ismaelgrasa |
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Ya no se habla tanto de globalización y de antiglobalización. En general, nunca he entendido bien a los movimientos contrarios a lo que hemos venido llamando “globalización”. Me gustó cómo trató Baricco este asunto en su librito “Next”, una reflexión sencilla y honesta. Todo lo que sea acercar a los hombres, derribar fronteras, dar pasos en el concepto unitario de “humanidad”, tiendo a considerarlo como bueno. Los estoicos de la antigüedad y los que entonces se conocían como “cínicos” dieron pasos hacia eso que llamamos hoy “humanidad”, en el sentido de que todos los hombres somos iguales. El medievo, con sus religiones monoteístas, es comúnmente tomado entre nosotros como un período de oscuridad, un tiempo muerto, cuando, sin embargo, hay elementos valiosos en él: la propia idea del “catolicismo” expresa un afán de globalización. No solo se trata del latín como lengua común, la posibilidad de que un estudiante pueda ir de una cátedra alemana a la de la universidad de París de un día a otro, sino el proyecto de encontrar en cada nave de templo una conexión con el resto de iglesias del planeta, donde se leen los mismo textos en el mismo día. En ese sentido, esas redes de templos, salvando las distancias y no teniendo en cuenta las ideas que se defendían en ellos, fueron entonces lo más parecido a Internet. Después sirvió también el rock de aglutinante, un disco de vinilo, con su funda ilustrada, ha hecho posible que habitantes de lugares remotos sintiesen que formaban parte del mundo y de algo común. En fin, desde luego que la globalización son también los ideales de la Ilustración, el espíritu de aquella obra fundacional de Kant, “La paz perpetua”, con su ambición de que todos los hombres puedan transitar un día libremente por una república global, sin que nadie pueda tenerse más por extranjero en un lugar que en otro. Hace unas semanas fui a la celebración de la prejubilación de una conocida. La empresa para la que había trabajado trasladaba su sede a algún lugar asiático, donde, según esta conocida mía, pagarían “cuatro duros” a los empleados por hacer lo mismo. Hay que decir que su prejubilación, al menos temporalmente, la pagaba la empresa para la que ella había trabajado. En todo caso, dada la esperanza de vida que hay ahora en los países desarrollados, las personas prejubiladas a su edad pueden estar cobrando –y ójala sea así en su caso– cuarenta años de pagas mensuales. Salió entre nosotros la palabra “globalización”, en su acepción negativa, y mantuvimos un pequeño cruce de argumentos –no diré discusión porque no lo fue; yo apenas sé discutir–. Lo que yo venía a decir es que detrás de la corriente contraria a la globalización lo que hay a veces son modos latentes de racismo. Entiendo que la meta hacia la que deberíamos dar pasos es que no hubiese grandes saltos económicos entre unos países y otros, y que un trabajador de la fábrica de Zaragoza de Pikolín pueda trasladarse tranquilamente a una fábrica de colchones de Casablanca, como la que ardió este fin de semana con los operarios encerrados dentro. En el mundo de hoy es imposible pensar en zonas del mundo incomunicadas y en economías perennemente aisladas. Tratar de poner barreras, o criticar a priori a las empresas que se desplazan a países más pobres, obedece al miedo natural de perder unos privilegios que no están asegurados. Suele ser racista la defensa de que la democracia y el sistema de libertades que hemos desarrollado en Occidente “no vale” para todo el mundo. El polietnicismo, con sus variantes folcloristas, suele ir en esta línea discriminatoria. El caso es que me pareció desconsiderado ese “les pagarán cuatro duros”, cuando no tienen otra cosa. Lo que nos espera es competir globalmente. Heraldo de Aragón, Huesca, 29.4.08 |