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CONTRA LA INTEGRACIÓN


        Lo bueno de las democracias, y de las ciudades, es que uno no tiene que estar integrado en nada, cada uno es libre de hacer lo que quiera. Si uno delinque la policía le viene a buscar a casa, con mayor o menor prontitud, y más o menos eso es todo, toda la integración deseable. Pretender que los inmigrantes “se integren”, como han venido repitiendo estos días diversos dirigentes conservadores, es no entender la esencia de la democracia. Es más bien propio de un modelo de pensamiento nacionalista. En democracia el conjunto de las personas no forma una identidad que haya que conservar, sino un marco legal que asegure nuestras libertades. Rajoy se equivocó también estos días al decir que los extranjeros deben sumarse a nuestra identidad. La expresión “nuestra identidad” ya es en sí un poco inquietante. No solo porque no se ajusta a la realidad –¿Cuál es la identidad española? ¿O debería cada inmigrante adquirir las costumbres, la lengua y el modo de ser de cada autonomía? ¿Pero no iría esto precisamente en contra de lo que pretendía el líder conservador? –, sino por sus implicaciones. Zapatero ha estado oportuno al decir que lo de la identidad era “superfluo”, puesto que el inmigrante no tiene por qué adquirir ninguna identidad en democracia, sino sencillamente cumplir la ley. Aunque lo cierto es que todo esto son poco más que palabras –lo que, por otra parte, no es poco–. Me refiero a que luego, a la hora de la verdad, la izquierda tampoco aplica estos principios con rectitud, y su idea de que no se puede imponer una identidad española, o europea, u occidental, a un inmigrante, le lleva a tolerar lo intolerable, la propia intolerancia, y a sonreír con complacencia ante lo que sencillamente es siniestro, y a entender por multiculturalismo lo que, literalmente, equivale a castración. Sorprende a menudo la alegría con que muchas mujeres supuestamente progresistas se ponen velos y prendas vejatorias en cuanto pisan países que lo tienen por costumbre, o se fotografían sonrientes al lado de dirigentes islámicos a los que, instantes antes, ni siquiera han podido dar la mano por ser consideradas como seres impuros.
        Muchas personas de la izquierda de nuestro país todavía tienden a pensar que es más progresista permitir que las niñas vayan con velo a clase que prohibirlo. Y no solo en nuestro país: el affaire Redeker en Francia es un buen ejemplo –¿se va a publicar en castellano su “Il faut tenter de vivre?”–. Los conservadores españoles parecen tener más claros en algunos puntos estas cuestiones de derechos, perlo luego se equivocan con expresiones torpes, como las que hemos oído estas semanas.
        Otra paradoja es que desde la izquierda se critique a la Iglesia por pronunciarse en materia política. La Iglesia, como cualquier asociación, tiene todo el derecho a hacerlo. De hecho, lo que quizá se podría criticar es que la Iglesia, como cualquier otra institución religiosa, haga otra cosa que no sea política. El reproche a la Iglesia de que pida el voto para tal o cual partido, es en realidad un reproche de creyente. Al no creyente le da igual, o incluso se alegra en la medida en que estas instituciones religiosas se parecen más a partidos políticos. Porque con un partido se puede debatir y dialogar, pero con la Iglesia no.
        Acabo con una observación: cuando uno viaja por el sur de Francia se da cuenta de que, a diferencia de lo que pasa en Aragón, los camareros que le atienden no son en su mayoría de origen inmigrante. De pronto uno se siente que está en la España de unas décadas atrás, esa que reclama Cañete. Y, francamente, yo no la prefiero. No por ideología, sino porque nuestras barras son hoy menos hoscas, más dulces y más vistosas.

Heraldo de Aragón, Huesca, 12.2.08

12/02/2008 21:54 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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