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SUR LE PONT DE MILLAU

         De vuelta del puente del uno de mayo subimos del coche los regalos y encargos traídos de Francia. Para A. la revista Les Inrockuptibles, con el disco de selección musical de la temporada (Printemps 2008), que hemos oído en la carretera pasándonos las canciones que no nos gustaban. Siempre que vamos a Francia traemos Les Inrockuptibles y unas cuantas revistas más para F., pero F. ha estado la semana pasada en Toulouse y esta vez no ha hecho falta.

         Para mi madre –el día que volvemos, el domingo, es el día de la madre– compro en Millau unos guantes de piel. Es bonito ir a comprar a Millau guantes de piel: hay diferentes casas donde se fabrican que se pueden visitar. Se exponen imágenes de señoras que los han vestido, como Jackie Kennedy. La ciudad de Millau se ha hecho ahora más conocida por el viaducto que han construido a su lado, y que lleva su nombre. Ya lo habrán visto en imágenes, ese puente sobre el valle que gana en altura a la torre Eiffel y que ha trazado Norman Foster. La peculiaridad de una obra así es que se disfruta “in itinere”, no está hecha para quedarse detenidos sobre ella, como en la torre Eiffel. Se tiene que disfrutar por necesidad a una velocidad moderada de autopista. Me dijeron que había un punto donde uno podía detenerse, pero o yo no lo vi, o no existe. En todo caso, aunque existiese esa supuesta parada, el viaducto es una atracción que se disfruta de un modo efímero pero que resulta igualmente romántico, quizá más. La gente hace fotos y vídeos al pasar sobre las nubes de la niebla.

         E. me ayudó a elegir los guantes y se los probó para que viese cómo quedaban. E. no compró guantes para su madre porque ya le ha hecho otro regalo, ha comprado a sus padres unos pases de temporada para la Expo. Pero sí que hace regalos para su hermana y el novio de su hermana. Compra sales preparadas por Michel Bras, que tiene un restaurante de tres estrellas Michelin junto a Laguiole, no muy lejos de Millau. No diré que el restaurante es barato, pero el número de estrellas de un restaurante no va necesariamente en proporción a su precio. E. compra para Ch., que es cocinero, el libro de cocina de Michel Bras. Le manda un mensaje para preguntarle si entiende mejor el francés o el inglés, por elegir una edición u otra.

         También compramos galletas de Michel Bras para F. y L., ya que esta vez no hacía falta traerles revistas. Pero E. compra el Vogue pensando en L.

         Para P. que diseña joyas, compramos una navaja de Rodez, que es el producto quizá más conocido de allí. Son navajas de mango de cuerno de vaca, de aspecto muy pulido y delicado. Esta zona, el Aveyron, es una región de vacas, los productos que la hacen conocida vienen de ellas: la carne de Aubrac, los productos de piel como los guantes, los quesos… Compramos otra navaja por encargo de P. para unos amigos suyos. La compra de quesos hemos de dejarla para el último día, el domingo, pero en Francia no hay muchas cosas abiertas en domingo. Hay algunos tenderos franceses que parece que se ofenden cuando se les pregunta si van a abrir el domingo, como si hacerlo fuese contra la ley divina, o de la unidad de la nación o alguna cuestión de raza. Otros responden con amabilidad que estarán cerrados y otros, atendiendo al sector turístico, abren parte del día.

         Compro para mí algunas revistas, como el Philosophie magazine, que trae un número especial para alumnos sobre el Baccalauréat, el equivalente francés de nuestra Selectividad. Es una revista más pensada para el Baccalauréat que para entender el mundo. Es retórica y evasiva, pero no puedo dejar de comprarla. Sobre profesores de filosofía me quedo con el Il faut tenter de vivre de Redeker.

 Heraldo de Aragón, Huesca, 6.5.08

 

 

07/05/2008 10:31

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