ismaelgrasa |
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No ha estado mal lo del programa “Tengo una pregunta para usted”, un clásico ya de las democracias, tener al presidente o al jefe de la oposición respondiendo a las preguntas de un grupo de ciudadanos. Lorenzo Milá dice haberse fijado en el modelo francés del programa, aunque también son conocidas, por ejemplo, las apariciones de Blair en la televisión británica enfrentándose a las objeciones de “gente de la calle”. Sin duda, ha sido un poco penoso, en el caso español, que hayan tenido tanta trascendencia las preguntas más demagógicas, lo del asunto del precio del café o, peor, lo del sueldo de Rajoy. Esto nos ha dejado un poco de sensación de fracaso, pero en términos generales ha estado bien ver a Zapatero y Rajoy de pie, durante dos horas, respondiendo a la gente. Quizá esto debería ser más común. Quizá deberían tener un blog en el que de vez en cuando respondiesen a las personas, volver a cierto concepto de inocencia, a lo elemental. Porque la democracia, por muy complicado que sea el sistema, por muchos asesores que participen y por muy intrincado que sea el “aparato”, en el fondo se sustenta en la inocencia, y es necesario escenificar de vez en cuando esa inocencia. Un cínico piensa siempre que lo que se muestra es una fachada, o que hay unas verdaderas razones ocultas. Que los políticos obedecen a intereses ajenos, que siempre hay una zona de sombra que es la que decide las cosas, una zona siempre impenetrable. Todo esto lo tenemos muy oído. Los ciudadanos queremos estar informados, desde luego: que salgan a la luz los escándalos, las influencias... Pero a la vez requerimos de cierta dosis de fe, de ilusión, de confianza, de abandono. De lo contrario, nadie iría a votar. Necesitamos pensar que el presidente no es la mera fachada de una estructura, de una condensación de intereses, de asuntos heredados, de una inercia burocrática... Necesitamos pensar que es un hombre, o una mujer. Y no es esto una cuestión rosa, porque no nos interesa su vida privada, sino humanística: las democracias son personas. He escrito antes la expresión “gente de la calle”. Lorenzo Milá, hablando de su programa de televisión, ha utilizado a menudo la expresión “gente normal”. Aunque parece preferir la de “ciudadanos”, porque es más respetuosa, más democrática. Porque, ¿quiénes son la gente normal? Incluso se podría decir que la expresión “gente normal” suena un poco totalitaria, un poco fascista. Milá se refería, claro, a gente que no es periodista ni es famosa. Pero, con todo, no deja de haber algo de falta de respeto al considerar a alguien “normal”, “gente corriente”, “gente de la calle”. Hay detrás un moralismo peligroso. Hoy buena parte de las personas considerarían a un gay, o alguien que no sea católico, gente normal, pero esto es algo relativamente reciente. ¿Qué porcentaje del público ha de ser inmigrante, o divorciada, para que sean gente normal? La sociología y la verdadera democracia no siempre casan bien. En el libro “39 (simples) cuentos filosóficos”, de Casati y Varzi, se recoge un episodio hipotético que viene al caso. Es el de una mujer que recibe una llamada de la oficina oficial de estadística. Le explican que se trata de una encuesta algo especial, porque solo hay un encuestado, que es ella. Le explican que, tras años de informes, han llegado a la conclusión de que ella es la ciudadana que obedece a los patrones de modo mejor, la ciudadana normal. De modo que ya no van a perder el tiempo haciendo miles de llamadas, sino que con ella les basta. La mujer se echa a llorar, protesta, dice que quiere sentirse original. “Eso es precisamente lo que quiere la mayoría”, le responden desde el otro lado del teléfono... (Publicado en la edición oscense de "Heraldo de Aragón", 24.4.07)
Fecha: 29/04/2007 17:03.
Fecha: 30/04/2007 11:46. |