ismaelgrasa |
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Han coincidido estas semanas en las carteleras dos películas sobre Afganistán: “La guerra de Charlie Wilson” y “Buda explotó por vergüenza”. La primera es una película con humor y grandes estrellas –Tom Hanks y Julia Roberts–, mientras que la otra está rodada con un presupuesto ínfimo y se centra en el lado dramático. Son de carácter distinto, pero hay una coincidente continuidad en ellas: en la primera se habla de la guerra contra los rusos en Afganistán, y de cómo, al final, los Estados Unidos se equivocan al ayudar solo con armamento, en vez de continuar su presencia por medio de escuelas y actividades formativas; la segunda trata de la época posterior, la talibán, del pequeño episodio de una niña que trata de ir a la escuela, una tarea que se convierte en una especie de Odisea llena de peligros. Conforme pasan los días me va gustando más en el recuerdo la película de Mike Nichols, “La guerra de los Wilson”, y menos la de Hana Makhmalbaf, “Buda expolotó por vergüenza”. La película de Makhmalbaf se hace algo reiterativa y lenta desde los primeros planos, pero va aguantando bien debido, en mi opinión a dos méritos: de un lado, la presencia de la protagonista, una niña de seis años, que aguanta los planos con una serenidad e inocencia conmovedoras; de otro lado, lo que parece que es la intención de la película, el mostrar al mundo una historia sobre la dignidad humana, el pequeño episodio de una niña que sencillamente quiere aprender a leer, y que se ve rodeada por la barbarie. Hay un par de secuencias que ponen el corazón en un puño, ese momento en que los niños varones juegan a ser talibanes y parece que van a lapidar de verdad a la niña protagonista, y cuando la obligan a ir tapada con una bolsa en la cabeza, a la manera del burka. Este momento es, digo, estremecedor. Pero, a mi juicio, la película se viene abajo en el tramo final (puede dejar de seguir leyendo, en este punto, quien no haya visto la película y tenga intención de hacerlo), particularmente cuando los mismos niños, de pronto, pasan a jugar a ser invasores norteamericanos, comportándose igual de bárbaramente, y dando a entender, como conclusión, que tan dañinos son los integristas como los estadounidenses. Quizá no haya que pedir una gran complejidad intelectual a una directora de cine que no tenía ni veinte años cuando rodó esta película, pero esta equiparación resulta burda y ofensiva. Utiliza a modo de metáfora la imagen de los budas gigantes que estallaron en Afganistán, como si entre todos los hubiesen hecho explotar de vergüenza, cuando lo cierto es que los que pusieron las bombas fueron los talibanes, hasta donde nosotros sabemos. Desde luego que se puede criticar la política exterior norteamericana y su intervención en esta zona de Oriente, pero poner al mismo nivel los valores de los talibanes que arrancan las hojas del cuaderno de esa niña, a los que articulan la vida de los Estados Unidos, resulta tosco e irresponsable. “La guerra de Charlie Wilson”, por su parte, tiene cierto tono de vodevil –es memorable y ya clásica la secuencia en que el congresista Wilson mantiene dos conversaciones a la vez en su despacho, una sobre la intervención en Afganistán y otra con sus secretarias sobre la acusación de haber tomado cocaína a la que se enfrenta–, un tono sorprendente de hedonismo tejano y conservador, como de un cristianismo anticomunista que se presenta como la magnificación de un paganismo de vividores que, en el fondo, no llegan nunca a ser cínicos. Y trata de algo importante: de que las cosas no suceden por leyes inexorables que las empujen, sino porque hay personas, a menudo excéntricas o más o menos casuales, que deciden llevarlas a cabo. Heraldo de Aragón, Huesca, 1.4.08 |