Supongo que hay tantas razones para celebrar la
independencia de una nación como para brindar por una anexión. O quizá más,
según, por una anexión o federación. Quiero decir que la independencia de una
nación, por sí misma, no es nada, y que el mundo está lleno de naciones
independientes que carecen de los derechos fundamentales, donde existen
colectivos marginales, la miseria y la falta elemental de libertad. Este fin de
semana hemos estado viendo en la televisión toda esa explosión de banderas de
la nueva nación de Kosovo, o lo que de momento sea. Desde luego que los
kosovares han pasado por toda clase de calamidades, y que los albanos, siendo
mayoría, han sufrido la discriminación –un millón de ellos tuvieron que dejar
sus casas en la última guerra–; han pasado por dictaduras que han ido del
comunismo al nacionalismo de perfil nacional socialista; y han tenido que
resignarse a vivir en un territorio que su Estado utilizaba como fuente de
recursos mineros y donde rara vez invertía en infraestructuras o servicios.
Kosovo, se nos dice estos días, era tierra de castigo, el lugar donde mandaban
a los funcionarios mediocres desde Belgrado, etcétera. No es de extrañar que la
mayoría de los kosovares sea partidaria de la independencia. Junto a la bandera
kosovar levantan banderas de la Unión Europea y norteamericanas, con su anhelo
de pasar a formar parte de un mundo más desarrollado y libre, y apartarse del
ámbito de las antiguas repúblicas soviéticas. Pero, junto a esto, hemos tenido
que oír este fin de semana justificaciones de esta independencia que se remiten
a la Edad Media, con la Batalla de los mirlos y algún que otro mito nacional.
Es decir, el discurso nacionalista y etnicista de siempre. Está ahí infiltrado,
tratando de vertebrar lo que es un anhelo legítimo de los ciudadanos: vivir
mejor. Pero es difícil librarse de una retórica atávica, y han abundado estos
días expresiones del tipo “el largo sufrimiento del pueblo”, “la marcha hacia
la independencia” –en sentido hegeliano, como si hubiese un destino fijado en
la marcha de los colectivos humanos–, y así. Y como fotografías, todas esas
ancianas sufrientes y empañoladas que, se supone, representan al pueblo y su
“esencia”. Ancianos y águilas bicéfalas sobre fondo rojo. Esto ha sido lo peor.
Propiamente, lo que se
deberían celebrar son lo logros civiles, como la abolición de la esclavitud, o
el sufragio universal. Celebrar todas las pequeñas leyes y cambios progresivos
que hacen la vida mejor, celebrar que uno se pueda divorciar, que los negros
puedan subir a los autobuses, ser homosexual sin temor, el acceso libre a
Internet, la abolición de la obligatoriedad del velo, la persecución de la
ablación o la lapidación por infidelidad al marido, que se separe el poder
religioso del civil o cualquier otro paso hacia una democracia o vida mejor. A
menudo apoyamos la independencia del Sahara, se organizan mercadillos
solidarios y festivales. Pero no se habla de desarrollo o democracia en esa
parte del mundo; al contrario, parece que nos guste que vivan en sus tiendas de
campaña con sus leyes ancestrales. Si Marruecos fuese una democracia y
garantizase ciertos derechos, preferiría, como saharaui, pertenecer a Marruecos
que ser independiente.
Estos días he debatido en
clase con mis alumnos sobre el velo en las escuelas. Buena parte de los que
estaban a favor de prohibirlo no era por defender los derechos de esas niñas,
por lo vejatorio de tener que llevar esa prenda, sino porque esto es España y
se tienen que amoldar a "nuestras costumbres". Es decir, por racismo,
más o menos velado. Esperemos que en Kosovo pueda más el deseo de progreso que
de revancha.
Heraldo de Aragón, Huesca, 19.2.08