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La publicación del “Arab Human Development Report” ha dado lugar a diferentes comentarios y reflexiones. Este informe fue encargado por Naciones Unidas y fue llevado a cabo por un equipo de especialistas árabes, con el sociólogo egipcio Nader Fergany a la cabeza. En el informe se van detallando los índices de atraso en materia de investigación, divulgación y patentes en los países árabes: datos como el hecho de que la mitad de los licenciados en medicina abandonen esta zona del mundo, o un tercio del resto de los investigadores, partiendo de la base de que la inversión de estos estados en investigación y desarrollo apenas llega al 0,2% de su producto nacional bruto. Pero quizá lo que más impresiona sean las cifras referidas a la edición de libros y a las traducciones, y al retraso de varios siglos de la llegada de la imprenta. Un retraso de trescientos años que, y esta es la cuestión, no se debe a que se encontrasen en una situación de absoluta incivilidad, como es sabido, sino a un rechazo consciente y sistemático al invento de Gutenberg. Fernando Peregrín Gutiérrez ha comentado este informe en un artículo para la revista “Letras libres”, en el número de este mes. Señala la paradoja de que se conozca como la Civilización del Libro a los musulmanes (entendiendo que el “Libro” es el Corán, claro), cuando es la civilización que, desde finales de la Edad Media, más abiertamente ha declarado la guerra a los libros y sus autores. Otro de los comentadores del informe de Naciones Unidas ha sido el ensayista Enzensberger, en su librito “El perdedor radical”, que acaba de publicar Anagrama. Enzensberger cita la tesis impuesta por jurisconsultos musulmanes, ya desde el siglo quince, según la cual no podía haber ningún otro libro junto al Corán. ¡El Corán no admitía compañeros de balda! En apenas unas generaciones, toda una parte del mundo que había sido la puerta de una gama amplia de conocimientos, que era una vía de llegada a Europa de los autores griegos (Tomás de Aquino leía a Aristóteles a partir de manuscritos árabes), se abocaba al fanatismo y a la estulticia. Enzensberger aplica la tesis de lo que él llama “el perdedor radical”, que es la voluntad suicida del que se considera agraviado y derrotado: como es el caso, dice, de esos padres de familia que matan y se suicidan luego, o los adolescentes que hacen matanzas en los institutos, o los nazis (tras el agravio del Tratado de Versalles), etcétera. En fin, lo cierto es que del libro de Enzensberger lo que me ha gustado es la parte en que se limita a traer y comentar datos del “Arab Human Develpment report”, y no el fatalismo de unas tesis que, ¡cómo no!, acaban culpando a Occidente. Mientras que en España, durante los primeros cinco años de la década de los ochenta, se tradujeron de otras lenguas del mundo 920 libros por millón de habitantes, en los estados árabes la media fue de 4,4. O dicho de otro modo: los países árabes necesitarían más de dos siglos para asimilar las traducciones que se hacen en un año en un país como el nuestro. En cambio, en libros religiosos estos países son una superpotencia, ya que producen el 17 por ciento del total mundial. Fernando Peregrín cuenta cómo los otomanos prohibieron la imprenta hacia 1485, y cómo se considera la primera imprenta del mundo musulmán la que empezó a funcionar en 1727, en Estambul. Quizá abusemos del término “civiliación”. A partir del siglo quince la única civilización de la que se puede hablar con propiedad es de la civilización Gutenberg. La que sirvió para imprimir también la “Biblia”, un libro cuya posesión sigue siendo delito penal en Arabia Saudí. Heraldo de Aragón, Huesca, 15.5.07 |