ismaelgrasa |
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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.
Hoy es el día de vuelta al trabajo para los profesores y alumnos, pero cuando escribo este artículo es aún la víspera y estoy en casa ordenando los libros acumulados durante 2007. Entre ellos hay una pequeña pila de cómics. Los miro un rato y decido quedarme finalmente con cinco de ellos, una pequeña selección. No sé si son los mejores, pero todos ellos me han dicho algo, han llegado de algún modo a mi ser confuso (he empezado el año con gripe y melancolía, ya disculparán). Tampoco es mi selección de todos los cómics publicados en castellano en este último año, desde luego, sino sencillamente cinco que encuentro aconsejables. Uno de los que he apartado pertenece a la serie de “El Señor Jean”, “Hora de hacer balance” (Norma). Empecé leyendo con frialdad la serie sobre este personaje, el señor Jean, un escritor que se enfrenta a los problemas cotidianos y al amor, pero he acabado haciéndome un entusiasta de él y sus autores, Dupuy y Berberian. No sé si es mi mundo, pero me sienta bien su amabilidad. Siguiendo con los franceses, me ha conmovido la historia “Piero” (Astiberri) de Baudoin. Es un libro sobre dos hermanos a los que les gusta dibujar, hasta que uno de ellos hace de esta afición su vida. En realidad hablo de este libro de memoria, porque se lo regalé a un amigo pintor. Pensé que le gustaría la historia de fraternidad que se cuenta en esas páginas y del descubrimiento del dibujo. Me gusta que el libro esté contado con pasión: cómo se aprende a dibujar el mundo y a vivirlo. Andi Watson vuelve a dibujar otra novela gráfica sobre el hecho de alcanzar la madurez, en este caso sobre los problemas que trae a una pareja el criar un hijo. Los dos padres tienen que llegar a un acuerdo con sus jornadas de trabajo y sus horarios. A partir de esto Watson va articulando su historia, con las frustraciones de los personajes, sus anhelos y sus momentos de felicidad. Las historias de Watson son como guiones de películas, van avanzando por secuencias hasta cerrar un conflicto. Por lo común dejan un buen sabor de boca. El volumen se llama “Estrellitas” (Norma). “Escaparate” (Astiberri), de Jessica Abel, recoge algunas de las historias con las que esta dibujante se dio a conocer. De Jessica Abel me gustó mucho su cómic “La perdida”, todo un clásico ya. En estas historias de “Escaparate” se ven unos trazos a veces todavía vacilantes, pero en los que está ya lo que me gusta de Abel: su capacidad de observar a los personajes que la rodean y de contar sus historias implicándose en ello. Es el libro de alguien que está viviendo. Me gusta la historia titulada “Punto de partida”, u otras sobre gente que tiene que dejar el piso o busca pareja. Y por último aparto para mi selección “El alma de la fiesta” (Glénat), de Mary Fleener. Tiene una cubierta cubista acorde con el estilo heredero de las vanguardias con que están hechas las ilustraciones: mucho cubismo, como digo, primitivismo y expresionismo, con maneras que tienen que ver también con Peter Bagge. Las drogas y los excesos nocturnos recorren todas estas historias, y es precisamente la distorsión mental a la que dan lugar el vínculo con esta estética. Buena parte de las historias es de los años ochenta, donde la autora nos cuenta su pertenencia a grupos de rock, sus conciertos en locales de lesbianas, sus discusiones con su novio y algunos episodios domésticos. Es el libro más “heavy” de los cinco. El libro tiene peso y creo que aguanta bien en esta mínima selección. Haciendo balance no olvido la adaptación al cine de “Persépolis”, que se estrenó hace unos meses. La obra de Satrapi ha quedado como un sillar del mundo libre frente a las tinieblas. Heraldo de Aragón, Huesca, 8.1.2008 Chusé Izuel ha sido una sombra que siempre ha estado ahí, al menos desde que yo tengo uso de razón literario. Yo nací en el mismo año que él, en 1968. El mismo año que Félix Romeo. Y también el mismo año que Ignacio García-Valiño. Chusé Izuel se suicidó en 1992, en Barcelona, en un piso donde antes había vivido el escritor Ignacio Martínez de Pisón. Dos años después se publicó su único libro, la colección de relatos “Todo sigue tranquilo” (Ediciones Libertarias). Se encargaron de la edición Félix Romeo y Bizén Ibarra, que eran los compañeros de piso de Izuel. Y ahora Félix Romeo, que acaba de cumplir sus cuarenta años, ha publicado “Amarillo” (Plot), una reflexión en voz alta sobre aquella muerte y un testimonio de aquellos años de grupos de rock, accidentes de coche y lecturas. Heraldo de Aragón, Huesca, 15.1.2008 El derecho a la libertad religiosa, o libertad de culto, quizá no debería estar recogido en nuestras constituciones y legislaciones. Me refiero a que el derecho a la libertad religiosa va implícito en otros derechos como es el de libertad de reunión, de conciencia o de expresión. Un Estado democrático no debería reconocer, como palabra dotada de sentido, la expresión “religión”, o su adjetivo “religioso”. Quiero decir que, en nombre de nuestra libertad, no debería existir una distinción legal reconocida entre un club de fans de Elvis Presley, o un club gastronómico dominical, o un grupo de aficionados a la literatura fantástica que se reúne los sábados con su tablero de juegos de rol, o una parroquia de evangelistas, católicos o mahometanos. Reconocer legalmente el adjetivo “religioso” es ya un acto religioso, discriminatorio y, en cierto modo, incivil. En democracia no existe un enfrentamiento entre la libertad de expresión y el derecho a ser respetado como miembro de un grupo religioso. No son dos realidades que haya que hacer compatibles. Nuestro presidente Zapatero es en esto siempre muy ambiguo, como sucedió con sus declaraciones a propósito de las viñetas que hacían burla de Mahoma. Si se puede hacer viñetas humorísticas sobre un personaje histórico como Gandhi o Darwin, y no sobre Mahoma o Cristo, es que algo no va bien. De entrada, los ciudadanos, en nombre de una mal entendida tolerancia o multiculturalidad, debemos entender por lo tanto que es más respetable la figura de Mahoma que la de Darwin. O que los que dicen tener convicciones religiosas disponen de un ámbito de respetabilidad del que no gozan los demás. Ese respeto se suele presentar como una zona de silencio, una barrera en la conversación. Heraldo de Aragón, Huesca, 22.1.08 Pasamos por unos días de discursos. El duelo de oratoria de Obama y Hillary Clinton, y la precampaña en la que estamos en nuestro país, y la colección de grandes discursos de la historia que venden en los quiosocos… No me gustan los discursos de perfil utópico, pero me gusta eso de que alguien coja un micrófono y diga unas palabras en serio y con sentimiento. Es muy difícil que entre personas resulte natural el hecho de coger un micrófono y hablar en serio. Totalmente en serio, me refiero. Es decir, con algo de humor, etcétera. Para ello hace falta haberse liberado de mucho odio, hace falta cierta tradición democrática. Me gustan las películas y series de abogados y de políticos, aunque no siempre: me pareció débil, entre las recientes, la de “Leones por corderos”, de Redford. Me gusta que haya cierto idealismo, que me emocionen con historias de personajes, pero también con las ideas, ideas sobre la libertad y la justicia, porque las personas también estamos hechos de ellas. No me gusta la idea de que lo que nos sucede, que ahora estemos pasando en nuestro país –España, Aragón, Departamento del Norte, Departamento Francés Subpirenaico, Estado Agregado de los Estados Unidos, o lo que seamos– por el mayor periodo de democracia, libertades y desarrollo, obedece a un ciclo natural o inevitable. Es el resultado de pequeños actos nobles que requieren ser nombrados, y que se merecen ser celebrados también de vez en cuando con palabras nobles. Heraldo de Aragón, Huesca, 29,1,08 |