ismaelgrasa |
|
|
|
Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2007.
La ciudad de Esparta no suele aparecer en los itinerarios turísticos de Grecia. Dicen que queda hoy una pequeña población con un museo de escaso interés. No quedan frisos que ver, ni columnas; no hay un famoso teatro con vistas al horizonte, como los hay en tantas ciudades de la Hélade, hoy visitables. No hubo una escuela destacada de pensamiento, algo así como “la escuela espartana”, del mismo modo que se habla de la escuela de Mileto o de Elea. Lo que hizo famosa a la ciudad de Esparta, como es sabido, fue su régimen militar. Esparta, se dice, no tenía ejército, sino que era un ejército. Y, sin embargo, fue vencida militarmente antes que otras muchas polis vecinas. El pequeño ejército de Epaminondas la derrotó, según leemos en las enciclopedias. Esparta, con su ley de Licurgo, ha servido de inspiración para los regímenes totalitarios. Sus niños, hechos dormir a la intemperie, o el barranco donde eran arrojados los débiles o tullidos, dan una idea del modo de vida de la ciudad. Es famoso también el hecho de que la única disciplina artística en que los espartanos destacaron fue en el canto, pero no el canto individual, sino el canto de coros, lo que no deja de ser una disciplina también marcial. En fin, seguro que hay algún especialista que pondría reparos a todo esto, que posiblemente sea una simplificación. Pero el hecho es que participamos de una cultura que emana de Atenas, podemos seguir un hilo, un diálogo, que sale de las calles de aquella polis y continúa en las nuestras, en nuestras bibliotecas y bares y salas de cine. No podemos decir lo mismo de Esparta. Atenas gastaba buena parte de su presupuesto en construir obras públicas que no eran murallas, sino esculturas para sus frontones y capiteles; y gastaban dinero en mandar expediciones a África y a otras partes del mundo, estudiando las costumbres de los otros hombres (se dirá que lo hacían por intereses comerciales, pero la cuestión es que lo hacían, y quedan testimonios escritos). Se dirá que Atenas era un imperio económico que miraba por sus propios intereses, pero, ¿qué otra cosa tenemos? Siempre podemos sospechar de las grandes palabras y de las grandes intenciones, pero es mejor decirlas que callarlas. Pericles decía que los atenienses amaban la belleza y el saber, y que eso les hacía fuertes. Si creemos en las personas tenemos que creer en las grandes palabras: bondad, libertad, esperanza, amor, generosidad... Quizá por pudor, o por nuestra memoria herida, hemos sido entre nosotros parcos a la hora de pronunciar las grandes palabras. Y hay que decirlas periódicamente, en los brindis, en los aniversarios, en las ceremonias de fin de curso o de licenciatura, en las bodas, en los entierros, en las presentaciones de libros, en las inauguraciones... No sólo los que tienen cargos públicos, sino cualquiera de nosotros. En fin, todo esto viene a propósito de la película “300”, que me ha parecido bastante mala. Aparecen por ella unos atenienses que ponen un poco de sensatez, y que son ridiculizados por los espartanos. Esos pocos atenienses son como si nos asomásemos nosotros en la película. (Publicado en la edición de Huesca de "Heraldo de Aragón", 2.4.07) Carlos vivía en el quinto, y yo en el sexto. Íbamos los dos a San Viator y luego fuimos juntos al grupo de los Boy-scout de San Viator, con el padre Miguel, cuando tenía la sede en Barrio Nuevo. Carlos subía a mis cumpleaños y yo bajaba a los suyos. En su casa jugábamos partidas larguísimas al Risk, y también al Estratego, con Lanau y con Garcés y con Gómez y con los demás. He pasado muchas horas en casa de Carlos, con su madre Conchita, viéndola pintar. Me daba envidia que Carlos tuviese un retrato al óleo pintado por su madre. Hace falta ser valiente para pintar un retrato. Luego mi madre comenzó a pintar también, y a mí me gustaba que se pareciese a la de Carlos. Cuando ahora entro en el centro cultural que ocupa el palacio de Villahermosa me he venido acordando siempre de Carlos, y me he fijado en si todavía queda salitre en las paredes de piedra de la fachada. Con Carlos rascábamos ese polvillo amarillento y lo guardábamos en botes para fabricar luego pólvora. Una pólvora que nunca logramos hacer estallar. Carlos tenía una curiosidad muy grande por las cosas, y también cierta tendencia a hacerlas estallar. En su cuarto buscábamos las combinaciones más peligrosas a las que puede dar lugar un juego infantil de química, y también lo olores más intensos. Con Carlos se llegaba al límite. La última vez que vi a Carlos fue en el Centro cultural del Matadero, en la exposición de pegatinas políticas de Chorche Paniello. Hacía tiempo que no veía a Carlos y estuvimos hablando sobre la época de las pegatinas, cuando las campañas electorales se centraban en esos adhesivos con siglas y colores vivos. Carlos llevaba ya años enfermo, pero seguía siendo el mismo Carlos con el que yo iba a ver las exposiciones de la Galería S’Art, volviendo de los scouts. Con nadie he visto más exposiciones que con Carlos en esos años. Quizá no fuesen los mejores cuadros del mundo, pero aquella galería era la que nos quedaba más próxima de casa, y, de algún modo, para nosotros era el mundo. Creo recordar que Conchita tardó bastante tiempo en pintar el retrato de Carlos. Utilizaba una fotografía en la que yo dejaba de reconocer a Carlos, porque era de unos años antes. Quizá Conchita siguiese viendo a Carlos en esa foto, pero nosotros estábamos cambiando, y yo veía ahí a un niño. Recuerdo que hablábamos mucho rato sentados en las escaleras que iban de su piso al mío, recuerdo hablar sobre si nos salía pelo en los cojones, y sobre el portero Benjamín. A menudo por las mañanas llamaba a su timbre para ir al colegio juntos. A veces me abría su padre en calzoncillos, pensando que era uno de casa, y entonces se volvía para gritar: “¡Carlos, Ismael!” Yo pasaba más tiempo en casa de Carlos que Carlos en la mía. Recuerdo perfectamente las enciclopedias y los volúmenes de la librería que quedaba en frente de la puerta de su habitación. Consultamos aquellos libros para hacer trabajos del colegio, y a veces los mirábamos solo para pasar el rato. Recuerdo a Carlos como un hombre lector. Quizá nuestras lecturas fuesen desorientadas y algo absurdas, todas esas consultas arbitrarias a la enciclopedia de Viajes por la tierra, pero, como los cuadros de la galería S’Art, con aquella mujer tan atractiva que estaba al frente, era lo que teníamos. Los dos hermanos de Carlos estudiaban entonces fuera. Luego yo comencé a frecuentar otras amistades y acabé yéndome también. Mi familia, a lo largo de estos años, me ha seguido hablando de Carlos, de Carlos Casas, y de la enfermedad que le vino. Ahora que ha muerto quiero recordar su capacidad de mantener la ilusión y los ojos abiertos al mundo. (Publicado en la edición de Huesca de "Heraldo de Aragón", 9.4.07) “El libro de los escolares de Plasencia del Monte” es la primera publicación del Museo Pedagógico de Aragón. El museo está en la plaza de López Allué de Huesca, como es sabido. Es un museo que merece ser visitado. Me gusta detenerme en su colección de esferas terresetres y ante la lámina ilustradora de las razas del mundo. El visitante encuentra de pronto cosas que quizá tenía olvidadas, como las cabeza-hucha. Mi educación, en buena parte, ha tenido presente esa cabeza de joven negro, o de asiático, con la ranura para las monedas. Esto se combinaba con el hecho de hacer murales sobre la pobreza, composiciones sobre cartulinas que, más o menos, venían a ser siempre parecidas: a un lado, o en la parte alta, se pegaban fotografías de revistas con coches de lujo, botellas de champagne y panorámicas de calles del primer mundo; y, en la parte baja o en el lado derecho, se pegaban titulares sobre el hambre en el planeta y fotografías de africanos o indígenas americanos. Nuestra riqueza, se venía a decir, es la responsable de la pobreza de otros. Así íbamos creciendo con algo de culpa. Que yo recuerde, el profesor que utilizó con los de mi clase técnicas más experimentales fue José Antonio. Hubo un curso en que se suprimió la propiedad privada en el aula: los libros de texto, los lapiceros y el material de trabajo se guardaban en un mueble, al fondo de la clase. Cuando cambiábamos de asignatura, los alumnos nos amontonábamos frente a ese mueble para hacernos con uno de los libros, a poder ser que estuviese en mejor estado que el resto. De hecho, no sé si esta medida colectivista llegó a durar todo el curso, o fueron solo unas semanas. Mi recuerdo vago es de barullo y libros pintarrajeados, aunque quizá aprendiésemos algo de aquello. No sé si José Antonio, viatoriano, que después se fue a otro país y, años después, nos vendría a visitar un día, era seguidor del método Freinet, pero tenía cosas que podían hacer pensar que sí. Los alumnos debíamos organizarnos en grupos, de modo que la disposición de las mesas, durante un curso, no era la de estar orientadas hacia la pizarra del profesor, sino que formaban pequeños círculos. Cada alumno debía llevar a cabo una serie de trabajos a lo largo de la semana. No teníamos una imprenta propia, pero componíamos pequeños cuadernillos. No sé si con ese método los alumnos nos dedicábamos a perder el tiempo durante buena parte de las clases, es posible que sí. Recuerdo, con todo, que a José Antonio le gustaba pintar, y que después de ver unas acuarelas mías me alentó y me ilusionó para que hiciese más. “El libro de los escolares de Plasencia del Monte” recoge en facsímile el libro que compusieron los escolares de esa localidad justo antes de la Guerra Civil, dirigidos por el maestro Simeón Omella. Siguiendo el método Freinet, se sirvieron de una imprenta manual. En las páginas, entre ilustraciones bonitas, se recogen historias que los escolares recopilaban en sus propias casas, cuentos populares, episodios chistosos o relatos de un pariente que estuvo en la guerra carlista. Los escolares se sirven del lenguaje que oyen en casa, y es ahí donde, en algunos de los fragmentos, con la retórica de “amos” y de “pobres”, se entrevé el enfrentamiento bélico en el que el país iba a caer unos meses después, y que nos iba a mantener atrasados durante décadas. Freinet proponía una educación en la que nada fuese “impuesto” al niño. Chesterton, en cambio, decía que todos los educadores son dogmáticos por necesidad, porque en libertad el niño no se educa, y por tanto no llega a ser libre. En fin, hoy me acuerdo de José Antonio, y de don Pedro, que nos dieron clase en Villahermosa. ("Heraldo de Aragón", edición de Huesca, 14.4.07) "Muy fácilmente se entrega uno al temor completamente ridículo de que el hombre es, cuando es fiel a sí mismo, un ser completamente insoportable, y de que si todos los hombres demostraran ser tal como son en realidad, se produciría una horripilante catástrofe. Por 'hombre, al cual es' muchos individualistas de hoy conciben, de un modo extremadamente unilateral, tan sólo el elemento eternamente descontento, anárquico e insaciable que existe en el hombre, olvidándose por completo de que es el mismo hombre quien ha llegado a crear también las formas actuales de la civilización, formas que poseen mayor solidez y consistencia que todas las subcorrientes anárquicas." C.G.Jung, Teoría del psicoanálisis No ha estado mal lo del programa “Tengo una pregunta para usted”, un clásico ya de las democracias, tener al presidente o al jefe de la oposición respondiendo a las preguntas de un grupo de ciudadanos. Lorenzo Milá dice haberse fijado en el modelo francés del programa, aunque también son conocidas, por ejemplo, las apariciones de Blair en la televisión británica enfrentándose a las objeciones de “gente de la calle”. Sin duda, ha sido un poco penoso, en el caso español, que hayan tenido tanta trascendencia las preguntas más demagógicas, lo del asunto del precio del café o, peor, lo del sueldo de Rajoy. Esto nos ha dejado un poco de sensación de fracaso, pero en términos generales ha estado bien ver a Zapatero y Rajoy de pie, durante dos horas, respondiendo a la gente. Quizá esto debería ser más común. Quizá deberían tener un blog en el que de vez en cuando respondiesen a las personas, volver a cierto concepto de inocencia, a lo elemental. Porque la democracia, por muy complicado que sea el sistema, por muchos asesores que participen y por muy intrincado que sea el “aparato”, en el fondo se sustenta en la inocencia, y es necesario escenificar de vez en cuando esa inocencia. Un cínico piensa siempre que lo que se muestra es una fachada, o que hay unas verdaderas razones ocultas. Que los políticos obedecen a intereses ajenos, que siempre hay una zona de sombra que es la que decide las cosas, una zona siempre impenetrable. Todo esto lo tenemos muy oído. Los ciudadanos queremos estar informados, desde luego: que salgan a la luz los escándalos, las influencias... Pero a la vez requerimos de cierta dosis de fe, de ilusión, de confianza, de abandono. De lo contrario, nadie iría a votar. Necesitamos pensar que el presidente no es la mera fachada de una estructura, de una condensación de intereses, de asuntos heredados, de una inercia burocrática... Necesitamos pensar que es un hombre, o una mujer. Y no es esto una cuestión rosa, porque no nos interesa su vida privada, sino humanística: las democracias son personas. He escrito antes la expresión “gente de la calle”. Lorenzo Milá, hablando de su programa de televisión, ha utilizado a menudo la expresión “gente normal”. Aunque parece preferir la de “ciudadanos”, porque es más respetuosa, más democrática. Porque, ¿quiénes son la gente normal? Incluso se podría decir que la expresión “gente normal” suena un poco totalitaria, un poco fascista. Milá se refería, claro, a gente que no es periodista ni es famosa. Pero, con todo, no deja de haber algo de falta de respeto al considerar a alguien “normal”, “gente corriente”, “gente de la calle”. Hay detrás un moralismo peligroso. Hoy buena parte de las personas considerarían a un gay, o alguien que no sea católico, gente normal, pero esto es algo relativamente reciente. ¿Qué porcentaje del público ha de ser inmigrante, o divorciada, para que sean gente normal? La sociología y la verdadera democracia no siempre casan bien. En el libro “39 (simples) cuentos filosóficos”, de Casati y Varzi, se recoge un episodio hipotético que viene al caso. Es el de una mujer que recibe una llamada de la oficina oficial de estadística. Le explican que se trata de una encuesta algo especial, porque solo hay un encuestado, que es ella. Le explican que, tras años de informes, han llegado a la conclusión de que ella es la ciudadana que obedece a los patrones de modo mejor, la ciudadana normal. De modo que ya no van a perder el tiempo haciendo miles de llamadas, sino que con ella les basta. La mujer se echa a llorar, protesta, dice que quiere sentirse original. “Eso es precisamente lo que quiere la mayoría”, le responden desde el otro lado del teléfono... (Publicado en la edición oscense de "Heraldo de Aragón", 24.4.07) |