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Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2008.
Un amigo mío que es todo un tratadista sobre la mala conciencia me ha recomendado que lea “La tiranía de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental”, de Pascal Bruckner. Lo empecé a leer anoche y no me resisto a recomendarlo ya aquí, aprovechando que estos días son los de la Feria del Libro de Huesca. Es un ensayo sobre el antioccidentalismo, un producto típicamente occidental. Sobre el sentirnos culpables de todos los males del mundo y la idea heredada de que cualquier paso adelante del primer mundo es a costa del tercero. Este sentimiento de culpa lleva al silencio de occidente, a que renuncie a pronunciarse abiertamente, cediendo la voz, se quiera o no, a toda clase de integristas religiosos, indigenistas visionarios y redentoristas varios. Bruckner, ya en las primeras páginas, cita al presidente Zapatero como un ejemplo de los líderes europeos que se alinean con este tipo de voces débiles o acomplejadas: trae el caso de que Zapatero, por no ofender, renunciase a utilizar en público la expresión “terrorismo islámico”, y prefiriese decir “terrorismo internacional”. La expresión “terrorismo internacional” tiene la ventaja, además, de dar a entender en cierto modo que tan terroristas son los de un lado como los del otro, incluido Estados Unidos y quienes les secundan. De hecho, podría decirse, los verdaderos terroristas somos nosotros, no los que ponen bombas en los trenes, etcétera. A propósito de todo esto venía este fin de semana una noticia que, en los términos en que aparecía escrita, resulta muy ilustrativa. Hablaba de las tribus del Amazonia que no han tenido contacto alguno con “el hombre blanco” –no es una ironía, utilizo la expresión que escribió el redactor anónimo de la agencia EFE, posiblemente un hombre blanco también– y que tienen que abandonar sus territorios por la presión de las industrias madereras del Perú. Los indios, se nos dice, “que no saben de fronteras”, acusándonos a los que sabemos de ellas, se desplazan hacia las selvas amazónicas de Brasil, que tiene como presidente a Lula, que no es tan bueno como parecía que iba a ser, pero que todavía, y pese a los casos de corrupción que le han salpicado, sigue haciéndose respetar entre un buen sector de los occidentales culpabilizados. Además, los brasileños no hablan español, la lengua de los conquistadores, lo que también les hace un poco menos culpables. Bruckner habla también del complejo del buen indígena amazónico y cita al antropólogo Lévi-Strauss, que forma parte de la patrística antioccidentalista. La noticia de los indios que no han tenido contacto con la civilización, a decir verdad, no se difundió este fin de semana porque sí, sino porque les habían tomado unas vistosas fotografías desde una avioneta. Se les ve con las pinturas de guerra, enseñando sus arcos y lanzas, retadoramente, hacia el piloto. Esta es la verdad de la noticia, ese testimonio gráfico al que acompañamos con una retórica que palie nuestra mala conciencia de mirar desde una ventanilla. Una retórica cínica. Una fotografía que coincide en el fin de semana con las de fósiles exóticos de peces extinguidos. Una tribu es un fósil de nosotros mismos, pero las tribus son de personas, y estas deberían ser tratadas con dignidad. Quiero decir que sería bueno pensar en ofrecerles alfabetización y acceso a la sanidad. Ese idílico “no conocen fronteras” equivale a un “no conocen leyes”, que son precisamente el instrumento que garantiza nuestra libertad. Si de algo tenemos que tener mala conciencia no es de haber acabado con eso modos de vida primitivos, sino más bien de consentir que siga habiéndolos. “Esos pueblos son únicos”, se nos informa. Como la bucarda del Pirineo. Heraldo de Aragón, Huesca, 2.6.08 El viernes Ignacio Martínez de Pisón estuvo firmando en la Feria del Libro de Huesca. Martínez de Pisón quería ir antes a la tienda La Confianza, porque las señoras que atienden el negocio –el otro día estaba Bibí, aunque no suele ser la que atiende habitualmente– son primas del compañero de mesa de billar con el que desde hace años este escritor se junta semanalmente en Barcelona. Martínez de Pisón, bajo el techo pintado de León Abadías, compró para regalar unas cajas de galletas con la forma de las pajaritas de Ramón Acín. En la cajita de los dulces, dentro, aparece una explicación breve y entrañable sobre las pajaritas y la moda de la papiroflexia en el primer tercio del siglo pasado, se cita a Unamuno entre todas esas cabezas de pajaritas con cobertura de chocolate. El domingo seguí en la televisión el partido del Huesca contra el Écija, por el que ya estamos a un paso del ascenso histórico a segunda división A. Por sms tuve que hacer la crónica del encuentro a otros oscenses que estaban esa tarde en la Feria del Libro o fuera de Aragón. Después del partido estuve leyendo el libro que José Antonio Martín Otín, Petón, ha escrito sobre Pepín Bello en Pre-Textos: “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”. Es un libro realmente singular, lleno de anécdotas, y con un pie puesto en lo deportivo, lo que casa muy bien con el ambiente juvenil y vanguardista de la Residencia de Estudiantes que se describe. El relato que hace José Bello de su primera entrada en el Casino de Huesca es ilustrador de lo que ese edificio significaba, en su condición de ventana al mundo, con sus suscripciones de prensa, sus tertulias y su mesa de billar. El libro recoge la fotografía del homenaje que se le hizo en el Casino hace unos años, cuando existía la revista Trébede. Bello posa de pie en el espacio que ocupaba la antigua mesa de billar, aquellas bolas que él comparaba con el limpio orbitar de los satélites. Heraldo de Aragón, Huesca, 10.6.08 Los del Huesca no olvidaremos nunca del partido de fútbol que este domingo pudimos ver por la televisión, nuestro equipo clasificándose en Segunda. Diré que con el tiempo, ya algo mayor, he ido aficionándome al fútbol. El fútbol, el seguir los encuentros los domingos, el ir al campo, forman parte de mi felicidad, de un ámbito afectivo del que no querría desprenderme. Aunque tengo que decir que este año se han complicado las cosas para mí: el Zaragoza, que ha sido mi equipo de primera, va a jugar esta temporada en la misma división que el Huesca. Siempre he dicho que uno no puede ser aficionado de dos equipos. Ahora tengo que reconocer que las cosas no son siempre tan sencillas. Digo esto, de todos modos, desde la celebración. Cuando acabó el partido este domingo crucé llamadas telefónicas con amigos de Huesca, entre ellos Javier Tomeo, que siempre que habla de sus veranos oscenses de juventud se refiere a los meses en que el Huesca preparaba su temporada en el campo de San Jorge. Tomeo llegó a entrenar y jugar con aquellos jugadores. Tomeo siempre ha contado que su primer texto publicado fue la crónica de un partido del Huesca en Barcelona, en el campo de San Andrés, cuando todavía era un bachiller. El fútbol me parece noble y bello. Cuando estoy en el campo, frente al rectángulo de hierba, me siento en continuidad con los espectadores de Delfos, cuando los atletas de las polis griegas competían entre sí. Es falaz decir que el fútbol despierta el lado violento de las personas: ¿qué otra clase de concentración de decenas de miles de personas, apretadas unas con otras, de toda clase de oficios, se salda más pacíficamente que un encuentro de futbolístico? A veces parece milagroso este civismo, teniendo en cuenta que lo que sucede en el campo es algo que apasiona vivamente a los que están en las gradas. La democracia siempre ha ido acompañada del enfrentamiento deportivo. Por otra parte, si lo pienso, tiendo a identificarme más con equipos que representan a ciudades que los que representan a territorios o países. Me alegraré, desde luego, si España gana la Copa de Europa, aunque quizá no en el mismo sentido que si lo hacen mis equipos de ciudad. Tal vez porque entiendo que la ciudad es mi espacio de libertad, un espacio que no tiene ni idioma propio ni identidad. Todas las ciudades del mundo, como se dice, forman una misma ciudad. Y la competencia entre ellas, el ir paseando al campo de fútbol, el pasar el dedo con delectación por las costura en relieve del escudo del equipo, el sentarse a ver el juego al aire libre, es algo de lo que he aprendido a disfrutar. No sé si esto me hace mejor persona, pero sé que no me hace peor. Diré, además, que para muchas personas que viven en una ciudad el campo de fútbol, con su extensión verde, es un modo de vivir la naturaleza. No lo digo en broma. Suele ser difícil aparcar el coche cerca de los campos de fútbol cuando hay partido, por lo que muchos aficionados van caminando con sus hijos o amigos, con una gorra puesta, a través de distancias que, de estar en el monte, no dudaríamos en llamar “excursión”. Eso y el estar en la grada bajo el sol o la lluvia. Por otra parte, me sumo a la idea de que no hay nada más respetuoso con la naturaleza que la vida en ciudad. Entiendo que haya personas a las que no les guste el fútbol, pero no que estén en contra del fútbol. No es el caso de las corridas de toros: entiendo que haya personas a quienes les parezca indecoroso ese jugarse la vida con temeridad –lo de José Tomás–, el sacrificio humano, la reivindicación de supuestas esencias nacionales, de lo irrepetible, el torero sucio de sangre a hombros entre los coches… El fútbol es universal como la libertad. Heraldo de Aragón, Huesca, 17.6.08 Ya nombré en esta sección un ensayo publicado esta primavera: “La tiranía de la penitencia (Ensayo sobre el masoquismo occidental)”, de Pascal Bruckner. Una de las tesis que articulan el libro es la de que Europa parece haberse instalado en una mala conciencia postcolonial y postbélica que le impide actuar y que la mantiene en una perpetua duda, una reivindicación autodestructiva de la tolerancia (de la tolerancia con la intolerancia, me refiero: el respeto a lo “diverso”, aunque sea incompatible con la democracia, con los derechos de la mujer o con la autonomía intelectual, como quedó patente en la crisis de las viñetas danesas sobre Mahoma) y una renuncia a defender abiertamente los valores que han guiado a Occidente, los ideales explícitos y las palabras solemnes: la defensa de la razón, de la libertad, del individuo… Como se nos enseña, la ley no es tal si no existe un poder de coacción que la respalde. Europa, según va explicando Bruckner en su ensayo, ha dejado a los Estados Unidos aquella responsabilidad coactiva. Se deja en sus manos el proyecto de hacer expansivos los valores ilustrados y el combatir las zonas oscuras, se deja en sus manos la inocencia de las palabras y de los discursos (yo he simpatizado más con el proyecto de Hillary Clinton que con el de Obama, pero reconozco que no dejaba de seducirme cierto aire clásico de los discursos de Obama), mientra Europa se estanca en un resabiamiento enfermizo. Bien es verdad que Bruckner, después de haber retratado con finura el antiamericanismo europeo, cae en las últimas páginas en algunas contradicciones, y acaba asomando una nostalgia por el predominio francés del mundo y una reivindicación del cierre europeo de fronteras que quizá desoriente al lector que le ha seguido hasta ese capítulo final. Ni que decir tiene que nuestro presidente Zapatero, con su modelo intelectual de “alianza de civilizaciones”, aparece retratado en el libro como un síntoma más de esta mala conciencia que, desde un supuesto progresismo, relativiza los logros de la ciencia y la democracia. Bruckner hace mención a un detalle, que era por lo que en realidad quería hablar de él. Se refiere a las imágenes que aparecen en los billetes de euros: arquitectura de puentes, arcos y puertas. Bruckner dice que esto habla de una Europa que ha creado una especie de vacuidad, una nada transitable, un gran “salón de los pasos perdidos”. Dice Bruckner: “Han quedado fuera las figuras de Shakespeare, Cervantes, Rembrandt, Vinci, Goethe, Dante, Pascal o Voltaire”. Representan a hombre blancos, y por tanto culpables, ocultables: DWEM (Dead White European Males). Quizá lo que más me ha gustado del libro de Bruckner es su antiadanismo, la idea que va desarrollando de que el asumir los propios errores no nos debe hacer perder de vista los logros alcanzados. Si se piensa, el billete de dólar está plagado de símbolos que podrían considerarse discriminatorios o vergonzantes, empezando por el lema impreso en que se hacer referencia a la confianza puesta en Dios. Pero no parece que eso haya paralizado el impulso de esta moneda. Los euros, ciertamente, no ofenden a nadie, pero a cambio de renunciar a transmitir cualquier clase de valor o de contenido. Un puente no es en sí mismo un valor. Lo es en cierto sentido, qué duda cabe, pero en la medida en que conduce a algo, a un Goya o a un Montaigne. Un puente no es solo un encuentro, es también un acceso. Bruckner acaba defendiendo la existencia de un ejército europeo fuerte y una política europea de fronteras y antiexpansionista. Esto último es con lo que más me cuesta estar de acuerdo. Como decían los escolásticos (tan sonrojantes, tan de esconder), el bien es difusivo. Heraldo de Aragón, Huesca, 24.6.08 |