO Y LAS PALABRAS

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         He leído con particular interés el capítulo que Hitchens dedica al cerdo en su libro Dios no es bueno (Debate), dada la gran presencia que tiene este animal en nuestro territorio aragonés. Ese capítulo trata de indagar en el odio atávico de algunos credos hacia el cerdo. Recoge informaciones al respecto que hacen sonreír a cualquiera: entre los escolares musulmanes se prohíbe la lectura de la obra de Orwell “Rebelión en la granja”. También trata, como ya he escrito en otra ocasión, de la costumbre algo sádica de los españoles de ofrecer al invitado un plato de jamón o embutidos con el fin de descubrir al falso converso o, lo que es lo mismo, crear un clima de confianza entre “cristianos viejos”. Y trata, aunque no recuerdo si en este capítulo o en otro del libro, sobre lo que a menudo se dice sobre las costumbres alimenticias o higiénicas del ámbito religioso: eso de que su origen tiene una “explicación” razonable de carácter práctico, como es el prevenir infecciones o la fimosis mediante la circuncisión, o el evitar la triquinosis con la prohibición de comer carne de cerdo, o el mantener a los miserables apartados de las vacas en la India… Sin embargo, se pregunta Hitchens, ¿cuál sería la “explicación” del matar o perseguir por razones religiosas a los que comen carne de cerdo, o a los que no la comen? Hay ahí un salto no razonable, por así decirlo. El salto que está en la base de las tesis del libro: no es la religión una mera adaptación y un ordenamiento de la vida humana de cara a su viabilidad, algo útil y comprensible incluso para los ateos, al fin y al cabo, sino algo que alberga el mal en la misma proporción, por lo menos, que el resto de los ámbitos humanos.

         Otro aspecto que me ha interesado del libro de Hitchens, y que no he comentado antes, es de la intraducibilidad de los textos sagrados. Algo que tiene que ver con el relativismo cultural o las exaltaciones lingüísticas del nacionalismo: el monolingüismo de Dios. Es verdad que existen episodios de plurilingüismo como el de Pentecostés, pero la tendencia ha sido el entender que el texto sagrado tiene una formulación exclusiva, de la cual las traducciones solo son un reflejo insuficiente, cuando no una blasfemia abierta. Hitchens explica esto refiriéndose al Corán, y cómo se hace ligar la religión a una lengua y a un tipo de escritura. Por otra parte, los estudios filológicos o sobre el origen de los textos del Corán han sido sistemáticamente evitados y perseguidos. No sólo la lengua se convierte en algo sagrado y “único”, sino también su propia impresión en papel, de ahí el respeto reverencial al Corán impreso –un respeto que ha venido siendo proporcional al desinterés o el desprecio hacia el resto de los libros–. De ahí que los integristas islámicos rechacen el papel reciclado, por la idea de que pueda contener algún fragmento, por pequeño que sea, de un Corán. Y, respecto al cristianismo, Hitchens cita a los hombres que fueron a la hoguera por traducir la Biblia, el camino hacia “la Vulgata” y la resistencia católica por abandonar los rituales latinos.

         En fin, escribo esto un rato antes de empezar esta semana mis clases de filosofía con bachilleres. Miro Internet y celebro la victoria de los proeuropeístas en Serbia. En la mesa tengo también un libro de texto de primer curso de Filosofía que acaba de mandar una editorial. En estas semanas las editoriales hacen sus promociones. La asignatura, por lo que veo, pasa a llamarse “Filosofía y ciudadanía”. Ya no es sólo “Filosofía”. La verdad es que tiendo a pensar que toda palabra que acompañe a la honesta “Filosofía” quizá no sea más que un falso amigo que, cuando menos lo espere, la traicionará.

Heraldo de Aragón, Huesca, 13.5.08

14/05/2008 10:27 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

21/05/2008

DISEÑO NATURAL

         Si con dieciséis o diecisiete años un profesor hubiese preguntado en mi clase cuáles eran las principales amenazas o problemas de la humanidad, sin duda hubiese aparecido, entre las primeras, la energía nuclear y la guerra atómica. Hoy el profesor soy yo y cuando hago esa pregunta en clase la amenaza es el llamado “cambio climático”, como cabía esperar. Nadie nombra la guerra atómica, todo aquello que se nos repetía de la potencia de los arsenales nucleares del planeta, su capacidad para acabar con no sé cuántos planetas como el nuestro. Al revés, la energía nuclear es vista en no pocos casos como una alternativa energética apenas dañina para la atmósfera y que, hoy por hoy, puede colaborar en el desarrollo de países pobres. Una de las cosas más interesantes del documental que se hizo como contestación a “Una verdad incómoda” es el estudio de las consecuencias que tendría en el Tercer mundo el hacerles renunciar a otras fuentes de energía que no sean las llamadas “renovables”: perpetuación en su miseria, su analfabetismo y emigración de los más aptos o audaces. Hace un par de semanas Eduardo Punset hacía unas reflexiones interesantes, en el suplemento que acompaña a este periódico los domingos, sobre cómo vemos la tecnología, y en nuestro empeño en percibirla a menudo como una amenaza cuando precisamente quizá sea nuestra posibilidad de hacernos viables como especie, e incluso de hacer viable la biodiversidad.

         Tendemos a pensar mitológicamente, teológicamente, de modo que entendemos que la Tierra “nos ha sido dejada”, una forma pasiva que elude un enigmático “por”. O que la naturaleza “se venga”, o se “queja”, o expresiones similares. Evidentemente que hay equilibrios naturales que se modifican, pero tendemos a dar a la naturaleza formas personales y a proyectarnos en ella con nuestras culpas, algo tan viejo como la creencia primitiva de que los terremotos o erupciones volcánicas respondían a alguna clase de enfado divino. Tenemos una responsabilidad con nuestros hijos y descendientes, pero no con ninguna clase de destino natural. Punset se preguntaba también en ese artículo por qué tendemos a confiar en el diseño ciego de la naturaleza, y no en el diseño, también natural pero inteligente, de la mente humana.

         Estamos llenos de “lapsus” teológicos. Un libro de texto que manejo de Filosofía se pregunta en uno de los apartados si el salto de la inteligencia animal a la humana es meramente cuantitativo o cualitativo. Me parecía un texto normal, hasta que una alumna se empeñó en que le explicase qué quería decir realmente en esa frase “cambio cualitativo”, y también el “meramente” de cuantitativo. Tuve que reconocer que, ciertamente, dos siglos después de Darwin, seguimos pensando que hubo un instante en que algún tipo de varita mágica o sobrenatural tocó al hombre, la especie elegida. Los autores del libro “La especie elegida”, los antropólogos Arsuaga y Martínez, hablan precisamente de los prejuicios que encierra la frase “el hombre viene del mono”, como si el hombre hubiese dejado de ser un mono, aunque sea peculiar.

         Estamos rodeados de dudas y de equívocos. Algunos dirán que es el hecho moral lo que diferencia a las personas, pero lo cierto es que la inteligencia es también moral. La tecnología es una muestra de nuestra moralidad y de nuestra valentía. La evolución en Darwin es pasiva, las especies se adaptan pasivamente a los cambios. En ella no interviene el individuo, las cosas suceden como un cauce de agua que se abre paso. En ella no hay mal ni bien. Pero nosotros, los hombres, sabemos que lo hay, y que nadie hará por nosotros cada acto de bondad, de aventura y de generosidad que dejemos por hacer.

 

Heraldo de Aragón, Huesca, 20.5.08

21/05/2008 00:50 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. Hay 5 comentarios.

28/05/2008

EUROVISIÓN

         Eurovisión forma parte de la Transición española. También del franquismo, desde luego, pero de una clase de franquismo televisivo y bailable que, junto al fenómeno del turismo, era natural que acabase dando paso a otra cosa, como sucedió. La conexiones en directo con los diferentes países, los saludos cruzados en todas las lenguas europeas, ha sido de hecho la experiencia más europea, visual y televisivamente, es decir, real, que hemos tenido durante décadas. La otra sería el saludo navideño del Papa –¿era por Navidad?–, ese decir unas palabras en diferentes lenguas. Pero, como espectáculo, aunque no está mal, no lo iguala. O el concierto de año nuevo en Viena, con la marcha Radetzky, que resulta elegante pero escasamente políglota y diverso. Luego ha resultado que Europa ha cambiado, y con ella Eurovisión: la entrada en masa de los países ex comunistas del este. De algún modo, ellos están viviendo también ahora una transición, y han abrazado con entusiasmo este festival, hasta el punto de que quizá lo asfixien. Reino Unido ya ha avisado de que, de seguir así el sistema de votación, con las alianzas entre los nuevos países, quizá deje de participar. En esta línea de cierto desencanto por lo previsible de los resultados fueron los comentarios de Uribarri en Televisión Española, que convirtió las tandas de votaciones en una especie de quiniela particular, una broma salpicada por valoraciones que iban de la rijosidad al paternalismo. Pero a lo que voy con todo esto es que yo estoy con Eurovisión. Es verdad que la vi un poco por casualidad, y que no soy un seguidor fan, pero el rato que vi bastó para convencerme de que sigue siendo un programa anual de televisión válido y poderoso. Me impresionó la seriedad con que desde Belgrado dispusieron la puesta en escena, las continuidades y las presentaciones. Se notaba que había mucha ilusión puesta en que todo saliese bien, hasta el derroche final de fuegos artificiales, algo que parecía significar algo más que el final de un concurso de canciones ligeras, un deseo de dejar atrás épocas y episodios tenebrosos. La fiesta de Eurovisión tiene algo de Año Nuevo europeo, con todos esos trajes brillantes y escotados y ese brindar y saludar hacia la cámara de los artistas en los backstages. Europa se relaja un poco en Eurovisión, se permite ser hortera, un mostrarnos unos países a otros un trozo de nosotros mismos que decoramos con entusiasmo, como encendemos todas las luces del salón cuando hay visita. Es, en este sentido, un espectáculo entrañable. Eurovisión nace en los años cincuenta del siglo pasado, a la vez que los existencialistas.

         Atendí a las últimas actuaciones del festival, entre las que estaba, por desgracia, nuestro Chikilicuatre. Es mucho mejor ser hortera, o muy hortera, como lo fueron los rusos ganadores, que no ser nada. Porque el personaje de Chikilicuatre ni siquiera es una parodia de algo. Es como un muñeco de ventrílocuo al que no viésemos quién le mete la mano en la espalda. Sí, están los de El Terrat y Buenafuente y los demás, pero como invento no deja de resultar siniestro y servil. El ventrílocuo tradicional suele escenificar cómicamente la doble moral de un país: el muñeco dice lo que no se puede decir. El actor que hace de Chikilicuatre, por contrato, no puede conceder entrevistas ni aparecer en público desprendido de su disfraz y sus guionistas. Como fórmula me resulta incómoda, como espectador no me hace gracia. Riéndonos pretendidamente de lo cutre, hemos hecho el ridículo. Me imagino a ese actor paseando su maquillaje entre todos esos cantantes ilusionados, ese mundo real de sentimientos y decepciones. No sé lo que le pagarán a ese actor. Seguramente ni siquiera mucho.

Heraldo de Aragón, Huesca, 27,5.08

28/05/2008 12:17 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.


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