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BUDAS Y TRILEROS

         La historia del niño buda español es terrible: un niño que es apartado de sus padres, con el consentimiento inicial de ellos, y es adorado como la reencarnación de un lama que había muerto unos meses antes. Durante años hemos ido sabiendo de toda esta historia: de cómo los budistas tuvieron que elegir entre once niños, y de cómo los niños, aún sin edad de hablar, tenían que reconocer los objetos del lama muerto para dar a saber sobre quién de ellos se había reencarnado el lama, etcétera. Cada cierto tiempo se han ido publicando fotografías o reportajes sobre este niño, que hoy es un joven estudiante de cinematografía. Se puede pensar que la suerte de este niño-lama, Osel, no ha sido tan mala, puesto que actualmente es un joven que ha viajado por todo el mundo, sabe idiomas y estudia cinematografía por vocación propia. Al fin y al cabo, su padre era un obrero de la construcción. Pero, por otra parte, este joven de origen granadino también puede sentirse defraudado por Occidente y su país, porque en estos años hemos visto en su caso algo exótico y de algún modo simpático, algo fotogénico: todas esas túnicas naranjas bajo las calvas infantiles. Sabemos que su madre, después de haber colaborado en su internamiento budista, acudió en su ayuda y lo rescató durante varias semanas. Podemos imaginarla compartiendo el avión hacia el Tibet, o hacia el lugar de peregrinaje donde se encontrase su hijo, con otros occidentales de los que van a buscar los supuestos beneficios espirituales de esa religión. Allí sí que hay una película.

         Un contraste parecido es el que venía hace un par de fines de semana en el suplemento dominical que se reparte con este periódico: mientras los artistas Philip Glass y Leonard Cohen conversaban sobre sus experiencias con el budismo y sus temporadas en residencias zen, a vuelta de página, literalmente, se nos relataba la historia de Osel Hita. Pero esta vez no aparecían fotografías actuales de Osel. No quiso posar, lo que vemos son imágenes de su infancia budista. Y en ellas, y en el texto que las acompaña, van apareciendo balones de fútbol y otros símbolos de la vida occidental y desarrollada a los que esta criatura se agarraba. Si podemos hablar de clarividencia en este niño “escogido” es precisamente en esto. No en haber sabido reconocer la campanilla del lama muerto, al que se dice que reencarna, sino en no su precoz reconocer los pequeños símbolos de su libertad: las zapatillas deportivas en lugar de las sandalias, un balón de fútbol y el comer chicle.

         Se cuenta que la madre, durante aquellos días en que consiguió apartarlo del templo, le daba de comer gazpacho y le vistió con unos vaqueros. Esta síntesis de Andalucía y de la libertad occidental es realmente estupenda: vaqueros y gazpacho. Igual que los lamas hacían corro en torno a este niño para reconocer en él viejas enseñanzas reencarnadas, los habitantes de las democracias occidentales deberíamos hacer corro también en torno a él para reconocer, con algo de culpa por nuestra parte, los símbolos de la libertad a la que esas manos infantiles y luego adolescentes se agarraban en su mundo medieval, sus pequeños logros: el comer chicle, los tebeos de Tintín, la televisión, el ir en bicicleta, las zapatillas deportivas, las marcas, los videojuegos, las rodilleras de patinador… Comer chicle, ciertamente, parece una medida excelente contra la religión. El chicle no alimenta, es pura moda y puro placer. El chicle es a al fanatismo lo que el ajo al vampirismo.

         Nos imaginamos a los monjes poniéndole delante campanillas para que reconociese la del lama, cuando lo que estaba bucando era el chicle. Como trileros con cubiletes.

Heraldo de Aragón, Huesca, 6.11.07

07/11/2007 23:59 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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