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MALOS

            El asunto del mal está ahí. Desde el comienzo de la filosofía se ha tratado de tapar, de negar, de eliminar: el intelectualismo de Sócrates y Platón, para quienes el que obra mal lo hace por ignorancia, por ceguera. El que obra mal necesita ayuda, asistencia... O, dicho de otro modo, toda “mala acción” tiene su explicación, requiere ser comprendida, asimilada. El mal es el resultado de la injusticia, y es tan culpable el que juzga una mala acción como el que la comete, etcétera.     

         De las cosas que más me han gustado del último libro traducido de André Glucksmann, “Una rabieta infantil”, son precisamente las páginas que dedica a hablar del mal. Gluksmann ha sido actualidad por su apoyo a la campaña de Sarkozy. Glucksmann reflexiona ante esos jóvenes franceses a los que ve manifestarse por la calle gritando, a pulmón lleno, su derecho a jubilarse a los sesenta años. Al autor, que procede de una familia de inmigrantes judíos, sobrevivientes por azar, la cosa no deja de parecerle decadente y triste.  

              Pero cuando habla del mal es a propósito de un joven islamista que fue abatido por la policía, Jaled Kelkal. Había intentado hacer descarrilar un tren que iba de París a Lyón. Glucksmann cae en la cuenta de que tanto él como el islamista habían crecido en el mismo barrio periférico y habían ido a la misma escuela. Los dos eran hijos de inmigrantes. Glucksmann se pregunta por qué entonces él no es un terrorista. Por qué, de hecho, no son terroristas la mayor parte de las personas que crecen bajo condiciones de miseria y humillación. Glucksmann se detiene en la observación de todos los esfuerzos que se hicieron, por parte de sectores editorialistas y humanistas, de “comprender” a Jaled Kelkal: el hecho de que fuese suspendido en su examen de bachillerato “técnico”, y así.

                Yo no sé si todavía, en algún cajón de la casa de mis padres, se guardan los test de inteligencia que de vez en cuando nos hacían en el colegio. Si no recuerdo mal, pasé por un par de ellos en San Viator, y otro más en Salesianos, donde se cursaba el bachillerato de letras. Se nos daba un lapicero afilado y se nos indicaba cómo había que llenar las casillas del modo adecuado, para que la máquina correctora leyese bien nuestras capacidades. Era común que en el colegio estudiásemos varios hermanos de cada familia, como era mi caso. Llegaban a casa las pruebas de uno de los hijos, y luego iban llegando las de los demás. Como en los diagramas que muestran las variaciones del consumo energético en las facturas, era fácil poner, al contraluz, unos test de inteligencia sobre los otros. 

               Si no recuerdo mal, el que hacía los test era un sacerdote vestido de paisano; o, en todo caso, esas pruebas se hacían bajo su supervisión. Aquellos test obedecían en parte al viejo programa platónico: comprender la limitación, la carencia, quizá la inmoralidad. Los test avisaban de lo que podía venir. Para que no hubiese sospecha de que aquello no era científico, eran corregidos de modo automático. Durante los ejercicios espirituales del colegio se decidió también acabar con la confesión individual de los pecados, lo haríamos en una sesión colectiva. Hubo algunos padres practicantes que protestaron luego ante esto. Hubo una polémica: la confesión colectiva sólo debía ser practicada cuando no hubiese otro remedio, en caso de guerra extrema o de catástrofe mayor. De algún modo, el grupo de alumnos del que yo formaba parte estábamos escenificando, con aquella confesión colectiva, un cuadro propio de la Tercera Guerra Mundial. Lo que se escenificaba allí es que nosotros no éramos culpables (confesantes), sino víctimas. El mal era un invento de la derecha.

Heraldo de Aragón, Huesca, 5.6.2007

 

05/06/2007 22:27 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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