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Este sábado tuvimos una celebración de aniversario los alumnos que hace veinticinco años terminamos la EGB en el colegio de San Viator de Huesca. Algunos continuamos estudiando el bachillerato en el colegio; a los de letras nos pasaron en los dos últimos cursos a las aulas de los salesianos, lo cual significó para nosotros el comienzo de la ecuación mixta, me refiero a ir a la clase con chicas. El ruido de murmullo de la clase, ya con alumnas, o el de la risa, cuando nos reíamos a la vez, adquirió una tonalidad distinta desde entonces. Mi padre también estudió en San Viator, fue de la tercera promoción. Mientras buscaba en mi armario una chaqueta que ponerme para ir al acto hablé con él por teléfono. Luego resultó que, de mi clase, fui el único que se presentó con americana, el resto acudió con jerséis o cazadoras. No sé si hubo alguna clase de acuerdo entre ellos, o yo vivo un particular delirio de ceremoniosidad. También es verdad que Huesca es mucho de cazadora y de jersey sobre los hombros. Es conocido el chiste: ¿cómo se reconocen dos de Huesca en una playa nudista? En que llevan sobre los hombros un jersey, por si refresca. Entonces, digo, mi padre me dijo que él, como veterano, estaba también invitado al aniversario y a la comida que teníamos después. Aquello me hizo mucha ilusión. En el salón de actos del colegio coincidimos los alumnos más veteranos con los que celebraban su quincuagésimo aniversario, como mi querido vecino José Luis Añaños, y los que acudíamos por nuestro vigésimo quinto aniversario. A la mayor parte de mis compañeros yo no los veía desde que estudié el bachillerato, tenía miedo de no reconocerlos o de haber olvidado algunos nombres. Me sucede con frecuencia. De modo que, mientras llegaban, busqué en el colegio la orla de mis compañeros de promoción. En uno de los pasillos de aulas di con la orla del curso anterior al mío, y también la del posterior, con algunos alumnos repetidores que conocía de haberme sentado con ellos. Quizá por el nerviosismo del encuentro que iba a tener lugar, empecé a dudar de cuál era realmente mi año de promoción, hasta que, con alivio, descubrí que habían descolgado la orla de mi curso para ponerla ese día en la capilla. Y ahí, frente a la puerta, saludé a Carlos Gil y a David Gómez, a Jorge de Luis, a Alberto Garcés, a Miguel Bueno y a Ricardo Garcés; y a Fantova, y a Carlos Valero; y a Enrique Lanau, y a Guillermo Maestre y a Poblador, y a Luis Rufas, que es quien se ocupó de localizarnos y enviar los correos electrónicos. Iba a venir Carlos Lera pero al final no apareció. Hablamos en la mesa de otras personas que hubieran querido estar pero no pudieron, como Lozano, que está en Chile, o Jesús Gota, que trabaja en Cádiz. La celebración se hizo coincidir con un homenaje al profesor Juan Martín, uno de las personas que más y mejores clases de ciencias han dado en nuestra ciudad. El director Rafael Gállego leyó unos testimonios de antiguos alumnos que resultaron emotivos y bellos. También pude saludar a mis profesores Ramón Acín y Javier Zorrilla. Lo voy a decir: yo iba dispuesto a emocionarme y me emocioné. Creo que, llegados aquí, nos hemos ganado el derecho de emocionarnos con los discursos, las ceremonias, las fotografías y los testimonios afectuosos leídos delante de un micrófono. Es verdad que todo en nuestra vida podría haber sido mejor; pero la grandeza está en ser lo que somos del mejor modo posible, y es importante aprender a estar orgullosos. Y a valorar las cosas que tienen continuidad en el tiempo, cuando colaboran a hacernos civilizados. En fin, doy las gracias a mis profesores por el tiempo, el afecto y la paciencia que me dedicaron. Heraldo de Aragón, Huesca, 23.10.07 |