ismaelgrasa |
|
|
|
Un amigo mío que es todo un tratadista sobre la mala conciencia me ha recomendado que lea “La tiranía de la penitencia. Ensayo sobre el masoquismo occidental”, de Pascal Bruckner. Lo empecé a leer anoche y no me resisto a recomendarlo ya aquí, aprovechando que estos días son los de la Feria del Libro de Huesca. Es un ensayo sobre el antioccidentalismo, un producto típicamente occidental. Sobre el sentirnos culpables de todos los males del mundo y la idea heredada de que cualquier paso adelante del primer mundo es a costa del tercero. Este sentimiento de culpa lleva al silencio de occidente, a que renuncie a pronunciarse abiertamente, cediendo la voz, se quiera o no, a toda clase de integristas religiosos, indigenistas visionarios y redentoristas varios. Bruckner, ya en las primeras páginas, cita al presidente Zapatero como un ejemplo de los líderes europeos que se alinean con este tipo de voces débiles o acomplejadas: trae el caso de que Zapatero, por no ofender, renunciase a utilizar en público la expresión “terrorismo islámico”, y prefiriese decir “terrorismo internacional”. La expresión “terrorismo internacional” tiene la ventaja, además, de dar a entender en cierto modo que tan terroristas son los de un lado como los del otro, incluido Estados Unidos y quienes les secundan. De hecho, podría decirse, los verdaderos terroristas somos nosotros, no los que ponen bombas en los trenes, etcétera. A propósito de todo esto venía este fin de semana una noticia que, en los términos en que aparecía escrita, resulta muy ilustrativa. Hablaba de las tribus del Amazonia que no han tenido contacto alguno con “el hombre blanco” –no es una ironía, utilizo la expresión que escribió el redactor anónimo de la agencia EFE, posiblemente un hombre blanco también– y que tienen que abandonar sus territorios por la presión de las industrias madereras del Perú. Los indios, se nos dice, “que no saben de fronteras”, acusándonos a los que sabemos de ellas, se desplazan hacia las selvas amazónicas de Brasil, que tiene como presidente a Lula, que no es tan bueno como parecía que iba a ser, pero que todavía, y pese a los casos de corrupción que le han salpicado, sigue haciéndose respetar entre un buen sector de los occidentales culpabilizados. Además, los brasileños no hablan español, la lengua de los conquistadores, lo que también les hace un poco menos culpables. Bruckner habla también del complejo del buen indígena amazónico y cita al antropólogo Lévi-Strauss, que forma parte de la patrística antioccidentalista. La noticia de los indios que no han tenido contacto con la civilización, a decir verdad, no se difundió este fin de semana porque sí, sino porque les habían tomado unas vistosas fotografías desde una avioneta. Se les ve con las pinturas de guerra, enseñando sus arcos y lanzas, retadoramente, hacia el piloto. Esta es la verdad de la noticia, ese testimonio gráfico al que acompañamos con una retórica que palie nuestra mala conciencia de mirar desde una ventanilla. Una retórica cínica. Una fotografía que coincide en el fin de semana con las de fósiles exóticos de peces extinguidos. Una tribu es un fósil de nosotros mismos, pero las tribus son de personas, y estas deberían ser tratadas con dignidad. Quiero decir que sería bueno pensar en ofrecerles alfabetización y acceso a la sanidad. Ese idílico “no conocen fronteras” equivale a un “no conocen leyes”, que son precisamente el instrumento que garantiza nuestra libertad. Si de algo tenemos que tener mala conciencia no es de haber acabado con eso modos de vida primitivos, sino más bien de consentir que siga habiéndolos. “Esos pueblos son únicos”, se nos informa. Como la bucarda del Pirineo. Heraldo de Aragón, Huesca, 2.6.08 |