ismaelgrasa |
|
|
|
En televisión, yo he sido más de ver “Siete vidas” que “Aída”. A lo mejor es que en la época en que han pasado “Aída” yo he visto menos televisión en general, pero creo que tiene que ver también con el tipo de serie. Nacho García Velilla, que ha sido director de estas series, tiene ahora en las salas de cine “Fuera de carta”. Fui a verla este fin de semana, en parte porque tenía ganas de reírme y en parte porque, si uno atiende a los títulos de crédito, descubre que es lo más parecido que se ha hecho en mucho tiempo a una producción oscense. Como en sus series, García Velilla se ha vuelto a rodear de un equipo de guionistas, una manera coral de escribir que trata de garantizar que hatya un chiste cada poco rato. Eso estaba en “Siete vidas”. Me gustaba “Siete vidas”, que es una serie que transcurre en un bar, igual que me gustó mucho antes “Cheers”, pero no he conseguido que me divierta, en cambio, “Los Serrano”, que también es serie de bar. Quizá no me gustan las series españolas que hacen del modo de ser español su entraña. Reconozco que cada día me atrae menos lo castizo. Yo, que he palmeado en mi juventud por las Cavas madrileñas, me tuve que salir el otro día de una fiesta flamenca en Granada. Tal vez sea algo transitorio. En “Siete vidas” se habla de un grupo de personajes, más o menos penosos, que tratan de ser felices. De “Aída” me disgusta su carácter de serie popular, que la serie se centre en un personaje que, en cierto modo, trata de ser humorístico en lo que tiene de representativo. Más allá del caso de “Aída”, me cuesta interesarme por los actores, las series o las películas que intentan retratar lo popular, entendido normalmente como pueblo bajo. Siempre me da la sensación de que el señorito está retratando a la criada. Es posible que lo que me guste sean las comedias de clase media, o donde salga alguien medio analfabeto y tosco, si surge así, pero nunca como algo simbólico. Quizá es que con el tiempo solo sepa reírme con la clase media. Porque la clase media, pese a su nombre, no se deja fácilmente hacer un “retrato medio”, cada uno es cada uno. Y ahí es donde surge el germen de la comedia en libertad. Sobre todo esto, Aristóteles ya vino a decir en su “Poética” que la principal diferencia entre comedia y tragedia es que en la primera los actores hacen de pobres, y en la otra de gente noble. “Fuera de carta” es una película en la que uno se ríe y sale con buen ánimo. Su vigor en la intención de hacer una comedia romántica con un final edificante y reconciliador, y en hacer pasarlo bien, consigue que el espectador pase por alto los posibles defectos o las secuencias más débiles. El protagonista, Javier Cámara, interpreta a un cocinero homosexual del barrio de Chueca. La película tiene una leve herencia almodovariana, con un homenaje velado y que a mí me ha parecido oportuno, como es la presencia de Chus Lampreave interpretando a una dama de la España rural y atávica. Con sus imperfecciones, como digo, diré que me gusta más la película de García Velilla que las de Almodóvar, su tono de comedia sin grandes pretensiones, lo que es una noble pretensión. Es una comedia propia de una democracia que se ríe de los contrastes y cambios por los que pasa la sociedad, y algo ligada a asuntos de actualidad, como es el protagonismo que adquieren hoy algunos de nuestros cocineros, y la obsesión por las estrellas Michelin. De todos modos, coincido con los que entienden que el final ruralista de la película no es el mejor posible, por más que esté hecho con una intención reconciliadora. Quizá en el fondo nos cueste aceptar que cierto refinamiento culinario y urbano no tiene por qué ser impostado ni censurable. Heraldo de Aragón, Huesca, 22.4.08 |