ismaelgrasa |
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Carlos vivía en el quinto, y yo en el sexto. Íbamos los dos a San Viator y luego fuimos juntos al grupo de los Boy-scout de San Viator, con el padre Miguel, cuando tenía la sede en Barrio Nuevo. Carlos subía a mis cumpleaños y yo bajaba a los suyos. En su casa jugábamos partidas larguísimas al Risk, y también al Estratego, con Lanau y con Garcés y con Gómez y con los demás. He pasado muchas horas en casa de Carlos, con su madre Conchita, viéndola pintar. Me daba envidia que Carlos tuviese un retrato al óleo pintado por su madre. Hace falta ser valiente para pintar un retrato. Luego mi madre comenzó a pintar también, y a mí me gustaba que se pareciese a la de Carlos. Cuando ahora entro en el centro cultural que ocupa el palacio de Villahermosa me he venido acordando siempre de Carlos, y me he fijado en si todavía queda salitre en las paredes de piedra de la fachada. Con Carlos rascábamos ese polvillo amarillento y lo guardábamos en botes para fabricar luego pólvora. Una pólvora que nunca logramos hacer estallar. Carlos tenía una curiosidad muy grande por las cosas, y también cierta tendencia a hacerlas estallar. En su cuarto buscábamos las combinaciones más peligrosas a las que puede dar lugar un juego infantil de química, y también lo olores más intensos. Con Carlos se llegaba al límite. La última vez que vi a Carlos fue en el Centro cultural del Matadero, en la exposición de pegatinas políticas de Chorche Paniello. Hacía tiempo que no veía a Carlos y estuvimos hablando sobre la época de las pegatinas, cuando las campañas electorales se centraban en esos adhesivos con siglas y colores vivos. Carlos llevaba ya años enfermo, pero seguía siendo el mismo Carlos con el que yo iba a ver las exposiciones de la Galería S’Art, volviendo de los scouts. Con nadie he visto más exposiciones que con Carlos en esos años. Quizá no fuesen los mejores cuadros del mundo, pero aquella galería era la que nos quedaba más próxima de casa, y, de algún modo, para nosotros era el mundo. Creo recordar que Conchita tardó bastante tiempo en pintar el retrato de Carlos. Utilizaba una fotografía en la que yo dejaba de reconocer a Carlos, porque era de unos años antes. Quizá Conchita siguiese viendo a Carlos en esa foto, pero nosotros estábamos cambiando, y yo veía ahí a un niño. Recuerdo que hablábamos mucho rato sentados en las escaleras que iban de su piso al mío, recuerdo hablar sobre si nos salía pelo en los cojones, y sobre el portero Benjamín. A menudo por las mañanas llamaba a su timbre para ir al colegio juntos. A veces me abría su padre en calzoncillos, pensando que era uno de casa, y entonces se volvía para gritar: “¡Carlos, Ismael!” Yo pasaba más tiempo en casa de Carlos que Carlos en la mía. Recuerdo perfectamente las enciclopedias y los volúmenes de la librería que quedaba en frente de la puerta de su habitación. Consultamos aquellos libros para hacer trabajos del colegio, y a veces los mirábamos solo para pasar el rato. Recuerdo a Carlos como un hombre lector. Quizá nuestras lecturas fuesen desorientadas y algo absurdas, todas esas consultas arbitrarias a la enciclopedia de Viajes por la tierra, pero, como los cuadros de la galería S’Art, con aquella mujer tan atractiva que estaba al frente, era lo que teníamos. Los dos hermanos de Carlos estudiaban entonces fuera. Luego yo comencé a frecuentar otras amistades y acabé yéndome también. Mi familia, a lo largo de estos años, me ha seguido hablando de Carlos, de Carlos Casas, y de la enfermedad que le vino. Ahora que ha muerto quiero recordar su capacidad de mantener la ilusión y los ojos abiertos al mundo. (Publicado en la edición de Huesca de "Heraldo de Aragón", 9.4.07) |