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AZAFRÁN


       Viendo lo que pasa en Birmania, o Myanmar, uno puede pensar que hay algo de paradójico en combinar lo que se está llamando “revolución azafrán” con el verdadero anhelo democrático. Parecemos partir de la convención de que hay clero bueno, como es el caso de los budistas, vestidos de color azafrán, y cleros malos, como el islámico o el católico. Y esta generalización quizá no tenga mucho fundamento.

      Los monjes tibetanos, por ejemplo, están lejos de representar el movimiento democrático. Más bien encarnan un régimen teocrático que, sin bien parece rechazar la violencia en un primer plano, es fácil que la consienta, o dé lugar a ella. Siempre me han parecido algo inquietantes todas esas películas e historias de personas que van a encontrarse “a sí mismas” a Lasa o a otras cimas del budismo tibetano. Suelen ser personas que proceden de países democráticos, donde se publican periódicos y hay investigación científica. Y, de pronto, en medio de un régimen desquiciado de creencias en reencarnaciones, de niños utilizados, apartados de sus padres en nombre de una intuición divina; en medio de un régimen sexista y feudal, ajeno a la mayoría de las libertades y logros que hemos alcanzado en el mundo occidental y su entorno; en medio de un sistema educativo de castas, donde todo viene a ser una especie de catecismo inmenso, heredado y acrítico, estos ciudadanos forasteros, rubios y bien alimentados, que saben lo que es coger un avión, que han tenido novias y novios y han estudiado en campus de universidades, sienten una iluminación interior que les hace felices y bondadosos. Ya digo que hay algo en todo esto que siempre me ha resultado extraño.

      Christopher Hitchens recoge en su libro “God is not Great” un texto sobre el budismo en el que se refiere de un modo divertido a los actores norteamericanos que siguen este credo, y a los celos que pareció sentir Richard Gere hacia Steven Segal cuando fue investido como “tulku”. El otro día vimos a Gere en España levantándose de la mesa donde le entrevistaban y dirigiéndose hacia una periodista nerviosa para tranquilizarla con un abrazo reposado. La verdad es que por menos de eso a otras personas las denuncian por abuso o comportamiento indebido. Pero se supone que este actor está poseído por una bondad especial que le otorga un credo que, por las razones que sean, nos resulta simpático. Yo veía esta escena en la televisión de mi casa y me preguntaba si Gere hubiese hecho lo mismo en el caso de que el periodista fuese un hombre, o una mujer menos atractiva o con un aspecto menos indefenso.

      Posiblemente tengamos más razones para recelar del Dalai Lama que de Benedicto XVI, pero las acogidas que reciben uno y otro en nuestro país son de carácter opuesto. Ya se ha comentado a este respecto la devoción que sienten hacia el Lama las primeras líneas del pensamiento nacionalista, como Carod Rovira. La filosofía, como todo el mundo sabe, no nace en las montañas, sino en las ciudades portuarias. El nacionalismo esencialista, en cambio, tiende a poner los ojos en los líderes del pensamiento montañés como el Dalai Lama.

      Los simpatizantes con la causa tibetana, los que se han venido oponiendo a la presencia de las fuerzas armadas chinas, no siempre han tendido a ser defensores del Estado de derecho y la alfabetización en esa parte del mundo, sino más bien de su independencia política y de la preservación de un modo de ser, de una religión, de un lugar de peregrinaje. Seguimos pensando en clave de “reserva espiritual”. Lo que nos gusta del budismo, su renuncia a la violencia o al proselitismo, es algo que se presupone en democracia.

 Heraldo de Aragón, Huesca, 2.10.07

02/10/2007 23:12 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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Autor: Anónimo

http://danielgascon.blogia.com/2007/091101-christopher-hitchens-y-el-dalai-lama.php

Fecha: 10/10/2007 10:05.


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