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Para Félix Gómez-Urda, director del Festival de Jóvenes Realizadores de Granada, José María Escriche ha sido un modelo y un referente entre los directores jóvenes de festivales. Estaba con Gómez-Urda el coordinador del Festival de Cine de Alcalá de Henares, Luis Mariano González, que es de la misma opinión. Coincido con ellos en Granada, durante el festival. Me preguntan cosas de Escriche a las que no sé responder, porque, aunque he participado en alguna ocasión en el festival de Huesca, nunca lo llegué a tratar, más allá de los saludos cordiales, tendentes a la efusividad, como era su costumbre. Félix Gómez-Urda se emociona hablando de Escriche, de su amor a la vida y al whisky compartido (entendiendo la piscina como la unidad de medida de este destilado, a lo largo de una vida). Estando con Gómez-Urda en Granada, hablando de películas y compartiendo un vermú en los veladores próximos al ensanche, me hace sentir también un poco en Huesca, en una extraña proyección en el espacio y en el tiempo. Gómez-Urda me hace compartir un sentido de ser espléndido que él reconocía en la figura de Escriche. Me dice que se da cuenta ahora de que su último encuentro con él era en realidad una despedida, y de que pidió champán. Me gusta una de las películas documentales que se proyectan en el festival, “Harraga”. La cámara va siguiendo a niños y jóvenes que miran hacia España desde las costas marroquíes, adolescentes que se esconden en los bajos de los camiones de carga de los ferris, como esos personajes de las películas americanas que viajan escondidos sobre los ejes de las ruedas de los viejos ferrocarriles. Pero la épica de estos niños es diferente: son analfabetos, se intoxican con el humo del tubo de escape, esnifan cola de pegamento, viven en la ilegalidad… No hay horizontes de praderas por colonizar, no hay música de película del oeste, sino la de sórdidos muecines. Se esconden pegados al depósito de la gasolina, como una especie de animales parásitos. Hay una secuencia en que los niños hablan de Granada, reproduciendo frases hechas que han oído: allá hubo hermanos suyos musulmanes que “dejaron su sangre” para levantar la Alhambra, ese monumento que ahora tienen como suyo, injustamente, “los españoles”. Esto me hace pensar en unos párrafos del libro que he venido leyendo en el avión cuando viajaba a esta ciudad. Hablo de “Dios no es bueno”, de Christopher Hitchens, que acaba de publicar Debate. Hitchens estuvo en el escenario de la guerra de la antigua Yugoslavia, y reflexiona sobre el hecho de que la prensa se refiriese siempre a “los musulmanes”, tratando, por ejemplo, de bosnios o albano-kosovares, mientras que no utiliza la expresión ortodoxos para referirse a los serbios, o católicos, hablando de los croatas. Hitchens se refiere a que también en el caso de los cristianos estaba presente en aquel conflicto una guerra de religión. El contraponer “los españoles” a “musulmanes”, como hacen esos niños refiriéndose a lo que les evoca la Alhambra, refleja un cisma mental que posiblemente tardemos mucho en encaminar: el acabar con la idea de la nacionalidad vinculada a la religión, para empezar. Lo propio sería contraponer “los musulmanes” a “los cristianos”, pero esto ya no sirve ni nos define. En plural somos, felizmente, otra cosa. En el fondo, no se trata de que seamos “comprensivos” con otras culturas o credos, como el musulmán, en nombre de un pasado cultural compartido, etcétera. Yo no quiero ser comprensivo con muchas de las costumbres de los países que se rigen por el Islam, ni con sus creencias. Lo que está mal, está mal. Lo que es falso, es falso. Todo esto no es un western, pero tiene igualmente su épica y su grandeza. Heraldo de Aragón, Huesca, 15.4.08
Fecha: 20/04/2008 23:56.
Fecha: 25/04/2008 09:11.
Fecha: 09/06/2008 10:06.
Fecha: 09/06/2008 18:34. |