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VENCER

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         La ciudad de Esparta no suele aparecer en los itinerarios turísticos de Grecia. Dicen que queda hoy una pequeña población con un museo de escaso interés. No quedan frisos que ver, ni columnas; no hay un famoso teatro con vistas al horizonte, como los hay en tantas ciudades de la Hélade, hoy visitables. No hubo una escuela destacada de pensamiento, algo así como “la escuela espartana”, del mismo modo que se habla de la escuela de Mileto o de Elea. Lo que hizo famosa a la ciudad de Esparta, como es sabido, fue su régimen militar. Esparta, se dice, no tenía ejército, sino que era un ejército. Y, sin embargo, fue vencida militarmente antes que otras muchas polis vecinas. El pequeño ejército de Epaminondas la derrotó, según leemos en las enciclopedias.

 

         Esparta, con su ley de Licurgo, ha servido de inspiración para los regímenes totalitarios. Sus niños, hechos dormir a la intemperie, o el barranco donde eran arrojados los débiles o tullidos, dan una idea del modo de vida de la ciudad. Es famoso también el hecho de que la única disciplina artística en que los espartanos destacaron fue en el canto, pero no el canto individual, sino el canto de coros, lo que no deja de ser una disciplina también marcial. En fin, seguro que hay algún especialista que pondría reparos a todo esto, que posiblemente sea una simplificación. Pero el hecho es que participamos de una cultura que emana de Atenas, podemos seguir un hilo, un diálogo, que sale de las calles de aquella polis y continúa en las nuestras, en nuestras bibliotecas y bares y salas de cine. No podemos decir lo mismo de Esparta.

          En Atenas se expresa la idea de que hay una única conversación posible, que es la de la razón. Sus habitantes buscaron un ideal humano, y dieron lugar a grandes espectáculos deportivos, a jornadas teatrales, a funciones de comedias... Había multitud de escuelas donde adquirir conocimientos intelectuales. Había también mucha variedad gastronómica, Pericles presumía en su famoso discurso de que los atenienses disfrutaban con los alimentos diversos y exóticos que llegaban a través de su puerto. En Esparta, en cambio, ser gordo era un delito castigado.

         Atenas gastaba buena parte de su presupuesto en construir obras públicas que no eran murallas, sino esculturas para sus frontones y capiteles; y gastaban dinero en mandar expediciones a África y a otras partes del mundo, estudiando las costumbres de los otros hombres (se dirá que lo hacían por intereses comerciales, pero la cuestión es que lo hacían, y quedan testimonios escritos). Se dirá que Atenas era un imperio económico que miraba por sus propios intereses, pero, ¿qué otra cosa tenemos? Siempre podemos sospechar de las grandes palabras y de las grandes intenciones, pero es mejor decirlas que callarlas. Pericles decía que los atenienses amaban la belleza y el saber, y que eso les hacía fuertes. Si creemos en las personas tenemos que creer en las grandes palabras: bondad, libertad, esperanza, amor, generosidad... Quizá por pudor, o por nuestra memoria herida, hemos sido entre nosotros parcos a la hora de pronunciar las grandes palabras. Y hay que decirlas periódicamente, en los brindis, en los aniversarios, en las ceremonias de fin de curso o de licenciatura, en las bodas, en los entierros, en las presentaciones de libros, en las inauguraciones... No sólo los que tienen cargos públicos, sino cualquiera de nosotros.

         En fin, todo esto viene a propósito de la película “300”, que me ha parecido bastante mala. Aparecen por ella unos atenienses que ponen un poco de sensatez, y que son ridiculizados por los espartanos. Esos pocos atenienses son como si nos asomásemos nosotros en la película.

(Publicado en la edición de Huesca de "Heraldo de Aragón", 2.4.07)

11/04/2007 22:46 Autor: ismaelgrasa. Enlace permanente.

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