ismaelgrasa |
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Ya nombré en esta sección un ensayo publicado esta primavera: “La tiranía de la penitencia (Ensayo sobre el masoquismo occidental)”, de Pascal Bruckner. Una de las tesis que articulan el libro es la de que Europa parece haberse instalado en una mala conciencia postcolonial y postbélica que le impide actuar y que la mantiene en una perpetua duda, una reivindicación autodestructiva de la tolerancia (de la tolerancia con la intolerancia, me refiero: el respeto a lo “diverso”, aunque sea incompatible con la democracia, con los derechos de la mujer o con la autonomía intelectual, como quedó patente en la crisis de las viñetas danesas sobre Mahoma) y una renuncia a defender abiertamente los valores que han guiado a Occidente, los ideales explícitos y las palabras solemnes: la defensa de la razón, de la libertad, del individuo… Como se nos enseña, la ley no es tal si no existe un poder de coacción que la respalde. Europa, según va explicando Bruckner en su ensayo, ha dejado a los Estados Unidos aquella responsabilidad coactiva. Se deja en sus manos el proyecto de hacer expansivos los valores ilustrados y el combatir las zonas oscuras, se deja en sus manos la inocencia de las palabras y de los discursos (yo he simpatizado más con el proyecto de Hillary Clinton que con el de Obama, pero reconozco que no dejaba de seducirme cierto aire clásico de los discursos de Obama), mientra Europa se estanca en un resabiamiento enfermizo. Bien es verdad que Bruckner, después de haber retratado con finura el antiamericanismo europeo, cae en las últimas páginas en algunas contradicciones, y acaba asomando una nostalgia por el predominio francés del mundo y una reivindicación del cierre europeo de fronteras que quizá desoriente al lector que le ha seguido hasta ese capítulo final. Ni que decir tiene que nuestro presidente Zapatero, con su modelo intelectual de “alianza de civilizaciones”, aparece retratado en el libro como un síntoma más de esta mala conciencia que, desde un supuesto progresismo, relativiza los logros de la ciencia y la democracia. Bruckner hace mención a un detalle, que era por lo que en realidad quería hablar de él. Se refiere a las imágenes que aparecen en los billetes de euros: arquitectura de puentes, arcos y puertas. Bruckner dice que esto habla de una Europa que ha creado una especie de vacuidad, una nada transitable, un gran “salón de los pasos perdidos”. Dice Bruckner: “Han quedado fuera las figuras de Shakespeare, Cervantes, Rembrandt, Vinci, Goethe, Dante, Pascal o Voltaire”. Representan a hombre blancos, y por tanto culpables, ocultables: DWEM (Dead White European Males). Quizá lo que más me ha gustado del libro de Bruckner es su antiadanismo, la idea que va desarrollando de que el asumir los propios errores no nos debe hacer perder de vista los logros alcanzados. Si se piensa, el billete de dólar está plagado de símbolos que podrían considerarse discriminatorios o vergonzantes, empezando por el lema impreso en que se hacer referencia a la confianza puesta en Dios. Pero no parece que eso haya paralizado el impulso de esta moneda. Los euros, ciertamente, no ofenden a nadie, pero a cambio de renunciar a transmitir cualquier clase de valor o de contenido. Un puente no es en sí mismo un valor. Lo es en cierto sentido, qué duda cabe, pero en la medida en que conduce a algo, a un Goya o a un Montaigne. Un puente no es solo un encuentro, es también un acceso. Bruckner acaba defendiendo la existencia de un ejército europeo fuerte y una política europea de fronteras y antiexpansionista. Esto último es con lo que más me cuesta estar de acuerdo. Como decían los escolásticos (tan sonrojantes, tan de esconder), el bien es difusivo. Heraldo de Aragón, Huesca, 24.6.08 |