Siempre se habla de Orwell como el hombre que en el frente de Aragón y Cataluña fue capaz de ver que la raíz del totalitarismo no solo estaba en las líneas enemigas, sino en las suyas propias. Se habla con menos frecuencia, sin embargo, de un caso que tiene no pocos paralelismos con esta figura, y que es Simone Weil. La editorial Trotta acaba de publicar “Simone Weil. Escritos históricos y políticos”, que recoge, entre otros muchos textos, las notas que Weil tomó en un cuaderno durante su participación en la Guerra Civil. Son sólo unas páginas, con unos episodios apenas esbozados. Habla de Pina de Ebro y de Siétamo, donde sufrió una quemadura al intentar freír unos huevos que habían traído de Quinto. Esta herida la devolvió a Barcelona y supuso el final de su participación bélica. Este episodio aparece relatado en el libro de Antoine Giménez. El “Diario de España” ocupa, digo, sólo unas páginas del total de las quinientas que tiene este volumen. Al “Diario” le sigue la carta que Weil escribió al escritor Georges Bernanos, que también había participado en la guerra, aunque en el lado de los fascistas. Bernanos acababa de publicar “Los grandes cementerios bajo la luna”, y Weil, con una aparente ingenuidad en la que está parte de su encanto, y de su gran sentido común, le viene a decir que ella está más próxima de él que de quienes se sienten cómodos entre la crueldad de la guerra, una actitud de la que ambos, cada uno en su lado, habían sido testigos.
Esta recopilación de textos de Simone Weil nos muestra a una autora que a menudo se contradice y que escribe con pasión. Pero sus contradicciones, en cierto modo, la hacen más grande. Leyendo todos estos artículos que fue publicando nos encontramos con la crónica en directo, fecha a fecha, de una decepción, pero a la vez de alguien que en ningún momento se convierte en un desencantado. Weil va adaptando su entusiasmo y mostrando sus dudas y equivocándose abiertamente. Otros filósofos y filósofas contemporáneos suyos parece quizá que se equivocaron menos que Weil porque utilizaban un lenguaje oscuro, de falsa complejidad filosófica. La prosa de Weil es en estos artículos llana y limpia, la autora se expone a pecho descubierto.
Parece inclinarse por una revolución, defiende el anarquismo libertario, pero enseguida toma distancia con los resultados que encuentra en sus aplicaciones, particularmente con lo que sucedía en la URSS: el libro recoge varios textos en que, en 1933, Weil viene a decir que el país soviético está lejos de ser la patria de los obreros, sino que es una potencia entre otras potencias, con la característica de contar con una burocracia y un aparato represor sobredesarrollado. El libro puede leerse como un tratado contra la utopía, de alguien que se encuentra entre las filas de los utopistas, rodeada de ellos. De ahí que el libro resulte tan apasionado y por momentos conmovedor.
El asunto de la guerra y de la violencia aparece recurrentemente. Weil va a las fuentes y hace un pequeño ensayo sobre “La Ilíada”. Weil tarda en él en llegar a las conclusiones, como sucede en otros muchos de sus textos (a veces Weil requiere de muchas páginas para llegar a sus párrafos esenciales, esto es cierto), pero cuando llegan suelen ser brillantes. Weil dice que nadie diría que “La Ilíada” fue escrita por un griego, puesto que se trata con tanto respeto y consideración a los griegos como a los troyanos. Y dice que resulta helénico el Cristo que se angustia y sufre ante su destino en el monte de los Olivos, mientras que no lo serán esos primeros mártires que van jubilosos hacia la muerte. En esto también muestra su humanismo.
Heraldo de Aragón, Huesca, 7.8.2007