ismaelgrasa |
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La semana pasada citaba aquí al escritor Carlos Castán a propósito de la reedición de su “Museo de la soledad” (Tropo). Y esta semana quiero volver a hablar de él porque estos días se está distribuyendo en las librerías el tercer libro de este autor, “Sólo de lo perdido” (Destino), ocho años después de que publicase el anterior. “Frío de vivir” fue su primer libro, publicado en 1997. Los tres son volúmenes de relatos. Con ellos Carlos Castán se ha convertido en un autor destacado en este género. Desde Gracián y Sender (Tomeo es un caso distinto), no había vivido y escrito en Huesca un autor de esta categoría. He leído este fin de semana “Sólo de lo perdido” y he decir que, de sus tres libros, no muy diferentes unos de otros en una primera impresión, es el que más me ha gustado. Es un libro, por así decirlo, menos “lluvioso” que las dos anteriores colecciones de relatos. Los relatos de Carlos Castán suelen orbitar en torno a un momento de felicidad que trascurrió en el pasado, o en torno a la ilusión de que trascurrió. Han sido personajes que siguen respirando e irguiéndose cada mañana, pero que en realidad tienen su alma en otra parte, en un amor interrumpido, en unos días de música y alcohol que se detuvieron de pronto, en un sueño roto… Es como si este autor se hubiese venido sirviendo de esta clase de recursos, esas almas en aguacero, para transmitirnos la melancolía de vivir. Castán es un narrador de tono lírico, próximo al mundo de los cantautores a los que es aficionado y de los poetas. Sus relatos han venido siendo canciones tristes de amor y de soledad. Hasta se puede decir que tiene sus estribillos, pequeñas enumeraciones que, si bien no se repiten nunca igual, se presentan reconocibles al lector. Hay cierto hedonismo de la tristeza, del tabaco, del desorden de los discos tirados por el suelo y de las sábanas revueltas de la cama sobre la que se ha amado. El caso es que nos gusta oír esas canciones, que son a la vez un retrato generacional de los que, por edad, transitaron del final del franquismo a la democracia. “Sólo de lo perdido” continúa teniendo algo de resaca de un pasado, de legaña sentimental, pero incorpora asuntos nuevos, parece que el autor toma un distanciamiento mayor consigo mismo, es el libro de un escritor más libre aún y experimentado. Su lectura me ha dejado la impresión de que lo importante ya no es tanto el pasado, sino el lugar, el espacio moral en el que uno vive. El libro trata en buena medida de la ciudad como espacio de libertad. El libro es un canto a la libertad, una celebración de la ciudad. El libro es un acto de rebeldía adulta, de afirmación de autonomía, del derecho de la tristeza, un libro contra el orden de la naturaleza, que es la muerte. Es un libro contra natura. Ya había parodiado en sus otros libros el mundo de los campamentos de verano en la montaña, con ese cantar de himnos junto a un mástil. Ahora cuentos como “La ciudad” son todo un manifiesto en este sentido. Pero no solo en lo anecdótico, en el hacer bromas con las mermeladas caseras y las cucharas talladas en madera de boj, sino en lo esencial, algo que afecta a la dignidad. En el libro hay varias historias de chicos que viven en pueblos y son seducidos por el oasis de una mujer de ciudad. Y hay una pieza, “Escuela de la muerte”, que es la descripción más desoladora, y en cierto modo humorística, de la vida en provincias que he leído jamás: cómo lo que se dice que ven los que se mueren, esa película rápida de lo que ha sido la propia vida, es lo que ve a cada momento, en la terraza misma en que toma un café, el que vive en una ciudad pequeña. El libro acaba con una brillante declaración político-sentimental.
Fecha: 24/03/2008 00:49. |