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QUIEN NO HA VISTO LA CASA DE LASTANOSA...

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        La exposición que hay en Huesca dedicada a Vicencio Juan de Lastanosa me ha parecido emocionante. Este noble podría haberse dedicado a administrar su hacienda y a hacer donaciones a la Iglesia –que supongo que haría, por otra parte–; sin embargo, se hizo con una de las colecciones de objetos más singulares de nuestro periodo barroco, fue mecenas y favoreció que en su entorno diesen lo mejor de sí mismos una serie de creadores, con Baltasar Gracián a la cabeza. La exposición de Lastanosa es más de “el espíritu de Lastanosa” que de su legado, desaparecido o disperso en su mayor parte. Sabemos que su palacio ocupaba lo que hoy son los números cuarenta y cuarenta y uno del coso, frente a la iglesia de los Jesuitas (la farmacia que ha quedado a esa altura de la calle, con sus tarros y sus cajones clasificatorios, viene a ser una especie de evocación casual de las esencias que coleccionaba Lastanosa y de su exotismo); y que su jardín de laberintos se extendía por lo que hoy es el parque de la ciudad, a la altura, más o menos, donde quedan hoy las pajaritas de Ramón Acín, otro hombre entusiasta y coleccionista de objetos. Ambos desenlaces, violento el de Acín, desidioso el de Lastanosa, nos dejan un poco tristes. Por eso, aunque Vicencio Juan de Lastanosa estuviese lejos de ser un desconocido en Huesca, esta exposición es reconfortante. No hago aquí una crítica a los contenidos de la exposición, mi visita ha sido más bien sentimental. Hay, de todos modos, piezas que justifican un viaje hasta Huesca: el autorretrato con su padre de Jusepe Martínez (expuesto regularmente en el Museo provincial de Zaragoza), y que es un cuadro sorprendente; uno de esos centros de flores de Arellano, que me enseñó a apreciar el pintor Alfredo Cabañuz; la copia de Caravaggio que se ha traído de la National Gallery de Londres, los objetos de medición científica…
      Se puede decir que durante siglos, lo más parecido que en Huesca hubo a Internet fue el palacio de Lastanosa. Aquello era una ventana al mundo. La curiosidad por el mundo no es un mero rasgo de carácter, sino que se trata de algo moral y tiene que ver con la virtud. Nunca he pensado que los pueblos que no han salido de sí mismos, por más que se consideren “paraísos”, sean modélicos en ningún sentido. El buen ánimo con el que deja esta exposición quizá tenga que ver con que no da la sensación de que Lastanosa fuese un noble coleccionista, sino que se trataba de un humanista movido por la curiosidad. No son meras colecciones de monedas o estampas, sino que hay un microscopio y un telescopio: Lastanosa llegó en su día hasta donde llegaron las lentes más modernas de su época, tanto en lo pequeño como en lo estelar; llegó hasta donde llegaban los mapas impresos en Francia y Holanda que se hacía traer. Podemos decir que llegó hasta donde un hombre podía llegar. Eso es lo mejor que se puede decir de una persona o de un grupo de personas: llegaron hasta donde pudieron.
      Otra cosa que creo que es reseñable es que Lastanosa no se rodeaba de meros artistas, sino de artistas y de personas que escribían, es decir, de interlocutores. El mismo Jusepe Martínez es quizá más conocido por su tratado que por sus pinturas. Está en la exposición Ana Abarca de Bolea, y está Gracían y los cronistas y juristas de la época, como el indiano Montemayor. El propio Lastanosa es autor de varios tratados, traductor científico y prologuista.
      Lastanosa se retrató de rodillas y orante, a la vez que, como es sabido, llegó a prestar su nombre a Gracían para eludir la censura. En fin, acabo con el dicho: “Quien no ha visto la casa de Lastanosa, no ha visto cosa”.

 

Publicado en "Heraldo de Aragón", edición de Huesca, 1.5.07

02/05/2007 01:49 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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