Pasamos por unos días de discursos. El duelo de oratoria de Obama y Hillary Clinton, y la precampaña en la que estamos en nuestro país, y la colección de grandes discursos de la historia que venden en los quiosocos… No me gustan los discursos de perfil utópico, pero me gusta eso de que alguien coja un micrófono y diga unas palabras en serio y con sentimiento. Es muy difícil que entre personas resulte natural el hecho de coger un micrófono y hablar en serio. Totalmente en serio, me refiero. Es decir, con algo de humor, etcétera. Para ello hace falta haberse liberado de mucho odio, hace falta cierta tradición democrática. Me gustan las películas y series de abogados y de políticos, aunque no siempre: me pareció débil, entre las recientes, la de “Leones por corderos”, de Redford. Me gusta que haya cierto idealismo, que me emocionen con historias de personajes, pero también con las ideas, ideas sobre la libertad y la justicia, porque las personas también estamos hechos de ellas. No me gusta la idea de que lo que nos sucede, que ahora estemos pasando en nuestro país –España, Aragón, Departamento del Norte, Departamento Francés Subpirenaico, Estado Agregado de los Estados Unidos, o lo que seamos– por el mayor periodo de democracia, libertades y desarrollo, obedece a un ciclo natural o inevitable. Es el resultado de pequeños actos nobles que requieren ser nombrados, y que se merecen ser celebrados también de vez en cuando con palabras nobles.
Todos los grandes momentos van acompañados de grandes discursos. Atenas tuvo su maravilloso discurso de Pericles. Los discursos tienen que tener cierto aliento clásico. Marc Fumaroli habla en “La educación para libertad”, publicado hace unos meses, de la necesidad del estudio de los clásicos en las sociedades libres. Empieza con esta pregunta: “¿Qué es un clásico? ¿Por qué la educación, desde Quintiliano hasta nuestros días, ha supuesto la lectura y el estudio de los clásicos?” El libro es una apología del estudio de los autores clásicos en los planes de enseñanza. De este libro creo que es particularmente interesante la parte en que analiza el proyecto francés de Malraux de crear un Ministerio de Cultura presente en todo el país: desde los pequeños centros culturales de las provincias hasta los grandes planes de subvenciones y tutelaje de artistas. Fumaroli critica con fuerza este modelo estatal de manejo de la cultura, como si fuese un bien administrable por la clase política, algo "socializable". Evidentemente el análisis que hace sirve para España, que fue de los países que copiaron este Ministerio y su jerarquía. Fumaroli habla también de cómo Europa ha sido capaz de crear instituciones que a lo largo de los siglos diesen caudal a la transmisión de los clásicos: las escuelas medievales, los colegios de Oxford y Cambridge, las academias protestantes “y los colegios jesuitas en el ámbito católico”.
Sobre este asunto de las órdenes religiosas y los jesuitas como transmisores de los clásicos, también trata en varios momentos otra novedad bibliográfica, que nombré la semana pasada: “Religión y poder” (PUZ), sobre Marsilio de Padua y su laicismo. Se recoge la cita de la Constitución de la II República por la que se disuelven las órdenes religiosas que impongan un voto de obediencia ajena “de la legítima del Estado”. Hay en esa cita una confusión conceptual que no deja de llamar la atención. Es la misma constitución que empezaba llamando a los ciudadanos “trabajadores de todas las clases”, como si fuese eso lo que nos definiese. Lo que es yo, no tengo nostalgia de aquella Constitución. Recordamos su espíritu hoy y la nombramos en los discursos, en la medida quizá en que no la releemos.
Heraldo de Aragón, Huesca, 29,1,08