ismaelgrasa |
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La exposición que hay en Huesca dedicada a Vicencio Juan de Lastanosa me ha parecido emocionante. Este noble podría haberse dedicado a administrar su hacienda y a hacer donaciones a la Iglesia –que supongo que haría, por otra parte–; sin embargo, se hizo con una de las colecciones de objetos más singulares de nuestro periodo barroco, fue mecenas y favoreció que en su entorno diesen lo mejor de sí mismos una serie de creadores, con Baltasar Gracián a la cabeza. La exposición de Lastanosa es más de “el espíritu de Lastanosa” que de su legado, desaparecido o disperso en su mayor parte. Sabemos que su palacio ocupaba lo que hoy son los números cuarenta y cuarenta y uno del coso, frente a la iglesia de los Jesuitas (la farmacia que ha quedado a esa altura de la calle, con sus tarros y sus cajones clasificatorios, viene a ser una especie de evocación casual de las esencias que coleccionaba Lastanosa y de su exotismo); y que su jardín de laberintos se extendía por lo que hoy es el parque de la ciudad, a la altura, más o menos, donde quedan hoy las pajaritas de Ramón Acín, otro hombre entusiasta y coleccionista de objetos. Ambos desenlaces, violento el de Acín, desidioso el de Lastanosa, nos dejan un poco tristes. Por eso, aunque Vicencio Juan de Lastanosa estuviese lejos de ser un desconocido en Huesca, esta exposición es reconfortante. No hago aquí una crítica a los contenidos de la exposición, mi visita ha sido más bien sentimental. Hay, de todos modos, piezas que justifican un viaje hasta Huesca: el autorretrato con su padre de Jusepe Martínez (expuesto regularmente en el Museo provincial de Zaragoza), y que es un cuadro sorprendente; uno de esos centros de flores de Arellano, que me enseñó a apreciar el pintor Alfredo Cabañuz; la copia de Caravaggio que se ha traído de la National Gallery de Londres, los objetos de medición científica… Publicado en "Heraldo de Aragón", edición de Huesca, 1.5.07 |