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LA FALSA DECEPCIÓN

         Parece que hay que dar por hecho que vivimos en una época de decepción, es una de las ideas comunes de nuestro tiempo: la decepción por el final de las ideologías y las revoluciones; la decepción por un horizonte de consumo que no libra a las personas de la soledad –la mitad de las viviendas de París están habitadas por personas que viven solas– o de los diversos modos de desesperación, como el suicidio; la decepción por la masificación de lo que antes se consideraba “alta cultura”, hoy manejada por los publicistas… Pero hay que decir que esta sensación de desengaño es muy discutible. De hecho, es una falacia. Algo decepciona cuando no da lo que prometía. A lo mejor sucede que hemos esperado cosas que no procedía esperar. El manzano da manzanas, no peras, y no por eso las manzanas son malas o decepcionantes. Hemos aumentado la esperanza de vida, por ejemplo. Partimos de que a la gente no le suele gustar morirse, y que por tanto aumentar la esperanza de vida es bueno, es un logro, algo que debemos celebrar y que nos hace sentir orgullosos. Pero pongamos por caso que dentro de unas décadas, siendo común llegar a los cien años, se trate de extender la idea de que, en el fondo, hemos fracasado, porque la gente no por vivir más es más feliz. ¡Faltaría más! ¿Alguien lo había prometido? Los proselitistas de esta sensación de decepción, cuando no de derrota o de clausura de la historia, tratan a menudo de desdibujar lo que son logros, cosas que nos hacen la vida mejor y por las que ha valido la pena esforzarse: la democracia es buena, la alfabetización global es buena, el aire acondicionado es bueno, la aspirina es buena… La caída del Muro de Berlín fue algo que había que celebrar, ese muro era oprobioso, por más que se nos diga que con él cayeron también las últimas ideologías. Es una gran frivolidad tener que leer que las democracias crean algo así como un horizonte de decepción, cuando hay países hoy que siguen encarcelando a sus disidentes políticos o religiosos y donde las empresas editoras y las televisiones son patrimonio del dictador de turno. Igual que hay algo de injusto en decir que los inmigrantes que llegan moribundos a nuestras costas vienen “engañados” por un espejismo de bienestar, cuando realmente huyen de la miseria física e intelectual, de un inmenso hastío de piedras, caciques, cabras y arenales. En este contexto, hablar de la “decepción” de la sociedad de consumo solo se entiende desde una ceguera algo cruel, o desde la nostalgia de una Edad media que arrastra prejuicios religiosos: bien por el lado de la culpabilidad –presentándose hoy Dios como la Naturaleza–, bien por la vieja máxima agustiniana de la voluntad siempre insatisfecha…

         He leído este fin de semana “La sociedad de la decepción” (Anagrama), un libro-entrevista a Gilles Lipovetsky. Parte de interés del libro está en la exhibición de tópicos e ideas comunes que hace el entrevistador, Bertrand Richard, como una especie de muestrario de los prejuicios de una época, incluida la propuesta de imponer una “cuota de consumo” a los ciudadanos (no exactamente por motivos ecológicos, ¡sino para evitarnos la “decepción”!). Lipovetsky sale airoso de la entrevista, sobretodo en la parte final, cuando argumenta contra los partidarios de las restricciones por cuota y contra los “altermundistas”. Tiene momentos bellos de defensa de los afectos en democracia, aunque también resulta tedioso en los pasajes en que se envuelve en la retórica ensayística de la “decepción”.

         Sucede como con los que se oponen al fútbol porque lo encuentran alienante o banal, en lugar de protestar por que haya países, como Irán, Brunéi o Arabia Saudí, donde las mujeres no lo pueden jugar.

 

Heraldo de Aragón, Huesca, 16.7.08

16/07/2008 22:34 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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