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DOMINGOS

         Recuerdo la panadería que había debajo de mi casa, en Martínez de Velasco de Huesca. A uno le mandaban a por pan y, con la moneda en la mano, uno debía responder a la pregunta de la panadera: “Con sal o sin sal”. Prácticamente eso era todo, esos cajones grandes donde se encajaban las barras de un pan quizá honesto pero mejorable. También recuerdo que lo único que estaba abierto el domingo, en la acera de enfrente de la avenida, era la pastelería. Mi plan dominical era: por la mañana, misa en la parroquia de la Encarnación y por la tarde sesión de cine de reestreno en los Salesianos. Pienso en esto porque a menudo vivimos ahora en barrios donde los domingos son diferentes, sobre todo comercialmente, y donde es posible no solo comprar decenas de clases de pan –ya sólo en las kebaberías te dan a elegir–, sino casi cualquier cosa que uno pueda necesitar: hay tiendas marroquíes, y pastelerías con todo el esplendor de dulces propio de los días de Ramadán como estos, y comercios atendidos por familias chinas, y tiendas de colombianos y de peruanos, que tampoco cierran, etcétera. Es un fenómeno que encontramos en cualquiera de nuestras ciudades. Los comerciantes tradicionales ven a menudo amenazados sus negocios con toda esta actividad, pero lo cierto es que el horario comercial tradicional ha quedado obsoleto: ¿quién puede ir a comprar, en un día laboral, de nueve a una y media, y de cinco a siete y media? La respuesta a esto, naturalmente, han sido los centros comerciales. Pero también, a nivel de barrio, todos estos colmados y pequeños comercios donde encontrar productos exóticos, y que son toda una invitación a cocinar tipos distintos de comida: hacer platos al wok, manejar el curri, la soja, el aceite se sésamo, los cuscús, los basmatis, los falafeles, las salsas de tajina, los humus, los sitakes y todas las setas desecadas de los comercios asiáticos, los chiles y las salsas picantes de habichuelas, los fideos y pastas de arroz...

         Una cosa que llama la atención al que viaja a París es que los restaurantes chinos suelen indicar en sus letreros el tipo de comida que dan, si es cantonesa, pequinesa, etcétera, mientras que en España nos hemos conformado habitualmente con nombres vagos de evocación oriental, del tipo “Gran muralla”, y así. Es cierto que lo de los letreros, salvo excepciones (los especializados en pato pequinés, por ejemplo), no han cambiado, pero la variedad de productos que ofrecen sí, y mucho.

         Mi amigo Enrique hace su propio pan en casa. Mi amiga Carmen se ha comprado una de esas máquinas de hacer pan que ahora se empiezan a ver, y a las que son tan aficionados los británicos. El otro día compré en un Ikea harina de pan de arándanos rojos. En fin, cosas dominicales.

         En el discurso que dirigió Pericles a los atenienses (se me acaba de ocurrir que me vale para las clases de Educación para la Ciudadanía, ya que me ha tocado darla), esas páginas memorables, se dice que les distingue su amor al saber y a la belleza, dos cosas que no casualmente van unidas; y se enorgullece Pericles de que en su ciudad se puedan probar alimentos llegados de diferentes partes del mundo.

         Domingos de cocinar en casa platos inhabituales y televisiones encendidas, entre las carreras de Fórmula 1 y las elecciones de Grecia. Toda la demagogia a que dieron lugar los incendios de este verano en ese país nos han resultado a los españoles tristemente familiares: la estrategia de tratar de debilitar al gobierno manejando catástrofes, en lugar de aportar con convicción un ideario propio. Ha sido un domingo de elecciones sin incidentes, lo que ya es algo celebrable. No hay más -que nos interese- que este día a día, estos domingos.

Heraldo de Aragón, Huesca, 18-9-07

19/09/2007 01:36 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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