ismaelgrasa |
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El documental que ha hecho Jon Sistiaga sobre Corea del Norte es ya un clásico. Se pudo ver este domingo en el Canal 4. Hasta ahora, un buen documento para hacerse una idea de cómo funciona aquel régimen totalitario era el cómic “Pyongyang” de Guy Delisle. Pero se puede decir que lo de Sistiaga va más lejos aún: esos rostros de civiles que, cuando son preguntados por el extranjero, buscan con miedo, antes de hablar, la mirada del intérprete, del superior, del comisario político. O esas multitudes que son obligadas a dejar sus casas y trasladarse sin justificación aparente, amenazados por supuestos enemigos capitalistas. La verdad es que, si lo pensamos, la mejor televisión que se ha hecho en España coincide con estos años en que se ha extendido el concepto de “televisión basura”. Esa misma noche del domingo vi otro documental, esta vez en Internet. Lleva meses levantando polémica por todo el mundo. Se trata de “The Great Global Warming Swindle” (“La gran estafa del calentamiento global”; en Internet se puede ver con subtítulos en castellano). Se emitió por primera vez en el Channel 4 de la televisión inglesa. En este documental se ponen en duda buena parte de las tesis hoy extendidas sobre el calentamiento global y el efecto invernadero del CO2 producido por el hombre. Es la respuesta al documental de Al Gore, “Una verdad incómoda”, y es desde luego interesante. No soy un experto en cuestiones de la estratosfera y climatología (en realidad como la mayoría de las personas que hablan con convicción sobre el calentamiento global), y acepto el hecho de que podamos encontrarnos ante un problema grave, tal vez catastrófico. Aunque haya motivos para dudar de que vayamos hacia la catástrofe, y de que la responsabilidad sea la contaminación producida por el hombre, hay que aceptar, desde luego, la posibilidad de que todas estas tesis apocalípticas y culpabilizadoras sean ciertas. Pero lo que no tengo por qué aceptar es que digan que los logros de nuestra civilización son intrínsecamente malos o perversos. Entendería que el verano que viene se prohibiese el uso de los aparatos de aire acondicionado, pero no que me digan que el aire acondicionado es malo, porque es algo estupendo. Lo mismos con los coches, por ejemplo. Si hay que prescindir de los vehículos particulares, lo haremos, pero será con nostalgia de ese invento bello y maravilloso que es la máquina automóvil. Si las autoridades tienen que prohibir el uso de los ascensores, subiremos las escaleras andando, pero que no nos sermoneen con que los ascensores y los rascacielos son resultado de nuestra condición dañina. Como en el poema de Dylan Thomas, “No entres dócilmente en esa buena noche./ Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”, es posible que tengamos que renunciar a muchos placeres de nuestros días, como es el poder ducharse diariamente con agua caliente, o que, llegada la noche, sigan las ciudades iluminadas y activas, pero lo que no deben esperar de nosotros es docilidad, que renunciemos a la razón y a la vida buena, a los buenos sentimientos, que van ligados al afán de saber, al arte, al placer y a la tecnología. Generacionalmente me tocó crecer con la idea de que el fin del mundo llegaría, en un plazo de tiempo corto, desde luego, por el desarrollo de la energía nuclear. Hoy, sin embargo, la energía nuclear se presenta como una solución a la catástrofe del calentamiento de la Tierra. Muchos ciudadanos podemos sentirnos desorientados con todo esto, pero sabemos reconocer en muchas de las reivindicaciones ecologistas el viejo puritanismo reaccionario, los signos de los que, sencillamente, detestan lo que representan las ciudades. Heraldo de Aragón, Huesca, 10.7.07
Fecha: 23/07/2007 19:39.
Fecha: 02/08/2007 10:28.
Fecha: 09/08/2007 11:35. |