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Tradicionalmente, las vanguardias han tendido a suprimir los signos de puntuación en la escritura. Jorge Luis Borges, dándole la vuelta a esto, vino a decir que en realidad lo interesante sería escribir con más signos de los existentes, es decir, inventar otros nuevos. Podemos pensar que algo así vendrían a ser lo que hoy conocemos como “emoticones”, o “emoticonos”, según la Academia, esas combinaciones de signos de puntuación que simulan un rostro e indican el tono de la frase. A veces ni siquiera es necesaria la frase, un emoticón (emotion icon), o emoticono, habla por sí solo en las contestaciones de los mensajes de texto, por ejemplo. El emoticón está a medio camino del signo de puntuación (como puede serlo un interrogante) y del dibujo referencial (como puede serlo un ideograma de escritura oriental). Cada poco tiempo, en estos años de chat y mensajitos de texto por teléfono, hemos leído algún artículo alarmista sobre la degeneración del lenguaje de los jóvenes. Pero lo cierto es que son los emoticonos, y no el lenguaje abreviado, lo que quizá sea más característico y novedoso. O cosas como acabar una frase con un “jajaja”, dando a entender que el tono de lo escrito es humorístico. Lo cierto es que en la actualidad escribimos más que nunca y hemos sido capaces de hacer flexibles los niveles de escritura, hasta el punto de que se nos han hecho imprescindibles todos estos extras del habla escrita. Los puntos suspensivos son uno de los indicadores de tono admitidos en la gramática. Reconozco que, salvo cuando indican enumeración incompleta, es un signo que tiende a resultarme antipático (al margen de que acabe yo también utilizándolo…). A menudo, como lector, me enfadan los puntos suspensivos (y también el exceso de comillas), cuando son el resultado de la mojigatería, de la falta de valor, o de la maledicencia. Aunque, desde luego, no faltan casos en que son oportunos. También contamos con la exclamación y la interrogación. Y el paréntesis (un ejemplo de la literatura del paréntesis es la primera novela de Benjamín Anastas). Pero aquí viene a quedarse todo. El tono de duda o vacilación, o de burla, o de reconvención amable, o de enfado, o de certeza, o de sorpresa, o de dar ánimo, debemos transmitirlo en el lenguaje escrito formal mediante el uso estricto de palabras, sin la ayuda de otros posibles signos indicadores de la intención (y de la entonación). No sabemos si se extenderá en el futuro el uso de nuevos signos. En todo caso, entiendo que la educación debe orientarse a que todas las personas sean capaces de utilizar el lenguaje escrito en un nivel regulado y culto, sin caer, por otra parte, en el ejercicio inútil de satanizar los usos complementarios que este tiene, y que forman parte de la vida. No cabe duda de que el lenguaje regulado es, por otra parte, lo que nos hace libres. En cada familia hay también un lenguaje privado, palabras que no significan lo mismo dentro de casa que cuando salimos fuera. Curiosamente, estos lenguajes privados son a la vez muy universales. Quiero decir que, por ejemplo, cuando Valérie Mréjen describe en su libro “Mi abuelo” las expresiones propias de su familia, el lector tiende a comprenderlas de modo inmediato y a traducirlas al propio “léxico familiar”. Por cierto, Mréjen cuenta en su libro que, según sabe, su apellido viene del nombre de un pueblo español, “Morgan” o “Moregón”. No he encontrado pueblos con estos nombres. En todo caso, “moregón” es un aragonesismo que significa “callado” o “adusto”. Mi padre y yo, que somos más bien callados, hemos sido siempre los “moregones” de nuestra casa. La verdad es que en el lenguaje formal lo perdemos todo, pero también lo recobramos todo. Heraldo de Aragón, Huesca, 21.8.07
Fecha: 25/08/2007 20:27.
Fecha: 27/08/2007 19:58.
Fecha: 28/08/2007 10:12. |