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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2007.
Si uno es joven y vive en un pueblo tiene un porcentaje mucho mayor que el resto de los jóvenes de morir o quedar lisiado por un accidente de tráfico, esto es conocido. No hay más que ir a la unidad de tetrapléjicos del Miguel Servet de Zaragoza. Una vez, haciendo un reportaje sobre este asunto, pedí a unas enfermeras que me hiciesen un retrato de los que estaban hospitalizados en esa planta. Fueron contundentes: jóvenes, de Teruel y de pueblo. Quizá algo mejor, pero no muy distinto, es el caso de Huesca. Raros son los oscenses que, con mayor o menor cercanía, no tengan conocimiento directo de alguna de estas tragedias. Es algo que vivimos con dolor, y que no deberíamos ver como una fatalidad. Una de las ventajas que tienen las ciudades es precisamente que el que sale una noche con sus amigos o amigas a cenar, a bailar y a ir de bares, no tiene que jugarse luego la vida en el camino de vuelta. En fin, esto es lo que se me ocurre sobre el accidente de este fin de semana en el polígono industrial donde se encontraba la discoteca. Sacar las discotecas y los bares fuera de la ciudad es convertir la ciudad en un pueblo más, con todo lo que esto significa. Una ciudad son sus bancos y sus piscinas municipales, sus tiendas de chinos y sus bibliotecas públicas, sus escaparates de ropa y sus veladores bajo los porches, sus quioscos de prensa y sus jefaturas de policía, sus guarderías y sus colegios universitarios, sus museos y sus bares de tapas, sus mezquitas, sus seminarios y sus restaurantes con una estrella michelín, sus tabernas y sus tiendas de horario flexible donde hacerse las uñas, sus salones de masaje y sus saunas gays, sus delegaciones ministeriales y sus bares de alterne, sus salones para bodas civiles y sus floristerías para bodas también y para nuestros entierros, sus cibercentros y sus papelerías donde todavía se venden esferas del mundo con una bombilla dentro, sus librerías con página web y sus tiendas de cómix donde comprar también espadas que imitan al láser, sus palacios obispales y sus puestos de cruz roja, sus parques donde aprender a ir en bicicleta de dos ruedas y sus fotomatones donde retratarnos para sacarnos el carnet de conducir y donde retratarnos también sacando la lengua con nuestros amigos, con sus salas donde se toca música en directo… Y también con sus discotecas y sus locales abiertos hasta el amanecer. Claro que esto último es fuente de conflictos por los ruidos nocturnos que ocasionan, y creo que todos estamos más o menos de acuerdo con que se debe ser estricto en cuestiones de insonorización, dobles puertas, etcétera. Pero una ciudad es peor sin sus bares, el sacarlos a una especie de parques de atracciones del alcohol fuera de los cascos urbanos obedece en parte a un puritanismo (o un electoralismo) tal vez algo hipócrita, o, en todo caso, desnaturalizador. Buena parte de las cosas más importantes que nos pasan en la vida tienen lugar en bares, restaurantes y salas de fiestas. No podemos sacarlos del centro de nuestras ciudades. En ellos conocemos a menudo a la persona que será nuestra pareja, en ellos pasamos la mayor parte del tiempo con nuestros amigos, y en ellos hablamos y discutimos sobre lo que de verdad nos importa, a veces protegidos con la barrera de la música de los altavoces. De los bares surgen partidos políticos, grupos musicales, vocaciones artísticas, revistas; en cierto modo, y aunque no tenga por qué ser así, lo cierto es que en ellos hemos aprendido a sentirnos libres. Son la principal fuente de información. Yo mismo conocí a mi novia en la barra de un bar. Hace tiempo que fue obligado a cerrar, por cierto, por orden municipal. Pero sigo con ella. Heraldo de Aragón, Huesca, 31.7.07 Heraldo de Aragón, Huesca, 7.8.2007 Heraldo de Aragón, edición de Huesca, 14.8.2007 Tradicionalmente, las vanguardias han tendido a suprimir los signos de puntuación en la escritura. Jorge Luis Borges, dándole la vuelta a esto, vino a decir que en realidad lo interesante sería escribir con más signos de los existentes, es decir, inventar otros nuevos. Podemos pensar que algo así vendrían a ser lo que hoy conocemos como “emoticones”, o “emoticonos”, según la Academia, esas combinaciones de signos de puntuación que simulan un rostro e indican el tono de la frase. A veces ni siquiera es necesaria la frase, un emoticón (emotion icon), o emoticono, habla por sí solo en las contestaciones de los mensajes de texto, por ejemplo. El emoticón está a medio camino del signo de puntuación (como puede serlo un interrogante) y del dibujo referencial (como puede serlo un ideograma de escritura oriental). Cada poco tiempo, en estos años de chat y mensajitos de texto por teléfono, hemos leído algún artículo alarmista sobre la degeneración del lenguaje de los jóvenes. Pero lo cierto es que son los emoticonos, y no el lenguaje abreviado, lo que quizá sea más característico y novedoso. O cosas como acabar una frase con un “jajaja”, dando a entender que el tono de lo escrito es humorístico. Lo cierto es que en la actualidad escribimos más que nunca y hemos sido capaces de hacer flexibles los niveles de escritura, hasta el punto de que se nos han hecho imprescindibles todos estos extras del habla escrita. Los puntos suspensivos son uno de los indicadores de tono admitidos en la gramática. Reconozco que, salvo cuando indican enumeración incompleta, es un signo que tiende a resultarme antipático (al margen de que acabe yo también utilizándolo…). A menudo, como lector, me enfadan los puntos suspensivos (y también el exceso de comillas), cuando son el resultado de la mojigatería, de la falta de valor, o de la maledicencia. Aunque, desde luego, no faltan casos en que son oportunos. También contamos con la exclamación y la interrogación. Y el paréntesis (un ejemplo de la literatura del paréntesis es la primera novela de Benjamín Anastas). Pero aquí viene a quedarse todo. El tono de duda o vacilación, o de burla, o de reconvención amable, o de enfado, o de certeza, o de sorpresa, o de dar ánimo, debemos transmitirlo en el lenguaje escrito formal mediante el uso estricto de palabras, sin la ayuda de otros posibles signos indicadores de la intención (y de la entonación). No sabemos si se extenderá en el futuro el uso de nuevos signos. En todo caso, entiendo que la educación debe orientarse a que todas las personas sean capaces de utilizar el lenguaje escrito en un nivel regulado y culto, sin caer, por otra parte, en el ejercicio inútil de satanizar los usos complementarios que este tiene, y que forman parte de la vida. No cabe duda de que el lenguaje regulado es, por otra parte, lo que nos hace libres. En cada familia hay también un lenguaje privado, palabras que no significan lo mismo dentro de casa que cuando salimos fuera. Curiosamente, estos lenguajes privados son a la vez muy universales. Quiero decir que, por ejemplo, cuando Valérie Mréjen describe en su libro “Mi abuelo” las expresiones propias de su familia, el lector tiende a comprenderlas de modo inmediato y a traducirlas al propio “léxico familiar”. Por cierto, Mréjen cuenta en su libro que, según sabe, su apellido viene del nombre de un pueblo español, “Morgan” o “Moregón”. No he encontrado pueblos con estos nombres. En todo caso, “moregón” es un aragonesismo que significa “callado” o “adusto”. Mi padre y yo, que somos más bien callados, hemos sido siempre los “moregones” de nuestra casa. La verdad es que en el lenguaje formal lo perdemos todo, pero también lo recobramos todo. Heraldo de Aragón, Huesca, 21.8.07 He disfrutado viendo la película “Ratatouille”, la aconsejo aquí a quienes no la hayan visto todavía. Es estupenda la secuencia en que la rata se da cuenta de que vive en París, porque hasta entonces su vida había transcurrido en el subsuelo o entre cubos de basura. Es un plano de una capacidad simbólica emocionante: el animal sube por cañerías y conductos hasta llegar a un tejado, desde el que tiene perspectiva de la ciudad, con el fondo de la torre Eiffel. Varios amigos míos han estado en París recientemente, y todos coinciden en haber subido a la torre Eiffel (y haber hecho cola para ello, incluso bajo la lluvia). Esta torre fue en buena medida el símbolo del siglo veinte (se levanta para celebrarlo) y lleva camino de serlo también del veintiuno. La torre, como es sabido, tiene en lo alto un pequeño laboratorio, porque en realidad toda esta estructura fue concebida como un instrumento de medición y experimentación. Y sirvió también como faro y como símbolo de la electricidad, en aquella famosa Exposición Universal. Es bonito que el símbolo del romanticismo por excelencia sea a la vez un lugar vinculado a la ciencia y al progreso, que nos besemos en lo alto de una antena. Distinguir las ciencias de las letras no deja de ser un malentendido con consecuencias lamentables. He hablado aquí ya del libro “Nosotros, los modernos”, de Finkielkraut, publicado el año pasado por Encuentro, y en el que trata extensamente de lo pernicioso que ha sido distinguir la razón científica, desde el Renacimiento, de las llamadas “humanidades”: los totalitarismos siempre se han presentado con una base científica, etcétera. A mis alumnos de Filosofía les advierto el primer día de clase que no están en una asignatura de letras, entendiendo por tales algo que pertenece a la subjetividad, algo meramente decorativo en la educación o prescindible. Los filósofos presocráticos no dejaban de ser unos científicos, como el propio Aristóteles, o Descartes, o Kant. Casi hasta Nietzsche no encontramos a un filósofo cuyo perfil sea puramente de letras. En realidad la literatura, la poesía, tampoco son algo de letras, porque hablan de cosas reales, son un acercamiento humano a un tipo de realidad que está ahí, la realidad humana. En cierto modo, se puede decir que disciplinas como la química, con sus símbolos y su retórica particular, son más de letras que, por ejemplo, un relato de ficción que pretenda reflejar el mundo cotidiano, con sus angustias, sus costumbres y sus esperanzas. No recuerdo haber hecho cola para subir a la torre Eiffel. La última vez que hice cola como turista fue en el Museo Vaticano. Era una cola tan impresionante que yo estaba dispuesto a renunciar, pero mi novia pensó que valía la pena tener algo de paciencia, y tenía razón. Me impresionaron particularmente dos salas: el pasillo de los bustos romanos, donde quedan cientos de retratos en piedra de ciudadanos de la época, y la sala de las esculturas de animales, conmovedora en el esfuerzo que aquellos hombres hicieron de retratar a sus animales de compañía. Resulta moderna y perturbadora esta sala de animales, vinculada a lo infantil y a lo doméstico, y también a lo ganadero y a lo cinegético, lo que nos comemos. El plato estrella de la película “Ratatouille” está hecho de círculos de vegetales; también aparecen muchos quesos y plantas aromáticas. Para ser cocina francesa, se ven pocas carnes. Esto contrasta con otra película de estas semanas, “Dos días en París”, en que un norteamericano ha de vencer su impresión por comerse un conejo. En todo caso, lo que está claro es que lo que conocemos por Francia es una fantasía que mantienen viva los americanos. Heraldo de Aragón, Huesca, 28.8.07 |