ismaelgrasa |
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Si con dieciséis o diecisiete años un profesor hubiese preguntado en mi clase cuáles eran las principales amenazas o problemas de la humanidad, sin duda hubiese aparecido, entre las primeras, la energía nuclear y la guerra atómica. Hoy el profesor soy yo y cuando hago esa pregunta en clase la amenaza es el llamado “cambio climático”, como cabía esperar. Nadie nombra la guerra atómica, todo aquello que se nos repetía de la potencia de los arsenales nucleares del planeta, su capacidad para acabar con no sé cuántos planetas como el nuestro. Al revés, la energía nuclear es vista en no pocos casos como una alternativa energética apenas dañina para la atmósfera y que, hoy por hoy, puede colaborar en el desarrollo de países pobres. Una de las cosas más interesantes del documental que se hizo como contestación a “Una verdad incómoda” es el estudio de las consecuencias que tendría en el Tercer mundo el hacerles renunciar a otras fuentes de energía que no sean las llamadas “renovables”: perpetuación en su miseria, su analfabetismo y emigración de los más aptos o audaces. Hace un par de semanas Eduardo Punset hacía unas reflexiones interesantes, en el suplemento que acompaña a este periódico los domingos, sobre cómo vemos la tecnología, y en nuestro empeño en percibirla a menudo como una amenaza cuando precisamente quizá sea nuestra posibilidad de hacernos viables como especie, e incluso de hacer viable la biodiversidad. Tendemos a pensar mitológicamente, teológicamente, de modo que entendemos que la Tierra “nos ha sido dejada”, una forma pasiva que elude un enigmático “por”. O que la naturaleza “se venga”, o se “queja”, o expresiones similares. Evidentemente que hay equilibrios naturales que se modifican, pero tendemos a dar a la naturaleza formas personales y a proyectarnos en ella con nuestras culpas, algo tan viejo como la creencia primitiva de que los terremotos o erupciones volcánicas respondían a alguna clase de enfado divino. Tenemos una responsabilidad con nuestros hijos y descendientes, pero no con ninguna clase de destino natural. Punset se preguntaba también en ese artículo por qué tendemos a confiar en el diseño ciego de la naturaleza, y no en el diseño, también natural pero inteligente, de la mente humana. Estamos llenos de “lapsus” teológicos. Un libro de texto que manejo de Filosofía se pregunta en uno de los apartados si el salto de la inteligencia animal a la humana es meramente cuantitativo o cualitativo. Me parecía un texto normal, hasta que una alumna se empeñó en que le explicase qué quería decir realmente en esa frase “cambio cualitativo”, y también el “meramente” de cuantitativo. Tuve que reconocer que, ciertamente, dos siglos después de Darwin, seguimos pensando que hubo un instante en que algún tipo de varita mágica o sobrenatural tocó al hombre, la especie elegida. Los autores del libro “La especie elegida”, los antropólogos Arsuaga y Martínez, hablan precisamente de los prejuicios que encierra la frase “el hombre viene del mono”, como si el hombre hubiese dejado de ser un mono, aunque sea peculiar. Estamos rodeados de dudas y de equívocos. Algunos dirán que es el hecho moral lo que diferencia a las personas, pero lo cierto es que la inteligencia es también moral. La tecnología es una muestra de nuestra moralidad y de nuestra valentía. La evolución en Darwin es pasiva, las especies se adaptan pasivamente a los cambios. En ella no interviene el individuo, las cosas suceden como un cauce de agua que se abre paso. En ella no hay mal ni bien. Pero nosotros, los hombres, sabemos que lo hay, y que nadie hará por nosotros cada acto de bondad, de aventura y de generosidad que dejemos por hacer. Heraldo de Aragón, Huesca, 20.5.08
Fecha: 22/05/2008 13:02.
Fecha: 23/05/2008 23:19.
Fecha: 30/05/2008 11:54.
Fecha: 04/06/2008 20:13. |