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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2008.
Resumen
06/02/2008
LOS GOYA
La gala de cine de los Goya se ve por televisión, pero de algún modo, lo que buscamos precisamente en esta ceremonia es que no sea televisión. Mi impresión fue que el presentador de la gala, Corbacho, da un tono por momentos demasiado televisivo-chabacano que no se corresponde con los vestidos y peinados que llevaban las actrices, con el vestido rojo de Belén Rueda, que no hizo más que sufrir y ser humillada. La cosa del glamour. No digo que Corbacho lo hiciese mal, ni estuvo peor que el año pasado, como se viene comentando. Pero hay cosas en las que podríamos mejorar. Supongo que hablamos todo el rato de parecernos a los Oscar. Queda raro que la gala se abra con una bronca, las primeras palabras fueron para advertir a los candidatos que ni se les ocurriese alargarse hablando más de la cuenta; y los últimos planos fueron los del presentador disparando al público y los candidatos con una pistola falsa. Una apertura y un cierre que son significativos de lo que sucedió. Lo mejor de la gala fue para mí verla en casa con amigos, y lo peor que mis amigos que estaban en el Palacio de Congresos no se llevasen todos los premios. Me alegró que Maribel Verdú se llevase su premio a mejor actriz. Me alegraron también los premios que se llevó “Bajo las estrellas”, el de guión y el que le dieron a Alberto San Juan, que está magnífico en su papel de trompetista. Es una de las películas españolas de este año que más me han gustado, de las que he visto. La gala de los Goya, con todos esos resúmenes de las películas candidatas, es como un gran trailer retrospectivo del cine español, lo cual está muy bien, si se piensa que una gran parte del público no ha visto muchas de esas películas. Yo mismo no he visto la ganadora de la noche, “La soledad”, aunque todavía no tengo claro que vaya a ir a verla. Alguien de confianza me tiene que convencer antes de que no es una película tan aburrida como parece ser, viendo las imágenes y oyendo hablar a su director. Otra de las películas españolas que me parecen destacables de este año ha sido “Siete mesas de billar francés”, por eso también me ha alegrado el premio a Verdú. Pese a sus fallos, la película funciona y tiene algún rato emocionante. El momento en que Corbacho se arrima al asiento de Belén Rueda, que acaba de perder su premio frente a Verdú, fue innecesariamente cruel. Todas esas entradas y salidas de Corbacho del escenario, con la acción por los pasillos y los camerinos, es también demasiado televisivo y desconsiderado con el público. Luego vino el momento de los cortometrajistas, que suelen ser los más pesados, y que también fueron humillados en el escenario con bromas y comentarios. Mis amigos decían que el montaje que se hizo con las películas de Alfredo Landa estaba muy bien hecho. La ovación de aplausos que recibió, tan larga, va contra los tiempos de la televisión, pero precisamente lo que buscamos en los Goya son esos excesos de emoción, de reconocimiento y de verdad. Landa no ha dejado de decir inconveniencias en las últimas semanas, y quizá antes, pero la gente demostró que sabe tener perspectiva y sabe estar. Se le homenajeó con un grupo de chicas “suecas”, a la manera del cine de españolada, y Corbacho hizo unos chistes haciendo ostentación de su incapacidad para los idiomas extranjeros, que es algo también muy de españolada, pero con la diferencia de que esto parecía espontáneo. O sea, que treinta años después no hemos cambiando tanto tanto. De todos modos, fueron unos momentos simpáticos. Y fue emocionante el recuerdo a Fernán Gómez y los que murieron este año: un montón de rostros conocidos que, al margen del tiempo, nos parecieron demasiados. Heraldo de Aragón, Huesca, 6.2.08
12/02/2008
CONTRA LA INTEGRACIÓN Lo bueno de las democracias, y de las ciudades, es que uno no tiene que estar integrado en nada, cada uno es libre de hacer lo que quiera. Si uno delinque la policía le viene a buscar a casa, con mayor o menor prontitud, y más o menos eso es todo, toda la integración deseable. Pretender que los inmigrantes “se integren”, como han venido repitiendo estos días diversos dirigentes conservadores, es no entender la esencia de la democracia. Es más bien propio de un modelo de pensamiento nacionalista. En democracia el conjunto de las personas no forma una identidad que haya que conservar, sino un marco legal que asegure nuestras libertades. Rajoy se equivocó también estos días al decir que los extranjeros deben sumarse a nuestra identidad. La expresión “nuestra identidad” ya es en sí un poco inquietante. No solo porque no se ajusta a la realidad –¿Cuál es la identidad española? ¿O debería cada inmigrante adquirir las costumbres, la lengua y el modo de ser de cada autonomía? ¿Pero no iría esto precisamente en contra de lo que pretendía el líder conservador? –, sino por sus implicaciones. Zapatero ha estado oportuno al decir que lo de la identidad era “superfluo”, puesto que el inmigrante no tiene por qué adquirir ninguna identidad en democracia, sino sencillamente cumplir la ley. Aunque lo cierto es que todo esto son poco más que palabras –lo que, por otra parte, no es poco–. Me refiero a que luego, a la hora de la verdad, la izquierda tampoco aplica estos principios con rectitud, y su idea de que no se puede imponer una identidad española, o europea, u occidental, a un inmigrante, le lleva a tolerar lo intolerable, la propia intolerancia, y a sonreír con complacencia ante lo que sencillamente es siniestro, y a entender por multiculturalismo lo que, literalmente, equivale a castración. Sorprende a menudo la alegría con que muchas mujeres supuestamente progresistas se ponen velos y prendas vejatorias en cuanto pisan países que lo tienen por costumbre, o se fotografían sonrientes al lado de dirigentes islámicos a los que, instantes antes, ni siquiera han podido dar la mano por ser consideradas como seres impuros. Muchas personas de la izquierda de nuestro país todavía tienden a pensar que es más progresista permitir que las niñas vayan con velo a clase que prohibirlo. Y no solo en nuestro país: el affaire Redeker en Francia es un buen ejemplo –¿se va a publicar en castellano su “Il faut tenter de vivre?”–. Los conservadores españoles parecen tener más claros en algunos puntos estas cuestiones de derechos, perlo luego se equivocan con expresiones torpes, como las que hemos oído estas semanas. Otra paradoja es que desde la izquierda se critique a la Iglesia por pronunciarse en materia política. La Iglesia, como cualquier asociación, tiene todo el derecho a hacerlo. De hecho, lo que quizá se podría criticar es que la Iglesia, como cualquier otra institución religiosa, haga otra cosa que no sea política. El reproche a la Iglesia de que pida el voto para tal o cual partido, es en realidad un reproche de creyente. Al no creyente le da igual, o incluso se alegra en la medida en que estas instituciones religiosas se parecen más a partidos políticos. Porque con un partido se puede debatir y dialogar, pero con la Iglesia no. Acabo con una observación: cuando uno viaja por el sur de Francia se da cuenta de que, a diferencia de lo que pasa en Aragón, los camareros que le atienden no son en su mayoría de origen inmigrante. De pronto uno se siente que está en la España de unas décadas atrás, esa que reclama Cañete. Y, francamente, yo no la prefiero. No por ideología, sino porque nuestras barras son hoy menos hoscas, más dulces y más vistosas.
Heraldo de Aragón, Huesca, 12.2.08
21/02/2008
INDEPENDENCIA Supongo que hay tantas razones para celebrar la independencia de una nación como para brindar por una anexión. O quizá más, según, por una anexión o federación. Quiero decir que la independencia de una nación, por sí misma, no es nada, y que el mundo está lleno de naciones independientes que carecen de los derechos fundamentales, donde existen colectivos marginales, la miseria y la falta elemental de libertad. Este fin de semana hemos estado viendo en la televisión toda esa explosión de banderas de la nueva nación de Kosovo, o lo que de momento sea. Desde luego que los kosovares han pasado por toda clase de calamidades, y que los albanos, siendo mayoría, han sufrido la discriminación –un millón de ellos tuvieron que dejar sus casas en la última guerra–; han pasado por dictaduras que han ido del comunismo al nacionalismo de perfil nacional socialista; y han tenido que resignarse a vivir en un territorio que su Estado utilizaba como fuente de recursos mineros y donde rara vez invertía en infraestructuras o servicios. Kosovo, se nos dice estos días, era tierra de castigo, el lugar donde mandaban a los funcionarios mediocres desde Belgrado, etcétera. No es de extrañar que la mayoría de los kosovares sea partidaria de la independencia. Junto a la bandera kosovar levantan banderas de la Unión Europea y norteamericanas, con su anhelo de pasar a formar parte de un mundo más desarrollado y libre, y apartarse del ámbito de las antiguas repúblicas soviéticas. Pero, junto a esto, hemos tenido que oír este fin de semana justificaciones de esta independencia que se remiten a la Edad Media, con la Batalla de los mirlos y algún que otro mito nacional. Es decir, el discurso nacionalista y etnicista de siempre. Está ahí infiltrado, tratando de vertebrar lo que es un anhelo legítimo de los ciudadanos: vivir mejor. Pero es difícil librarse de una retórica atávica, y han abundado estos días expresiones del tipo “el largo sufrimiento del pueblo”, “la marcha hacia la independencia” –en sentido hegeliano, como si hubiese un destino fijado en la marcha de los colectivos humanos–, y así. Y como fotografías, todas esas ancianas sufrientes y empañoladas que, se supone, representan al pueblo y su “esencia”. Ancianos y águilas bicéfalas sobre fondo rojo. Esto ha sido lo peor.
Propiamente, lo que se deberían celebrar son lo logros civiles, como la abolición de la esclavitud, o el sufragio universal. Celebrar todas las pequeñas leyes y cambios progresivos que hacen la vida mejor, celebrar que uno se pueda divorciar, que los negros puedan subir a los autobuses, ser homosexual sin temor, el acceso libre a Internet, la abolición de la obligatoriedad del velo, la persecución de la ablación o la lapidación por infidelidad al marido, que se separe el poder religioso del civil o cualquier otro paso hacia una democracia o vida mejor. A menudo apoyamos la independencia del Sahara, se organizan mercadillos solidarios y festivales. Pero no se habla de desarrollo o democracia en esa parte del mundo; al contrario, parece que nos guste que vivan en sus tiendas de campaña con sus leyes ancestrales. Si Marruecos fuese una democracia y garantizase ciertos derechos, preferiría, como saharaui, pertenecer a Marruecos que ser independiente.
Estos días he debatido en clase con mis alumnos sobre el velo en las escuelas. Buena parte de los que estaban a favor de prohibirlo no era por defender los derechos de esas niñas, por lo vejatorio de tener que llevar esa prenda, sino porque esto es España y se tienen que amoldar a "nuestras costumbres". Es decir, por racismo, más o menos velado. Esperemos que en Kosovo pueda más el deseo de progreso que de revancha. Heraldo de Aragón, Huesca, 19.2.08
23/02/2008
Astérix en su aldea Con motivo del estreno de la película Astérix en los Juegos Olímpicos rescato aquí un artículo mío de Letras Libres sobre el lado retrógrado de estos cómics, con los que de pequeño, igual que el amable lector que hace un comentario, tanto me divertí.
27/02/2008
OLEAJE Un poco de agenda cultural oscense-periférica: José Beulas está exponiendo en Zaragoza, en la galería Aragonesa de Arte (calle Fita). El periodista Roberto Miranda ha escrito un texto magnífico a propósito de esta exposición, copio un fragmento: “Beulas deja al paisaje tan tendido como si estuviera muerto. Los surcos parecen venir a nosotros como olas desde el rayujo escueto del horizonte, olas petrificadas que es lo que en realidad son esos yesos. El pintor añora el viejo mar arcaico y lo retrata en ese esqueleto de sal que queda de él, porque todo el azul que tenía subió al cielo evaporado y allí lo deja, enfurecido”. Roberto Miranda es coautor de varios libros con Mariano Gistaín, como “El entierro de Líster”. Miranda es un escritor disperso y casi secreto. Tiene una finura lírica que me seduce, un misticismo de erial y melancólico. Miranda me devuelve el modo de ver los cuadros de Beulas, que he tenido presentes desde la infancia. Miranda me devuelve a mí mismo. Mi madre llevó a enmarcar serigrafías de Beulas, una sobre la catedral de Huesca y otra en la que salen unos árboles. Las colgó en el pasillo de casa. Mis hermanos y yo crecimos y cuando volvíamos de trasnochar nos rozábamos con esos marcos, bien porque íbamos a oscuras para no despertar a los demás de la familia, bien por lo que habíamos bebido. El caso es que por las mañanas aparecían esos paisajes de cultivo torcidos, como en un oleaje de tormenta. Los únicos seres vivos que se ven en los cuadros de este pintor son esos animales de carga sujetos a los carros. Miranda dice que hay una nostalgia de mar, de mediterráneo, en este hombre mediterráneo que vino a tierra del interior. Es verdad que sus cuadros saben a sal. Hemos crecido entre un arte de una esencialidad de eremitas, hemos ido dando el estirón a la vez que Mira iba subiendo las columnas de sus estilitas, como la señal en el marco de la puerta que dejamos al ganar altura, y, por otra parte, una vida nueva de héroes televisivos y veraneo en la playa. Mi nostalgia de mar tiene que ver con el balón de Nivea y la costura plástica de las barcas hinchables y los flotadores. Del carro de Beulas al Ave. Del pollo al ast al quebab. Todo en un estirón. Esta tarde presenta Carlos Castán en Zaragoza la reedición de su libro de relatos “Museo de la soledad”, que ha aparecido en Tropo. Hace de presentador Manuel Vilas, que acaba de publicar “España” (DVD). Y por continuar con novedades de escritores oscenses, hay que nombrar aquí “Los amantes de silicona” (Anagrama), de Javier Tomeo. En los relatos de Castán suele haber un fondo de lluvia y una nostalgia por una felicidad que se presenta en tiempo pretérito, pero a la vez Castán es un retratista social magnífico, en sus historias hay muchos detalles de una ternura y un humor elegantes, donde se cuenta cómo éramos hace veinte años o algo más, que es aproximadamente la medida de la nostalgia. Castán tiene el poso de haber oído mucho a los cantautores, y ha bebido de su lirismo seductor y algo canalla. Sabemos que los cantautores nos engañan, pero el caso es que en cuanto nos descuidamos nos emocionan. Manuel Vilas, por su parte, es el autor que en los últimos años más ha influido entre las letras jóvenes aragonesas, se ha convertido en un icono. Y Javier Tomeo, con sus “Amantes de silicona”, pone un pie en una ciencia ficción que recuerda por momentos a las fantasías cibernéticas de Gistaín, que vuelve a aparecer aquí, con esos diálogos conmovedores que mantienen los muñecos hinchables mediante sus frases y canciones pregrabadas, esas conversaciones amorosas sobre las que se proyecta toda nuestra desolación y nuestra melancolía de mortales de secano.
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