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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2008.

Resumen

PEPÍN: AMIGOS Y DISTANCIAS

         Leyendo “La desesperación del té (27 veces Pepín Bello)”, he tenido momentos de disfrute que me hacían pensar en los que tuve viendo la película-conversación “La silla de Fernando”, en la que durante hora y media Fernando Fernán Gómez habla sobre unas cosas y otras. “La silla de Fernando”, de David Trueba y Luis Alegre, se pudo ver hace unas semanas en Huesca; “La desesperación del té”, de José Antonio Martín Otín, conocido como Petón, se presenta hoy en una librería de Zaragoza. Uno de los presentadores es precisamente Luis Alegre, que hablará del libro junto al periodista Mario Ornat. De este libro sobre Bello, que ya nombré en esta sección, me ha gustado el hecho de que vaya más al hombre que al “testigo”, es decir, a José Bello que al joven que acompañó en sus inicios a Lorca, Buñuel y Dalí. Los testimonios y anécdotas sobre estos tres creadores ocupan una parte muy reducida de este libro-entrevista. El Bello que aparece es un cultivador profesional de la amistad que desarrolla a lo largo de su vida un criterio sobre cuestiones de pintura y literatura. Inevitablemente, hay momentos en el libro donde Bello se muestra distante o disconforme con algunas figuras célebres, una disconformidad que deja ver toda una filosofía sobre la vida: dice que no le gusta la prosa de Juan Benet, a quien conoció y por quien, por otra parte, muestra afecto y admiración profesional como ingeniero; no le gustan las bravuconadas de Cela, como cuando se despachó de Lorca diciendo que era un “maricón”; de los autores del 27, que tanto admiraba y conocía, y con quienes practicó una relación íntima –este sí que es uno de los ejes del libro–, se muestra desdeñoso con Cernuda, a quien admira como poeta pero no como persona; Bergamín es uno de los que salen peor parados en el libro, con unas oscilaciones ideológicas y una inestabilidad que acabaron convirtiéndole en alguien peligroso (uno de los pasajes más terribles del libro es cuando Bello, acompañado de Bergamín y Alberti, visita la checa que había en el palacio de Heredia-Espínola con el miedo latente de no salir de ahí, aunque tuviese al lado a sus supuestos amigos); Alberti aparece como uno de los grandes amigos de Bello, hasta el momento en que este poeta se junta con María Teresa León y comienza su deriva comunista; la captación comunista da lugar a otras decepciones en Bello, casos tristes como el del zaragozano Juanito Vicens, muerto en China cuando hacía proselitismo del partido; y, por poner fin a esta lista, podemos nombrar a Unamuno, que aparece en el libro como alguien ensimismado e incapacitado para el humor y la charla, más allá de algún episodio de carácter escatológico, como el Taponal que le vendió un farmacéutico una vez que pasaba por Barbastro, y que él citaba inoportunamente como anécdota de comedor.

         El libro está lleno de pasajes y personajes oscenses: la descripción del Casino, los buitres de Alfándiga –fuente de la atracción vanguardista española hacia lo putrefacto–, el paludismo monegrino, los paseos por el embalse de la Sotonera, la residencia de Almudévar donde se le murió un sobrino cuando iba en bicicleta, Carmen Coarasa, novia de su hermano Manuel Bello, el Manuel Ara de la escuela de vuelo sin motor de Monflorite, con quien Antonio Bello daba la vuelta a España en avión, la Huesca de Sender y el diario “La Tierra”… Bello se lamenta de no haber conocido a Sender, teniendo tantos amigos comunes como tenían. Dice que a Sender no le dieron el Nobel “porque no solía llevar pistola”, y cuenta cómo Sender se enfrentó a Cela cuando este mostró desprecio por los Estados Unidos. Igual que sucede con la amistad, los buenos libros llevan a otros libros.

 

Heraldo de Aragón, Huesca, 1.7.08

 

02/07/2008 17:14 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

FIN DE UN SECUESTRO

         No hay nada más complejo que la democracia, pero a la vez la democracia se sostiene sobre el reconocimiento de verdades no complejas: la libertad, el respeto al individuo, la idea de que la ciencia y la cultura nos hacen mejores, el acatamiento de una tradición legal… Los que atacan la democracia suelen ampararse en la idea de que todo es más complejo de como se nos quiere hacer creer, y en que siempre hay cosas que no aparecen en los medios de comunicación y que son las que realmente explican los hechos. De modo que uno cabalmente nunca se puede alegrar por una buena noticia, o entristecerse por una mala, sino que uno está condenado a abandonarse a la apatía de un proceso infinito de causas, cuando no al cinismo o a un deseo implícito de autoritarismo. Lo bueno de la liberación de Íngrid Betancourt y sus compañeros secuestrados no ha sido solo que hayan logrado la libertad, que es lo primero, sino también que haya habido tanta alegría manifestada pública y abiertamente, una lluvia de artículos de prensa y abrazos que nos sitúan en un punto que, por más que esté cargado de matices, nos hacen ver a las claras lo esencial: que una mujer, dedicada a la política, ha sido liberada de un secuestro inmundo.

         La claridad con que Betancourt se ha expresado nada más bajar del helicóptero liberador, su nitidez en los afectos y en las ideas (la defensa de la democracia, el agradecimiento a las fuerzas armadas que representan el ámbito de la ley, el desprecio moral intacto hacia sus secuestradores, su prisa por reencontrarse con sus seres queridos…), nos devuelven de pronto la esperanza de una Latinoamérica alejada de los patrones románticos de revoluciones y dictaduras populistas. Y ha sido también significativo el que Betancourt agradeciese una intervención militar, aun a sabiendas de que se ponía en peligro su vida.

          Este domingo, ordenando libros en mi casa, di de pronto con uno dedicado a ensalzar a Manuel Pérez, el Cura Pérez, aquel sacerdote aragonés que combatió con la guerrilla en Colombia. Desde que recuerdo haber oído hablar de él, cuando era un adolescente, siempre se ha tratado de comentarios admirativos o complacientes. Se podrá decir que aquellos eran otros años, que los paramilitares cometían entonces toda clase de abusos, que la desigualdad social en Colombia era inmensa y oprobiosa, etcétera. Pero la “comprensión” de los contextos, de las situaciones, no nos libra de poder emitir juicios. No nos libra de hablar del mal. El Cura Pérez se equivocaba. Y, puesto que no tengo espacio en mi casa para muchos libros, no he dudado en desembarazarme, junto a otros títulos, de ese ejemplar.

         Nada más ser liberada Betancourt oímos toda clase de teorías: que en realidad sí hubo disparos y muertos, que detrás de la maniobra de rescate estaban la CIA y los israelíes, que secretamente se pagó tal o cual cantidad de dinero para que les dejasen escapar… Algunas cosas han resultado ser ciertas, como la intervención de especialistas norteamericanos e israelíes; otras han sido desmentidas, como el pago del rescate; otras han resultado ser falsas, como el tiroteo oculto. En teoría de la ciencia se sigue la práctica de elegir, entre dos hipótesis explicativas de un fenómeno, la más sencilla. Era más sencillo pensar que no hubo disparos a que en los veinte minutos de trayecto del helicóptero se llegase a un pacto de silencio entre todos los liberados, con una versión de los hechos que todos deberían memorizar y repetir hasta el final de sus días… La democracia se apoya en cierta simpleza o, si así lo quieren llamar, cierta ingenuidad: la de creer que alguien, en algún momento, dice la verdad. Esa es su fuerza.

Heraldo de Aragón, Huesca, 8.7.08

09/07/2008 10:42 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. Hay 6 comentarios.

LA FALSA DECEPCIÓN

         Parece que hay que dar por hecho que vivimos en una época de decepción, es una de las ideas comunes de nuestro tiempo: la decepción por el final de las ideologías y las revoluciones; la decepción por un horizonte de consumo que no libra a las personas de la soledad –la mitad de las viviendas de París están habitadas por personas que viven solas– o de los diversos modos de desesperación, como el suicidio; la decepción por la masificación de lo que antes se consideraba “alta cultura”, hoy manejada por los publicistas… Pero hay que decir que esta sensación de desengaño es muy discutible. De hecho, es una falacia. Algo decepciona cuando no da lo que prometía. A lo mejor sucede que hemos esperado cosas que no procedía esperar. El manzano da manzanas, no peras, y no por eso las manzanas son malas o decepcionantes. Hemos aumentado la esperanza de vida, por ejemplo. Partimos de que a la gente no le suele gustar morirse, y que por tanto aumentar la esperanza de vida es bueno, es un logro, algo que debemos celebrar y que nos hace sentir orgullosos. Pero pongamos por caso que dentro de unas décadas, siendo común llegar a los cien años, se trate de extender la idea de que, en el fondo, hemos fracasado, porque la gente no por vivir más es más feliz. ¡Faltaría más! ¿Alguien lo había prometido? Los proselitistas de esta sensación de decepción, cuando no de derrota o de clausura de la historia, tratan a menudo de desdibujar lo que son logros, cosas que nos hacen la vida mejor y por las que ha valido la pena esforzarse: la democracia es buena, la alfabetización global es buena, el aire acondicionado es bueno, la aspirina es buena… La caída del Muro de Berlín fue algo que había que celebrar, ese muro era oprobioso, por más que se nos diga que con él cayeron también las últimas ideologías. Es una gran frivolidad tener que leer que las democracias crean algo así como un horizonte de decepción, cuando hay países hoy que siguen encarcelando a sus disidentes políticos o religiosos y donde las empresas editoras y las televisiones son patrimonio del dictador de turno. Igual que hay algo de injusto en decir que los inmigrantes que llegan moribundos a nuestras costas vienen “engañados” por un espejismo de bienestar, cuando realmente huyen de la miseria física e intelectual, de un inmenso hastío de piedras, caciques, cabras y arenales. En este contexto, hablar de la “decepción” de la sociedad de consumo solo se entiende desde una ceguera algo cruel, o desde la nostalgia de una Edad media que arrastra prejuicios religiosos: bien por el lado de la culpabilidad –presentándose hoy Dios como la Naturaleza–, bien por la vieja máxima agustiniana de la voluntad siempre insatisfecha…

         He leído este fin de semana “La sociedad de la decepción” (Anagrama), un libro-entrevista a Gilles Lipovetsky. Parte de interés del libro está en la exhibición de tópicos e ideas comunes que hace el entrevistador, Bertrand Richard, como una especie de muestrario de los prejuicios de una época, incluida la propuesta de imponer una “cuota de consumo” a los ciudadanos (no exactamente por motivos ecológicos, ¡sino para evitarnos la “decepción”!). Lipovetsky sale airoso de la entrevista, sobretodo en la parte final, cuando argumenta contra los partidarios de las restricciones por cuota y contra los “altermundistas”. Tiene momentos bellos de defensa de los afectos en democracia, aunque también resulta tedioso en los pasajes en que se envuelve en la retórica ensayística de la “decepción”.

         Sucede como con los que se oponen al fútbol porque lo encuentran alienante o banal, en lugar de protestar por que haya países, como Irán, Brunéi o Arabia Saudí, donde las mujeres no lo pueden jugar.

 

Heraldo de Aragón, Huesca, 16.7.08

16/07/2008 22:34 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

CRÓNICAS VARIAS

         Crónica social-literaria oscense: el autor teatral y periodista Antonio Tabares deja Huesca después de haber estado en la ciudad los últimos años y haber tenido aquí dos hijos. Antonio Tabares tiene un sentido del humor que no sé si es canario o no, como él, pero que es siempre penetrante sin dejar de ser dulce y amable. Se va ahora a vivir y a trabajar a La Palma.

         Crónica del exterior: un buen grupo de oscenses coincide entre el público del concierto que dio Patti Smith en la Expo de Zaragoza. Entre ellos estaba Juanjo Javierre, que unos días antes había tocado en otro escenario de la Expo. Fue un concierto estupendo, buena parte de los que estábamos ahí acudimos por curiosidad –¿cómo será en el escenario esta Patti Smith de sesenta y tantos años, esa chica de las fotos de “Horses”?– y salimos con un entusiasmo renovado y algo inesperado: la Smith cantó y recitó con convicción, hizo versiones, como la de Nirvana, y se movió con una elegancia amable que, a su vez, no renunciaba a gestos punk o de rebeldía: no quitarse la tarjeta de acreditación de la Expo durante el concierto resultaba, paradójicamente, muy punk, el colmo de la indiferencia y del descuido. En esta línea, con más indolencia que violencia, cada no mucho tiraba al suelo el pie del micrófono, con lo que tenía que salir al escenario, a ponérselo de pie, un técnico vestido de negro. Cada vez que salía ese chico a recomponerle el escenario yo pensaba en todas las madres que durante décadas han limpiado y ordenado las habitaciones de sus hijos rebeldes, en todos los empleados de hotel que rehacen las habitaciones de los artistas punk, en todos los trabajadores de limpieza de los ayuntamientos. El viento de Zaragoza jugó a favor de Patti Smith, revolviéndole el pelo sobre un rostro que salía favorecido con ese desorden y ese semiocultamiento. Smith transmitió convicción, fue un concierto de poeta, de intelectual, también con algo de Papa rara, con sus mensajes de que el futuro era nuestro. Ya se sabe, por otra parte, que desde Juan Pablo II la Iglesia ha adoptado el lenguaje visual de los grandes conciertos del rock: las imágenes del Papa en Sidney no se pueden entender sin Woodstock, etcétera. Hace poco estuvo un cardenal en la Expo que, de pronto, dio sentido al pabellón puente de Zaha Hadid: aquellas prendas talares suyas y de sus acompañantes, con su aire medieval y escénico, casaban sorprendentemente bien con esa arquitectura de ciencia ficción. Todos los demás parecían fuera de lugar en las fotografías.

         Esa noche cené en el pabellón de Bulgaria. El menú es reducido pero está bien resuelto. Otra cosa son los contenidos del pabellón, unas fotografías de decoración turística. Pero lo cierto es que a poca gente le importan de verdad los contenidos sobre el agua, y, de algún modo, hacen bien. A mí también me importa más la cocina de la Expo, o los conciertos, o la arquitectura, o las terrazas nocturnas. La palabra “concienciación” acaba siendo disuasoria y contraproducente, se supone que lleva implícito cierto aburrimiento y una carga de mala conciencia. Creo que todos estamos dispuestos a sufrir restricciones, si son precisas, pero no a aburrirnos ni a ponernos un cilicio. Si no podemos usar el coche, usaremos el autobús colectivo de hidrógeno, pero no olvidaremos lo magníficos que son los coches.

         El totalitarismo y el integrismo se visten de toda clase de disfraces, adaptados a cada tiempo. El ecologismo puede ser uno. Es significativo cómo describe la bloguera cubana Yaoni Sánchez los registros en sus viviendas buscando bombillas de consumo alto, un medio sutil de hacer entrar a los revolucionarios adolescentes en las casas particulares y perpetuar el miedo.

Heraldo de Aragón, Huesca, 22.7.08

24/07/2008 00:32 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.

VISTAS SOBRE BLECUA

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         Fui el sábado a Blecua, el pueblo de mi madre, porque inauguraban la rehabilitación de la ermita de Santa Ana. La ermita está dentro del propio pueblo, sobre un promontorio de roca arenisca. En la base de la piedra hay escavadas varias bodegas para el vino: Blecua está en el Somontano. En la parte alta de la roca hubo un castillo, del que se reconocen sobre el suelo restos de la traza, además del aljibe. Lo que queda de pie, y que ha sido restaurado, es un templo de forma cuadrangular, de comienzos de la Edad Media. Las paredes de sillería apenas ofrecen ornamentos, el conjunto es depurado y extrañamente moderno: una especie de caja de sillería sobre un alto. Da la impresión de que el arquitecto ocupado de la restauración se hubiese sentido agusto con esta desnudez formal. Cuando llegué a la inauguración estaban haciendo misa dentro. Aunque la mayor parte de los varones adultos estaban fuera, sentados al aire, en fila.

         Lo que más me gusta de la nueva ermita es que uno puede subir arriba y ver el paisaje. Ya he dicho que es como una especie de cubo. Se sube por una estructura de metal que han levantado a su lado. Este ascenso no desvirtúa el sentido del edificio, que parte originariamente de una fortaleza. Me alegra ver por fin esta esta obra acabada y visitable. Las torres como esta permiten tomar conciencia mejor de lo que es el propio pueblo y su entorno, tenerlo a la vista.

          A tres kilómetros de aquí pasaba la antigua calzada romana que iba hasta el Mediterráneo tarraconense, y de la que quedan restos. Es estimulante saber que esa vía estuvo ahí, esa obra de ingeniería. Es algo que tiene que ver con la libertad de los moradores de esta zona.

         La otra obra relevante de Blecua es una fuente o pozo que está escavado en las afueras. No se trata de un pozo en vertical, sino una entrada hacia el interior de la tierra mediante una escalinata que, según el nivel del agua, queda anegada a mayor o menor altura. Es un tipo de obra hecha en sillería que se puede ver también, con variantes, en algún otro pueblo del entorno. Siempre me ha parecido que es un tipo de acceso al agua muy amable y civilizado.

         Varios vecinos del pueblo han hecho una página web donde se recoge algo de información sobre estas construcciones. Y donde se habla también de la persona que mayor memoria ha dejado en el pueblo en su historia reciente, el profesor Juan Antonio Cavero, de quien escribió en varias ocasiones José Ortega Munilla, padre de Ortega y Gasset. Juan Antonio Cavero, nacido en Ortilla, trabajó cuarenta y nueve años como maestro en Blecua. Es decir, toda su vida profesional. Su labor resultó tan ejemplar que el rey Alfonso XIII contaba con hacerle un homenaje, que fue postergado en esas fechas por el desastre de Annual. Poco después el anciano Cavero murió en Novales, el pueblo en el que trabajaba de maestro su hijo. Los alumnos de Cavero, en reconocimiento, llevaron su ataúd a hombros desde Novales hasta Blecua, donde siguen estando sus restos.

         Un maestro, una fuente escavada en la tierra, un resto de vía romana, un nuevo mirador dispuesto sobre el Somontano… Quizá no sean muchas cosas, pero todas tratan sobre la dignidad. También la nueva piscina.

          Acabo de leer la carta que Nicolas Sarkozy envió este curso a los maestros y profesores franceses, y de la que se ha editado una traducción al castellano. Dejando a un lado matizaciones, aplaudo su idea general: el proyecto de una educación universal que permita a cualquier persona, nazca donde nazca, no tener otro límite en el mundo que su capacidad de estudio y su iniciativa. Una educación que nos permita no perder de vista las cosas de las que debemos sentirnos orgullosos.

Heraldo de Aragón, Huesca, 30.7.08

En la imagen, Estrella de Belén sobre el castillo

31/07/2008 01:13 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.


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