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TEST DE TRADICIONES

         Lo de las ramas de olivo y lo de las palmas del domingo de Ramos es bonito y tiene futuro. Me refiero al campo del marketing y de los sentimientos. La movilidad actual de los seres humanos, el que muchas personas como yo vivamos en barrios donde buena parte de los vecinos proceden de otros países, el que nuestras ciudades sean hoy multirraciales, permite valorar de un modo más o menos objetivo la calidad y éxito de nuestras costumbres. Quiero decir que, por ejemplo, la tradición del ramillo de albahaca en Huesca tiene tirón, a su manera; o la de los gigantes y cabezudos, tan viva en Zararagoza, que ha tenido éxito entre los niños de todas las procedencias –aunque sea un éxito quizá con los días contados, debido a ese factor de terror infantil, con los pequeños látigos, que van quedando algo anticuados–. Otro éxito de nuestro marketing cultural, indiscutible, es la sorpresa en el roscón de Reyes, esa figurita entre la masa esponjada o entre la nata, esa resistencia celebratoria al cuchillo. El último roscón que compramos en mi casa era de una pastelería marroquí. Parecía incluso que desde la pastelería nos quisiesen decir que nos habíamos apropiado de algo suyo: los Reyes Magos son de Oriente, y lo propio del roscón es cierto exceso geométrico ornamental, a la manera de una corona. Lo cierto es que la masa de ese roscón que compramos era demasiado espesa y almendrada, pero ahí estaba la figurita entre la nata, y la corona de cartón acompañando la caja en que venía servido. Los propios Reyes Magos tienen también futuro como tradición cultural, no sería raro que la Coca-Cola, asociada a Santa Claus, se acabase pasando abiertamente al aire misterioso y multirracial de estas figuras orientales. La tradición taurina, por otra parte, la veo difícilmente rescatable: atrae a los turistas como algo pintoresco, pero menos a las personas de origen foráneo que viven entre nosotros. Quizá en la línea del Bombero Torero haya algo que hacer, no lo sé. En Teruel parece que les está saliendo bien lo de los Amantes, llenan los hoteles con todo ese echar paja a las calles para que parezcan medievales. La línea de exaltación medieval solo la veo a medias, pero el caso es que la cosa funciona, con el texto de Santiago Gascón y elementos de novedad que enseguida parecen tradiciones perdidas en el tiempo. En el Teruel de los Amantes asomó una tradición que no acaba de cuajar a lo grande, pero a la que sí veo que puede tener futuro: la besada, es decir, ese momento en que parejas venidas de todo el mundo se dan un beso a la vez. En fin, escribo todo esto en lunes porque cuando ayer vi pasar bajo el balcón a los niños con los ramos, esas ramas de palmeras trenzadas, me pareció algo bonito y alegre. Más tarde, cuando oscurecía, me crucé por la calle con una procesión, con los capirotes y los tambores lúgubres, y las estatuas de dolientes, y se me hacía más difícil encontrar una salida humana, globalizada, a este rito. En lugares como Alcorisa, a partir de “Jesucristo Superstar”, se han renovado un poco. Solo nos falta ir limando todo esto. Me dio la impresión también, quizá falsa, de que no había demasiado público en la procesión, de que había casi más capirotes que espectadores, y no digamos que niños. Insisto en que todo tiene salida, basta con no perder la buena fe. Quiero pensar que no se trata de que las personas procedentes de otros lugares del mundo, de primera o segunda generación, se integren o adapten a nuestras costumbres, sino de que aprovechemos el beneficio de su presencia para hacer un test, una prueba de calidad de nuestras costumbres, empezando por nuestra cocina. La única identidad humana es la de su aspiración a ser cada día mejor.

 Heraldo de Aragón, Huesca, 18.3.08

19/03/2008 13:10

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