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Se muestran los artículos pertenecientes a Septiembre de 2007.
Resumen
05/09/2007
ENMUDECER AL CRÍTICO La figura del crítico, da igual que sea de gastronomía, de cine o de literatura, se convierte fácilmente en caricatura como un hombre algo amargado, solitario, frustrado, etcétera. La última de estas caricaturas aparece en la película de dibujos animados “Ratatuille”, de la que hablé aquí bien la semana pasada. En esta película la figura del crítico aparece directamente retratado con la iconografía propia de Nosferatu, alguien encorvado que se inclina tétricamente sobre una máquina de escribir. En este sentido, hay una pequeña incoherencia en la película, que es a lo que voy: se parte de que el crítico es alguien infeliz, alguien que solo alcanza la alegría cuando abandona su profesión, pero a la vez se da una importancia capital a la opinión que publica el crítico, en este caso gastronómico. De hecho, esta es toda una película estructurada en torno a la crítica de alguien que escribe en un periódico. Al final, lo que muestra la película es una idea muy extendida entre los creadores, da igual de qué disciplina se trate: el crítico perfecto es aquel que deja de hacer crítica después de haber puesto bien la obra de uno mismo. Toda obra de creación, por tanto, parece deber aspirar a ser tan contundente que enmudezca al crítico, pero sólo después de haber escrito bien de “lo nuestro”. Es decir, que lo enmudezca para los demás, para los que vienen luego. Y esto, la verdad, es muy cínico y muy desconsiderado.
Lo bueno de la democracia es que nada la enmudece, que el discurso no se interrumpe, que no hay silencios. Tenemos, claro, nuestros pequeños silencios íntimos y nuestras emociones: yo mismo tuve que disimular las lágrimas en el cine, porque iba con mi novia, en la escena en que el crítico prueba el plato cumbre de la película. Pero en el campo de lo público no se interrumpe el discurso, ni dejan de salir periódicos con sus críticas, sus viñetas satíricas y sus columnistas. La religión pretende hacer pasar por respetables zonas de silencio, áreas donde no debe entrar el humor, la crítica o la reflexión personal. A veces el artista parece querer dar lugar también a un silencio después de su obra, y eso, según se mire, es ridículo y de mala educación. Un final feliz no es que un crítico gastronómico abandone su oficio, sino que se abra un nuevo restaurante.
Hace unas semanas un cineasta español decía en una entrevista que, en un pase previo al estreno de su última película, había dejado sin habla durante un buen rato a una espectadora. Es verdad que a menudo nos emocionamos, pero dudo de que la meta del creador sea dar lugar a ese silencio. Creo que, sencillamente, se trata de hacer las cosas bien: buenas películas, buenos libros... De hecho, pensar que los cineastas, o los músicos, o los novelistas, están bajo la esfera del ministerio de Cultura, es decir, suponer que lo que hacen es arte, da lugar ya a cierto equívoco (no porque sean cineastas o escritores malos, más bien lo contrario).
Un buen libro no da pie al silencio, sino a otro buen libro. También considero excesivos los minutos de silencio que se guardan en los campos de fútbol o en otros lugares públicos cuando se quiere homenajear a algún fallecido. Más allá de diez segundos de gente en silencio el acto adquiere ya algo de incivilidad, algo violento. Es presuponer que existe la vida interior, por decirlo de algún modo, aunque sea exagerado. Estoy a favor de los homenajes, pero considero innecesarios esos silencios largos.
Francisco Umbral fue una voz ininterrumpida, alguien que amaba los periódicos y los libros (que tirase muchos de ellos a su piscina lo confirma). Un escritor del yo, que son los que más suelen gustarme. Este artículo en contra del silencio era por él. Heraldo de Aragón, Huesca, 4.9.07
12/09/2007
TOMAR LAS CALLES Resulta curioso que en los programas informativos de la televisión se haya dejado de dar noticias taurinas, las buenas o malas “faenas” de tal o cual torero, las orejas cortadas, mientras que hay todo un revival de retransmisión, crónica y resumen de los encierros de toros por las calles. Se supone que las corridas de toros son algo que no tiene sección, no entra en deportes, ni tampoco del todo en espectáculos culturales. Es algo que en buena medida se asocia a valores de crueldad o incivilidad, y que además es vinculable a la idea de España, etcétera. Nadie quiere ser criticado, por otra parte, por asociaciones de defensa de derechos de los animales. El resultado es que si un torero hace una corrida histórica, no tiene ninguna mención en los informativos, pero si es cogido por un toro, entonces sí. Debería haber, en cierto modo, alguna asociación que protestase en defensa de los derechos de los hombres. Evidentemente, cualquiera dirá contra esto que el torero está en la plaza por voluntad propia, y no el toro. Pero no dejan de ser insanas estas ganas de ver cornear a la gente, como sucede también en los encierros, este despliegue de cámaras, toda esta tauromaquia a la inversa.
Se podría argumentar contra esto que, si se trata de un torero famoso, no deja de ser noticia una cogida. Pero lo cierto es que da igual que sea un torero célebre, un picador o un debutante: a lo largo del verano no nos libramos de tener que ver, con el plato de comida en la mesa, con la sandía, toda clase de empitonamientos. En la base de todo esto hay una hipocresía considerable. Hace tiempo que dejé de ir a corridas de toros, no estoy haciendo en estas líneas una defensa de la fiesta de los toros, al contrario. Hablo de las desviaciones de la fiesta taurina. No soy partidario de que se prohíban las corridas de toros. También me parece algo ridículo que, por ejemplo, Barcelona se considerase una “ciudad antitaurina”. ¿Quién es el sujeto “Barcelona”? Aquella declaración municipal, ese sujeto colectivo, era en sí más inquietante que aquello contra lo que iba dirigido. Pero, en cierto sentido, prefiero que se hagan corridas de toros en un recinto cerrado y organizado por empresas privadas, a esa toma taurina de las calles que son los encierros. Todo viene del prestigio de los Sanfermines, que como están al norte parece que se libren algo de la sospecha nefasta. Ahora hay que seguir a diario la crónica también del encierro de San Sebastián de los Reyes, entre otros festejos populares. Ya hablé en esta sección, a propósito de los castellets y del accidente grave de varios niños, de cómo, según su ubicación, los festejos en los que forma parte el miedo y el riesgo son considerados como tradición o como barbarie.
Sigo con cierta curiosidad la redacción de los titulares que en la prensa local tratan de los festejos de verano y las celebraciones patronales. A menudo son becarios los que se ocupan de estas secciones, o periodistas sabedores de que tratan de algo que les suele exigir poca tensión. Todos sabemos que son titulares prácticamente intercambiables de año en año, igual que las fotos que los acompañan. En los últimos veranos observé que era frecuente el verbo “inundar”: “La música (o los peñistas, o los juegos tradicionales...) inunda las calles”. Este año, en cambio, la expresión estrella ha sido “tomar las calles”, y sus variantes. Recuerdo una concejala gritando este año a la multitud festiva: “¡La calle es nuestra!” ¿Qué quería decir con ello? ¿Que pertenecía a los de su partido? ¿Que no era de la Iglesia ni de los ricos? ¿Qué clase de nuevo populismo es este? ¿Qué afición es esta de interrumpir la vida civil y echarnos los toros a las aceras?
Heraldo de Aragón, Huesca, 11.9.07
19/09/2007
DOMINGOS Recuerdo la panadería que había debajo de mi casa, en Martínez de Velasco de Huesca. A uno le mandaban a por pan y, con la moneda en la mano, uno debía responder a la pregunta de la panadera: “Con sal o sin sal”. Prácticamente eso era todo, esos cajones grandes donde se encajaban las barras de un pan quizá honesto pero mejorable. También recuerdo que lo único que estaba abierto el domingo, en la acera de enfrente de la avenida, era la pastelería. Mi plan dominical era: por la mañana, misa en la parroquia de la Encarnación y por la tarde sesión de cine de reestreno en los Salesianos. Pienso en esto porque a menudo vivimos ahora en barrios donde los domingos son diferentes, sobre todo comercialmente, y donde es posible no solo comprar decenas de clases de pan –ya sólo en las kebaberías te dan a elegir–, sino casi cualquier cosa que uno pueda necesitar: hay tiendas marroquíes, y pastelerías con todo el esplendor de dulces propio de los días de Ramadán como estos, y comercios atendidos por familias chinas, y tiendas de colombianos y de peruanos, que tampoco cierran, etcétera. Es un fenómeno que encontramos en cualquiera de nuestras ciudades. Los comerciantes tradicionales ven a menudo amenazados sus negocios con toda esta actividad, pero lo cierto es que el horario comercial tradicional ha quedado obsoleto: ¿quién puede ir a comprar, en un día laboral, de nueve a una y media, y de cinco a siete y media? La respuesta a esto, naturalmente, han sido los centros comerciales. Pero también, a nivel de barrio, todos estos colmados y pequeños comercios donde encontrar productos exóticos, y que son toda una invitación a cocinar tipos distintos de comida: hacer platos al wok, manejar el curri, la soja, el aceite se sésamo, los cuscús, los basmatis, los falafeles, las salsas de tajina, los humus, los sitakes y todas las setas desecadas de los comercios asiáticos, los chiles y las salsas picantes de habichuelas, los fideos y pastas de arroz... Una cosa que llama la atención al que viaja a París es que los restaurantes chinos suelen indicar en sus letreros el tipo de comida que dan, si es cantonesa, pequinesa, etcétera, mientras que en España nos hemos conformado habitualmente con nombres vagos de evocación oriental, del tipo “Gran muralla”, y así. Es cierto que lo de los letreros, salvo excepciones (los especializados en pato pequinés, por ejemplo), no han cambiado, pero la variedad de productos que ofrecen sí, y mucho. Mi amigo Enrique hace su propio pan en casa. Mi amiga Carmen se ha comprado una de esas máquinas de hacer pan que ahora se empiezan a ver, y a las que son tan aficionados los británicos. El otro día compré en un Ikea harina de pan de arándanos rojos. En fin, cosas dominicales. En el discurso que dirigió Pericles a los atenienses (se me acaba de ocurrir que me vale para las clases de Educación para la Ciudadanía, ya que me ha tocado darla), esas páginas memorables, se dice que les distingue su amor al saber y a la belleza, dos cosas que no casualmente van unidas; y se enorgullece Pericles de que en su ciudad se puedan probar alimentos llegados de diferentes partes del mundo. Domingos de cocinar en casa platos inhabituales y televisiones encendidas, entre las carreras de Fórmula 1 y las elecciones de Grecia. Toda la demagogia a que dieron lugar los incendios de este verano en ese país nos han resultado a los españoles tristemente familiares: la estrategia de tratar de debilitar al gobierno manejando catástrofes, en lugar de aportar con convicción un ideario propio. Ha sido un domingo de elecciones sin incidentes, lo que ya es algo celebrable. No hay más -que nos interese- que este día a día, estos domingos. Heraldo de Aragón, Huesca, 18-9-07
26/09/2007
LA RESERVA HUMANA La pérdida de una lengua siempre es algo doloroso, qué duda cabe. Ha servido para que, durante generaciones de seres humanos, se expresen en un lugar del planeta sentimientos e ideas. Aunque por otra parte, damos por buena la expresión hecha “riqueza lingüística”, para referirnos a un territorio en el que conviven o sobreviven diferentes lenguas, cuando, si nos atenemos a los hechos, sería mejor conformarnos con una expresión del tipo “variedad lingüística”. En buena parte del mundo lo que llamamos “riqueza lingüística” tiene que ver con la miseria y la falta de pensamiento, cuando no con la pervivencia abierta del analfabetismo. La mayor “riqueza lingüística” se da en el área de los Andes, donde se hablan buena parte de las siete mil lenguas registradas en el mundo. Algo parecido sucede con las zonas más inaccesibles del continente africano. No trato aquí del derecho que cada uno tiene de hablar y de desenvolverse en la lengua que quiera, sino del hipócrita aliento que damos desde los países desarrollados al mantenimiento de esta “riqueza” de lenguas, a la vez que la vinculamos, queramos o no, a la riqueza zoológica, a la extinción de animales y a cuestiones de medio ambiente. Quiero decir que, conscientes o no, acabamos tratando a parte de la humanidad como si fuesen aves exóticas, algo conservable en una jaula y a lo que nos asomamos en los documentales televisivos del mediodía, en alguna película bienintencionada o, quizá incluso, en uno de nuestros viajes filantrópicos de verano. Quizá sea eso lo más ofensivo, que “riqueza lingüística” se parece demasiado a la expresión “riqueza biológica”, y similares. Lo que llamamos “solidaridad” es a menudo la jaula que nos inventamos para mantener abierto un zoo siniestro, una reserva sobre la que hacemos picnick y trabajos de doctorado. Evidentemente, no quiero decir que no haya que estudiar todas estas lenguas, ni hablo de derechos lingüísticos, sino sólo de cierta actitud que acompaña a expresiones como “riqueza lingüística” o “riqueza de cultos”, etcétera. La semana pasada han coincidido varias noticias sobre este asunto, con un tono acusatorio hacia nuestro proceso de globalización. Esta referencia a los Andes me ha hecho pensar en un libro que se acaba de distribuir en las librerías: “Los Rolling Stones en Perú”, de Sergio Galarza y Cucho Peñazola. Es un libro-reportaje que recomiendo aquí, y que va más allá de la mera crónica de la estancia de Mick Jagger y Keith Richards por los hoteles y aldeas de Perú. Galarza es un escritor que tiene energía y del que pronto se publicará una selección de sus estupendos relatos. Pero a lo que iba: el libro habla de la cultura pop-rock como tren de liberación para buena parte del mundo, y en particular para Perú y Latinoamérica. Jagger volvió después para participar en el rodaje de “Fitzcarraldo”, que también tiene que ver con la búsqueda de lo exótico, de la aventura, de lo salvaje y, como los propios Stones decían, de “la magia”. Parece que el mundo desarrollado quiere sus reservas de magia, y de campos de cocaína, a la vez que los países aspirantes al desarrollo anhelan el mundo del rock y encuentran en sus estrellas a unos nuevos jesucristos que les han de traer la verdad y la vida. Heraldo de Aragón, Huesca, 25.9.07
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