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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2008.

Resumen

09/01/2008

BALDA DE CÓMICS

         Hoy es el día de vuelta al trabajo para los profesores y alumnos, pero cuando escribo este artículo es aún la víspera y estoy en casa ordenando los libros acumulados durante 2007. Entre ellos hay una pequeña pila de cómics. Los miro un rato y decido quedarme finalmente con cinco de ellos, una pequeña selección. No sé si son los mejores, pero todos ellos me han dicho algo, han llegado de algún modo a mi ser confuso (he empezado el año con gripe y melancolía, ya disculparán). Tampoco es mi selección de todos los cómics publicados en castellano en este último año, desde luego, sino sencillamente cinco que encuentro aconsejables.

 

Uno de los que he apartado pertenece a la serie de “El Señor Jean”, “Hora de hacer balance” (Norma). Empecé leyendo con frialdad la serie sobre este personaje, el señor Jean, un escritor que se enfrenta a los problemas cotidianos y al amor, pero he acabado haciéndome un entusiasta de él y sus autores, Dupuy y Berberian. No sé si es mi mundo, pero me sienta bien su amabilidad.

 

         Siguiendo con los franceses, me ha conmovido la historia “Piero” (Astiberri) de Baudoin. Es un libro sobre dos hermanos a los que les gusta dibujar, hasta que uno de ellos hace de esta afición su vida. En realidad hablo de este libro de memoria, porque se lo regalé a un amigo pintor. Pensé que le gustaría la historia de fraternidad que se cuenta en esas páginas y del descubrimiento del dibujo. Me gusta que el libro esté contado con pasión: cómo se aprende a dibujar el mundo y a vivirlo.

 

         Andi Watson vuelve a dibujar otra novela gráfica sobre el hecho de alcanzar la madurez, en este caso sobre los problemas que trae a una pareja el criar un hijo. Los dos padres tienen que llegar a un acuerdo con sus jornadas de trabajo y sus horarios. A partir de esto Watson va articulando su historia, con las frustraciones de los personajes, sus anhelos y sus momentos de felicidad. Las historias de Watson son como guiones de películas, van avanzando por secuencias hasta cerrar un conflicto. Por lo común dejan un buen sabor de boca. El volumen se llama “Estrellitas” (Norma).

 

         “Escaparate” (Astiberri), de Jessica Abel, recoge algunas de las historias con las que esta dibujante se dio a conocer. De Jessica Abel me gustó mucho su cómic “La perdida”, todo un clásico ya. En estas historias de “Escaparate” se ven unos trazos a veces todavía vacilantes, pero en los que está ya lo que me gusta de Abel: su capacidad de observar a los personajes que la rodean y de contar sus historias implicándose en ello. Es el libro de alguien que está viviendo. Me gusta la historia titulada “Punto de partida”, u otras sobre gente que tiene que dejar el piso o busca pareja.

 

         Y por último aparto para mi selección “El alma de la fiesta” (Glénat), de Mary Fleener. Tiene una cubierta cubista acorde con el estilo heredero de las vanguardias con que están hechas las ilustraciones: mucho cubismo, como digo, primitivismo y expresionismo, con maneras que tienen que ver también con Peter Bagge. Las drogas y los excesos nocturnos recorren todas estas historias, y es precisamente la distorsión mental a la que dan lugar el vínculo con esta estética. Buena parte de las historias es de los años ochenta, donde la autora nos cuenta su pertenencia a grupos de rock, sus conciertos en locales de lesbianas, sus discusiones con su novio y algunos episodios domésticos. Es el libro más “heavy” de los cinco. El libro tiene peso y creo que aguanta bien en esta mínima selección.

 

         Haciendo balance no olvido la adaptación al cine de “Persépolis”, que se estrenó hace unos meses. La obra de Satrapi ha quedado como un sillar del mundo libre frente a las tinieblas.

Heraldo de Aragón, Huesca, 8.1.2008

09/01/2008 09:56 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. Hay 2 comentarios.

16/01/2008

LA SOMBRA DE IZUEL

            Chusé Izuel ha sido una sombra que siempre ha estado ahí, al menos desde que yo tengo uso de razón literario. Yo nací en el mismo año que él, en 1968. El mismo año que Félix Romeo. Y también el mismo año que Ignacio García-Valiño. Chusé Izuel se suicidó en 1992, en Barcelona, en un piso donde antes había vivido el escritor Ignacio Martínez de Pisón. Dos años después se publicó su único libro, la colección de relatos “Todo sigue tranquilo” (Ediciones Libertarias). Se encargaron de la edición Félix Romeo y Bizén Ibarra, que eran los compañeros de piso de Izuel. Y ahora Félix Romeo, que acaba de cumplir sus cuarenta años, ha publicado “Amarillo” (Plot), una reflexión en voz alta sobre aquella muerte y un testimonio de aquellos años de grupos de rock, accidentes de coche y lecturas.
            Yo no conocí a Chusé Izuel. Tardé tiempo en leer su libro. Pude dar con un ejemplar en la biblioteca que Eloy Fernández Clemente tiene en un piso de Épila, junto a la vieja azucarera. Eloy tenía que ir a consultar algún libro y le acompañé una mañana. Hacía poco que yo había empezado a vivir en Zaragoza. A la entrada de la azucarera, en una calle arbolada, señaló hacia el edificio de ingenieros donde había tenido su casa el padre de Soledad Puértolas. En la biblioteca de Eloy encontré el libro de Izuel y lo leí en el acto. Creo que hay que leer ese libro para entender otras muchas cosas que han pasado después. Ahora tengo un ejemplar en casa del libro de Izuel, que Félix nos regaló a Eva y a mí, y me sucede que cuando lo abro me quedo pegado a él y no puedo evitar volver a leer alguno de esos relatos. Es un libro tremendamente trágico y desalentado. Las historias están contadas con una naturalidad sorprendente, historias que transcurren entre charlas de amigos en bares, conversaciones de teléfono y ratos de sexo y tabaco. La desnudez y la sabiduría literaria con que están escritas resultan sorprendentes. Muerto Izuel vinieron otros narradores a contar la noche y las desolaciones generacionales. Podemos pensar que Izuel, que además de narrador escribía reseñas de libros y entrevistaba a autores, tenía realmente una carrera por delante como escritor.
             El libro de Félix Romeo, “Amarillo”, tiene algo de género policiaco: investiga sobre un cadáver, el de Izuel. Tanto Izuel como Romeo son hijos de policía. “Amarillo” es también una reflexión sobre padres e hijos: los tres protagonistas, los tres compañeros de piso, tienen el mismo nombre que sus padres; uno de los episodios más perturbadores es el de las horas que pasan sin que aparezcan los familiares que deben reconocer el cadáver; también los momentos en que se habla sobre los cambios de nombre de los hijos y la presencia de los padres, y cómo en unas esquelas u otras aparecía un nombre u otro de Izuel, el del escritor o el del hijo.
            Buena parte del libro está formado por testimonios directos de Izuel o sobre Izuel: cartas y papeles diversos, entrevistas o reseñas que se publicaron sobre él. Izuel ha quedado como un maldito generacional, que Jesús Ferrero, en una conferencia que aparece citada en el libro, situó junto a otros como Eduardo Hervás, José María Fonollosa o Eduardo Haro Ibars. Se nos pueden ocurrir otros nombres. El libro de Romeo está planteado también como el libro sobre un crimen: es sabido que el suicidio es un modo de asesinato. Izuel fue abandonado por una mujer y unos años después, incapaz de reponerse de esa pérdida, se tiró por el balcón. Al menos esta es la secuencia oficial de los hechos. Félix Romeo dialoga duramente con su amigo muerto, que por momentos se convierte en un desconocido. “Amarillo” no es un libro sobre la muerte, sino sobre la vida que continúa.

Heraldo de Aragón, Huesca, 15.1.2008

16/01/2008 00:13 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. Hay 4 comentarios.

26/01/2008

MAS SOBRE LA RELIGIÓN

       El derecho a la libertad religiosa, o libertad de culto, quizá no debería estar recogido en nuestras constituciones y legislaciones. Me refiero a que el derecho a la libertad religiosa va implícito en otros derechos como es el de libertad de reunión, de conciencia o de expresión. Un Estado democrático no debería reconocer, como palabra dotada de sentido, la expresión “religión”, o su adjetivo “religioso”. Quiero decir que, en nombre de nuestra libertad, no debería existir una distinción legal reconocida entre un club de fans de Elvis Presley, o un club gastronómico dominical, o un grupo de aficionados a la literatura fantástica que se reúne los sábados con su tablero de juegos de rol, o una parroquia de evangelistas, católicos o mahometanos. Reconocer legalmente el adjetivo “religioso” es ya un acto religioso, discriminatorio y, en cierto modo, incivil. En democracia no existe un enfrentamiento entre la libertad de expresión y el derecho a ser respetado como miembro de un grupo religioso. No son dos realidades que haya que hacer compatibles. Nuestro presidente Zapatero es en esto siempre muy ambiguo, como sucedió con sus declaraciones a propósito de las viñetas que hacían burla de Mahoma. Si se puede hacer viñetas humorísticas sobre un personaje histórico como Gandhi o Darwin, y no sobre Mahoma o Cristo, es que algo no va bien. De entrada, los ciudadanos, en nombre de una mal entendida tolerancia o multiculturalidad, debemos entender por lo tanto que es más respetable la figura de Mahoma que la de Darwin. O que los que dicen tener convicciones religiosas disponen de un ámbito de respetabilidad del que no gozan los demás. Ese respeto se suele presentar como una zona de silencio, una barrera en la conversación.

      Las declaraciones que hizo el presidente Zapatero la semana pasada a propósito de su derecho constitucional a guardar silencio ante la pregunta de si es cristiano, me han traído a la mente otras situaciones. Lo del presidente hay que entenderlo, evidentemente, desde la perspectiva de las elecciones próximas y el temor a perder votos, en caso de que hubiera dado una respuesta más clara. Pero esto no justifica lo que yo creo que fue una mala respuesta, una respuesta cínica. Me acordaba, digo, de que suele sucederme cada año que estando en clase de filosofía o ética con adolescentes o bachilleres se me pregunte si yo creo en Dios. Recuerdo que la primera vez actué como el presidente, reclamé mi derecho a no pronunciarme públicamente sobre una materia así. Pero luego pensé que aquello resultaba muy poco educativo: dar la idea a esos jóvenes de que existe un ámbito de silencio que debe ser respetado, una zona acotada que queda excluida de la conversación. Creo que la naturalidad a la hora de tratar sobre estos asuntos es lo más educativo, no cambiar de tono. Uno dice “No, no creo en Dios”, y acto seguido trata de precisar ante el alumno a qué se está refiriendo cuando le pregunta por el término “Dios”. O, directamente, después de haber respondido, sigue dando la clase, sin dar pie a pensar que ha revelado “algo personal”. Pensar que Dios existe es lo menos personal que hay, si uno tiene información sobre esto debería darlo a conocer inmediatamente, convocar una rueda de prensa, etcétera.

      Coinciden estos días un par de libros anticlericales en las librerías. Uno es “La puta de Babilonia” (Seix Barral), de Fernando Vallejo. No me ha gustado, es como una blasfemia de trescientas páginas sin apenas nada de información histórica original. El otro, “Marsilio de Padua: ¿la primera teoría laica del Estado?”, presenta algún texto interesante, aunque aislado. Por desgracia, nuestro anticlericalismo sigue siendo muy clerical, un anticlericalismo de rebotados.

Heraldo de Aragón, Huesca, 22.1.08 

26/01/2008 13:35 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. Hay 3 comentarios.

30/01/2008

DISCURSOS

            Pasamos por unos días de discursos. El duelo de oratoria de Obama y Hillary Clinton, y la precampaña en la que estamos en nuestro país, y la colección de grandes discursos de la historia que venden en los quiosocos… No me gustan los discursos de perfil utópico, pero me gusta eso de que alguien coja un micrófono y diga unas palabras en serio y con sentimiento. Es muy difícil que entre personas resulte natural el hecho de coger un micrófono y hablar en serio. Totalmente en serio, me refiero. Es decir, con algo de humor, etcétera. Para ello hace falta haberse liberado de mucho odio, hace falta cierta tradición democrática. Me gustan las películas y series de abogados y de políticos, aunque no siempre: me pareció débil, entre las recientes, la de “Leones por corderos”, de Redford. Me gusta que haya cierto idealismo, que me emocionen con historias de personajes, pero también con las ideas, ideas sobre la libertad y la justicia, porque las personas también estamos hechos de ellas. No me gusta la idea de que lo que nos sucede, que ahora estemos pasando en nuestro país –España, Aragón, Departamento del Norte, Departamento Francés Subpirenaico, Estado Agregado de los Estados Unidos, o lo que seamos– por el mayor periodo de democracia, libertades y desarrollo, obedece a un ciclo natural o inevitable. Es el resultado de pequeños actos nobles que requieren ser nombrados, y que se merecen ser celebrados también de vez en cuando con palabras nobles.

            Todos los grandes momentos van acompañados de grandes discursos. Atenas tuvo su maravilloso discurso de Pericles. Los discursos tienen que tener cierto aliento clásico. Marc Fumaroli habla en “La educación para libertad”, publicado hace unos meses, de la necesidad del estudio de los clásicos en las sociedades libres. Empieza con esta pregunta: “¿Qué es un clásico? ¿Por qué la educación, desde Quintiliano hasta nuestros días, ha supuesto la lectura y el estudio de los clásicos?” El libro es una apología del estudio de los autores clásicos en los planes de enseñanza. De este libro creo que es particularmente interesante la parte en que analiza el proyecto francés de Malraux de crear un Ministerio de Cultura presente en todo el país: desde los pequeños centros culturales de las provincias hasta los grandes planes de subvenciones y tutelaje de artistas. Fumaroli critica con fuerza este modelo estatal de manejo de la cultura, como si fuese un bien administrable por la clase política, algo "socializable". Evidentemente el análisis que hace sirve para España, que fue de los países que copiaron este Ministerio y su jerarquía. Fumaroli habla también de cómo Europa ha sido capaz de crear instituciones que a lo largo de los siglos diesen caudal a la transmisión de los clásicos: las escuelas medievales, los colegios de Oxford y Cambridge, las academias protestantes “y los colegios jesuitas en el ámbito católico”.

            Sobre este asunto de las órdenes religiosas y los jesuitas como transmisores de los clásicos, también trata en varios momentos otra novedad bibliográfica, que nombré la semana pasada: “Religión y poder” (PUZ), sobre Marsilio de Padua y su laicismo. Se recoge la cita de la Constitución de la II República por la que se disuelven las órdenes religiosas que impongan un voto de obediencia ajena “de la legítima del Estado”. Hay en esa cita una confusión conceptual que no deja de llamar la atención. Es la misma constitución que empezaba llamando a los ciudadanos “trabajadores de todas las clases”, como si fuese eso lo que nos definiese. Lo que es yo, no tengo nostalgia de aquella Constitución. Recordamos su espíritu hoy y la nombramos en los discursos, en la medida quizá en que no la releemos.

Heraldo de Aragón, Huesca, 29,1,08

30/01/2008 00:41 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.


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