El escritor Ignacio Martínez de Pisón dio una charla una vez en el edificio de la Escuela de Magisterio de Huesca, a propósito de unas jornadas sobre la Guerra Civil en esta ciudad. Recuerdo que estaba el salón lleno y habló de lo que luego sería su libro “Enterrar a los muertos”. Hace unas semanas Martínez de Pisón presentó su último libro, “Las palabras justas”, una recopilación de reportajes que comienza precisamente hablando de la Escuela de Magisterio de Huesca, La Normal, aunque todavía no se refiere al edificio que hace esquina en la Calle del Parque, con entrada por Valentín Carderera. Habla de cuando La Normal ocupaba el convento de Santa Rosa, y luego el número nueve de la calle Padre Huesca. El primero de los artículos que recopila Martínez de Pisón en este libro recoge la historia de una profesora y su alumna: la pedagoga María Sánchez Arbós y la estudiante Carmen Castro Cardús. De Sánchez Arbós ha escrito Víctor Juan. Carmen Castro era hermana de Julio Alejandro, guionista de Buñuel. El caso es que la alumna acabó siendo la carcelera de la profesora al acabar la guerra: Sánchez Arbós, ligada a la Institución Libre de Enseñanza, fue detenida; Carmen Castro dirigía entonces la prisión de las Ventas en Madrid. En la presentación de este libro Félix Romeo comparó a Martínez de Pisón con Sender, en el sentido de que ambos buscan un sentido de la justicia apartado de las grandes corrientes y los sectarismos. Hay un deseo reparador que se fija más en las personas que en los bandos. Está también la sombra de Orwell y su lección de que el enemigo no es la izquierda o la derecha, sino el totalitarismo. Ese espíritu se encontraba en uno de mis libros preferidos de este autor, “Enterrar a los muertos”, y en la historia del traductor de John Dos Passos, José Robles, desaparecido entre los servicios soviéticos durante nuestra Guerra Civil. Había en ese libro una nostalgia de la felicidad, de lo que podría haber sido nuestra historia de haber sido capaces de asentar una República de carácter democrático y alejada de radicalismos (es una manera de hablar, una democracia estable es más “radical” que una revolución, y suele hacer llegar más lejos a una sociedad y a avances más osados que adonde llega esa; decir que una democracia asentada es un sistema “moderado” es un enviciamiento grave del lenguaje, pues es precisamente el ámbito en el que se han incubado la mayor parte de los logros de libertades y de progreso: mientras que los “radicales” siguen encarcelando a los homosexuales, los “moderados” tramitan sus matrimonios, por poner un ejemplo). Estos textos recopilados de Martínez de Pisón comparten también con “Enterrar a los muertos” el formato de relato-real, pues no hay nada de ficción en ellos. Se leen como verdaderos relatos pero no se apartan en ningún caso de la información precisa y del testimonio. El resultado es una prosa clara que tiene un pie en la crónica amigable y otro en lo forense. Se nos dan datos como en un juicio. El libro describe casos precisos de injusticias, a veces anecdóticas y a veces graves. Al final el lector se queda con algo de una amena erudición, algo de tristeza por nuestro pasado y una esperanza serena hacia el presente. Al fin y al cabo, nos apoyamos sobre ruinas, parece querer decirnos el autor.
Durante años he vivido en la calle de Valentín Carderera. Cada día, de camino al colegio, he pasado por la fachada de La Normal. En una esquina del edificio se reconocía, medio despintada en el ladrillo, una pintura de José Antonio, si no recuerdo mal. Cada curso estaba un poco más despintada, como una sombra que se desdibujase, presente y ajena a nuestras nuevas vidas. Heraldo de Aragón, Huesca, 16.10.07