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RADICALES

             El presidente Zapatero, tras tener conocimiento de los últimos crímenes terroristas contra guardiaciviles españoles, dijo que quería manifestar su “oposición radical” al terrorismo. Quizá aquí sobrara el adjetivo “radical”, porque puede dar a entender que otras veces, o según la gravedad del atentado, su oposición puede no ser así de radical. Desconcierta un poco, en todo caso. La radicalidad contra la violencia terrorista de un presidente de gobierno democrático va implícita en su cargo, y daña la legitimidad del propio cargo en la medida en que la explicita. Es como si alguien dijese que su oposición al terrorismo es “moderada”. O, dicho de otro modo, lo radical no es que uno se oponga al terrorismo, sino que lo radical es la propia democracia. El terrorismo, sea de raíz islamista o vasca, por nombrar a los que nos afectan, es precisamente la oposición a la radicalidad de la razón y de la ley, y al pensamiento de que todas las personas debemos aspirar a unos mismos derechos, como son los de libre circulación, libre expresión, o la libertad sexual. La izquierda, en cambio, ha ido dando un giro por el cual la expresión “radical”, de la que se adueña, pasa a significar lo contrario de lo que han sido los logros progresistas de la Ilustración, y de la tradición racional del pensamiento grecolatino, que es, sencillamente, el pensamiento.

            Cuando una persona dice que se opone “radicalmente” al terrorismo, de alguna manera está diciendo que “entiende” ese terrorismo, y que si ellos son radicales en su postura violenta, él también lo es en su defensa de la democracia. Pero sucede que son radicalismos distintos, no equiparables. Los terroristas no son unas ovejas descarriadas que, al fin y al cabo, forman parte de nuestro mismo rebaño. En España, movidos por un mal entendido romanticismo, hemos estado simpatizando con todos los movimientos que en América Latina han tomado las armas en nombre de lo que llaman “el pueblo”. Los verdaderos radicales de Latinoamérica, es decir, los que se han opuesto al populismo militar, al indigenismo totalitario, y a los visionarios de camiseta, a menudo se han sentido huérfanos en el ámbito de la lengua española. García Márquez, por ejemplo, es alguien sobre quien se practica una abierta veneración en España, por más que se alinee junto a dictadores como Castro, cosas que, al margen de su calidad como autor, pasamos por alto con una medio sonrisa; mientras que, entre la clase bienpensante, se ha instituido socialmente que si alguien quiere manifestar que le ha gustado algún libro de Vargas Llosa, ha de aclarar previamente: “aunque no estoy de acuerdo con sus artículos de opinión”. Yo no sé si estoy de acuerdo o no con los artículos de opinión de este autor, a veces sí y otras veces no, como con cualquier articulista, pero reconozco como significativo que este tipo de aclaraciones se dirijan al escritor sudamericano más famoso que propone como modelo de desarrollo el que está siguiendo el Chile actual, frente al de Chávez en Venezuela.

            En el ámbito de nuestro lenguaje, se entiende que lo “radical” es bueno mientras que lo “ultra” es malo. Se entiende que un activista violento de izquierdas, alguien que se opone al “sistema”, o que pertenece a los llamados movimientos antiglobalización, es alguien que, sencillamente, se “excede” en sus métodos: un radical. Mientras que el prefijo “ultra” se reserva a lo que se considera conservador, como un modo de descalificación o de desactivación apriorística de su pensamiento. Pero a lo que se parece un radical es a un ultra. Nuestro presidente del gobierno debería poner cuidado en que sus palabras no parezcan las de un ultra.

Heraldo de Aragón, Huesca, 4.12.07

05/12/2007 01:17 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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Autor: lector

Estará feliz el Heraldo.

Fecha: 06/12/2007 11:40.


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Autor: jesus g. caballero

menudo comentario estúpido y sectario donde los halla este de LECTOR. Precisamente ante actitudes como esta vienen a cuento artículos reflexivos como éste de Ismael.
Un apunte, no creo que García Marquez se identifique con el castrismo, no tiene un pelo de tonto. creo que es más un asunto de amistad personal con el personaje que afinidad ideológica. Respecto a este tema, recuerdo un comentario de Félix De Azúa: a raiz de la polémica de la supuesta afinidad entre Peter Handke y Milosevich, que llegó a asistir a su funeral, dijo que no le daba más repugnacia que la relación Gabo- CAstro (o algo parecido). Pues eso.
leí el libro de Savater que comentaste hace poco, me gustó. muy didáctico, y necesario para aclararnos las ideas. saludos

Fecha: 08/12/2007 14:25.


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