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La pérdida de una lengua siempre es algo doloroso, qué duda cabe. Ha servido para que, durante generaciones de seres humanos, se expresen en un lugar del planeta sentimientos e ideas. Aunque por otra parte, damos por buena la expresión hecha “riqueza lingüística”, para referirnos a un territorio en el que conviven o sobreviven diferentes lenguas, cuando, si nos atenemos a los hechos, sería mejor conformarnos con una expresión del tipo “variedad lingüística”. En buena parte del mundo lo que llamamos “riqueza lingüística” tiene que ver con la miseria y la falta de pensamiento, cuando no con la pervivencia abierta del analfabetismo. La mayor “riqueza lingüística” se da en el área de los Andes, donde se hablan buena parte de las siete mil lenguas registradas en el mundo. Algo parecido sucede con las zonas más inaccesibles del continente africano. No trato aquí del derecho que cada uno tiene de hablar y de desenvolverse en la lengua que quiera, sino del hipócrita aliento que damos desde los países desarrollados al mantenimiento de esta “riqueza” de lenguas, a la vez que la vinculamos, queramos o no, a la riqueza zoológica, a la extinción de animales y a cuestiones de medio ambiente. Quiero decir que, conscientes o no, acabamos tratando a parte de la humanidad como si fuesen aves exóticas, algo conservable en una jaula y a lo que nos asomamos en los documentales televisivos del mediodía, en alguna película bienintencionada o, quizá incluso, en uno de nuestros viajes filantrópicos de verano. Quizá sea eso lo más ofensivo, que “riqueza lingüística” se parece demasiado a la expresión “riqueza biológica”, y similares. Lo que llamamos “solidaridad” es a menudo la jaula que nos inventamos para mantener abierto un zoo siniestro, una reserva sobre la que hacemos picnick y trabajos de doctorado. Evidentemente, no quiero decir que no haya que estudiar todas estas lenguas, ni hablo de derechos lingüísticos, sino sólo de cierta actitud que acompaña a expresiones como “riqueza lingüística” o “riqueza de cultos”, etcétera. La semana pasada han coincidido varias noticias sobre este asunto, con un tono acusatorio hacia nuestro proceso de globalización. Esta referencia a los Andes me ha hecho pensar en un libro que se acaba de distribuir en las librerías: “Los Rolling Stones en Perú”, de Sergio Galarza y Cucho Peñazola. Es un libro-reportaje que recomiendo aquí, y que va más allá de la mera crónica de la estancia de Mick Jagger y Keith Richards por los hoteles y aldeas de Perú. Galarza es un escritor que tiene energía y del que pronto se publicará una selección de sus estupendos relatos. Pero a lo que iba: el libro habla de la cultura pop-rock como tren de liberación para buena parte del mundo, y en particular para Perú y Latinoamérica. Jagger volvió después para participar en el rodaje de “Fitzcarraldo”, que también tiene que ver con la búsqueda de lo exótico, de la aventura, de lo salvaje y, como los propios Stones decían, de “la magia”. Parece que el mundo desarrollado quiere sus reservas de magia, y de campos de cocaína, a la vez que los países aspirantes al desarrollo anhelan el mundo del rock y encuentran en sus estrellas a unos nuevos jesucristos que les han de traer la verdad y la vida. Heraldo de Aragón, Huesca, 25.9.07
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