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EUROVISIÓN

         Eurovisión forma parte de la Transición española. También del franquismo, desde luego, pero de una clase de franquismo televisivo y bailable que, junto al fenómeno del turismo, era natural que acabase dando paso a otra cosa, como sucedió. La conexiones en directo con los diferentes países, los saludos cruzados en todas las lenguas europeas, ha sido de hecho la experiencia más europea, visual y televisivamente, es decir, real, que hemos tenido durante décadas. La otra sería el saludo navideño del Papa –¿era por Navidad?–, ese decir unas palabras en diferentes lenguas. Pero, como espectáculo, aunque no está mal, no lo iguala. O el concierto de año nuevo en Viena, con la marcha Radetzky, que resulta elegante pero escasamente políglota y diverso. Luego ha resultado que Europa ha cambiado, y con ella Eurovisión: la entrada en masa de los países ex comunistas del este. De algún modo, ellos están viviendo también ahora una transición, y han abrazado con entusiasmo este festival, hasta el punto de que quizá lo asfixien. Reino Unido ya ha avisado de que, de seguir así el sistema de votación, con las alianzas entre los nuevos países, quizá deje de participar. En esta línea de cierto desencanto por lo previsible de los resultados fueron los comentarios de Uribarri en Televisión Española, que convirtió las tandas de votaciones en una especie de quiniela particular, una broma salpicada por valoraciones que iban de la rijosidad al paternalismo. Pero a lo que voy con todo esto es que yo estoy con Eurovisión. Es verdad que la vi un poco por casualidad, y que no soy un seguidor fan, pero el rato que vi bastó para convencerme de que sigue siendo un programa anual de televisión válido y poderoso. Me impresionó la seriedad con que desde Belgrado dispusieron la puesta en escena, las continuidades y las presentaciones. Se notaba que había mucha ilusión puesta en que todo saliese bien, hasta el derroche final de fuegos artificiales, algo que parecía significar algo más que el final de un concurso de canciones ligeras, un deseo de dejar atrás épocas y episodios tenebrosos. La fiesta de Eurovisión tiene algo de Año Nuevo europeo, con todos esos trajes brillantes y escotados y ese brindar y saludar hacia la cámara de los artistas en los backstages. Europa se relaja un poco en Eurovisión, se permite ser hortera, un mostrarnos unos países a otros un trozo de nosotros mismos que decoramos con entusiasmo, como encendemos todas las luces del salón cuando hay visita. Es, en este sentido, un espectáculo entrañable. Eurovisión nace en los años cincuenta del siglo pasado, a la vez que los existencialistas.

         Atendí a las últimas actuaciones del festival, entre las que estaba, por desgracia, nuestro Chikilicuatre. Es mucho mejor ser hortera, o muy hortera, como lo fueron los rusos ganadores, que no ser nada. Porque el personaje de Chikilicuatre ni siquiera es una parodia de algo. Es como un muñeco de ventrílocuo al que no viésemos quién le mete la mano en la espalda. Sí, están los de El Terrat y Buenafuente y los demás, pero como invento no deja de resultar siniestro y servil. El ventrílocuo tradicional suele escenificar cómicamente la doble moral de un país: el muñeco dice lo que no se puede decir. El actor que hace de Chikilicuatre, por contrato, no puede conceder entrevistas ni aparecer en público desprendido de su disfraz y sus guionistas. Como fórmula me resulta incómoda, como espectador no me hace gracia. Riéndonos pretendidamente de lo cutre, hemos hecho el ridículo. Me imagino a ese actor paseando su maquillaje entre todos esos cantantes ilusionados, ese mundo real de sentimientos y decepciones. No sé lo que le pagarán a ese actor. Seguramente ni siquiera mucho.

Heraldo de Aragón, Huesca, 27,5.08

28/05/2008 12:17 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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