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De vuelta del puente del uno de mayo subimos del coche los regalos y encargos traídos de Francia. Para A. la revista Les Inrockuptibles, con el disco de selección musical de la temporada (Printemps 2008), que hemos oído en la carretera pasándonos las canciones que no nos gustaban. Siempre que vamos a Francia traemos Les Inrockuptibles y unas cuantas revistas más para F., pero F. ha estado la semana pasada en Toulouse y esta vez no ha hecho falta. Para mi madre –el día que volvemos, el domingo, es el día de la madre– compro en Millau unos guantes de piel. Es bonito ir a comprar a Millau guantes de piel: hay diferentes casas donde se fabrican que se pueden visitar. Se exponen imágenes de señoras que los han vestido, como Jackie Kennedy. La ciudad de Millau se ha hecho ahora más conocida por el viaducto que han construido a su lado, y que lleva su nombre. Ya lo habrán visto en imágenes, ese puente sobre el valle que gana en altura a la torre Eiffel y que ha trazado Norman Foster. La peculiaridad de una obra así es que se disfruta “in itinere”, no está hecha para quedarse detenidos sobre ella, como en la torre Eiffel. Se tiene que disfrutar por necesidad a una velocidad moderada de autopista. Me dijeron que había un punto donde uno podía detenerse, pero o yo no lo vi, o no existe. En todo caso, aunque existiese esa supuesta parada, el viaducto es una atracción que se disfruta de un modo efímero pero que resulta igualmente romántico, quizá más. La gente hace fotos y vídeos al pasar sobre las nubes de la niebla. E. me ayudó a elegir los guantes y se los probó para que viese cómo quedaban. E. no compró guantes para su madre porque ya le ha hecho otro regalo, ha comprado a sus padres unos pases de temporada para la Expo. Pero sí que hace regalos para su hermana y el novio de su hermana. Compra sales preparadas por Michel Bras, que tiene un restaurante de tres estrellas Michelin junto a Laguiole, no muy lejos de Millau. No diré que el restaurante es barato, pero el número de estrellas de un restaurante no va necesariamente en proporción a su precio. E. compra para Ch., que es cocinero, el libro de cocina de Michel Bras. Le manda un mensaje para preguntarle si entiende mejor el francés o el inglés, por elegir una edición u otra. También compramos galletas de Michel Bras para F. y L., ya que esta vez no hacía falta traerles revistas. Pero E. compra el Vogue pensando en L. Para P. que diseña joyas, compramos una navaja de Rodez, que es el producto quizá más conocido de allí. Son navajas de mango de cuerno de vaca, de aspecto muy pulido y delicado. Esta zona, el Aveyron, es una región de vacas, los productos que la hacen conocida vienen de ellas: la carne de Aubrac, los productos de piel como los guantes, los quesos… Compramos otra navaja por encargo de P. para unos amigos suyos. La compra de quesos hemos de dejarla para el último día, el domingo, pero en Francia no hay muchas cosas abiertas en domingo. Hay algunos tenderos franceses que parece que se ofenden cuando se les pregunta si van a abrir el domingo, como si hacerlo fuese contra la ley divina, o de la unidad de la nación o alguna cuestión de raza. Otros responden con amabilidad que estarán cerrados y otros, atendiendo al sector turístico, abren parte del día. Compro para mí algunas revistas, como el Philosophie magazine, que trae un número especial para alumnos sobre el Baccalauréat, el equivalente francés de nuestra Selectividad. Es una revista más pensada para el Baccalauréat que para entender el mundo. Es retórica y evasiva, pero no puedo dejar de comprarla. Sobre profesores de filosofía me quedo con el Il faut tenter de vivre de Redeker. Heraldo de Aragón, Huesca, 6.5.08 Ya no se habla tanto de globalización y de antiglobalización. En general, nunca he entendido bien a los movimientos contrarios a lo que hemos venido llamando “globalización”. Me gustó cómo trató Baricco este asunto en su librito “Next”, una reflexión sencilla y honesta. Todo lo que sea acercar a los hombres, derribar fronteras, dar pasos en el concepto unitario de “humanidad”, tiendo a considerarlo como bueno. Los estoicos de la antigüedad y los que entonces se conocían como “cínicos” dieron pasos hacia eso que llamamos hoy “humanidad”, en el sentido de que todos los hombres somos iguales. El medievo, con sus religiones monoteístas, es comúnmente tomado entre nosotros como un período de oscuridad, un tiempo muerto, cuando, sin embargo, hay elementos valiosos en él: la propia idea del “catolicismo” expresa un afán de globalización. No solo se trata del latín como lengua común, la posibilidad de que un estudiante pueda ir de una cátedra alemana a la de la universidad de París de un día a otro, sino el proyecto de encontrar en cada nave de templo una conexión con el resto de iglesias del planeta, donde se leen los mismo textos en el mismo día. En ese sentido, esas redes de templos, salvando las distancias y no teniendo en cuenta las ideas que se defendían en ellos, fueron entonces lo más parecido a Internet. Después sirvió también el rock de aglutinante, un disco de vinilo, con su funda ilustrada, ha hecho posible que habitantes de lugares remotos sintiesen que formaban parte del mundo y de algo común. En fin, desde luego que la globalización son también los ideales de la Ilustración, el espíritu de aquella obra fundacional de Kant, “La paz perpetua”, con su ambición de que todos los hombres puedan transitar un día libremente por una república global, sin que nadie pueda tenerse más por extranjero en un lugar que en otro. Hace unas semanas fui a la celebración de la prejubilación de una conocida. La empresa para la que había trabajado trasladaba su sede a algún lugar asiático, donde, según esta conocida mía, pagarían “cuatro duros” a los empleados por hacer lo mismo. Hay que decir que su prejubilación, al menos temporalmente, la pagaba la empresa para la que ella había trabajado. En todo caso, dada la esperanza de vida que hay ahora en los países desarrollados, las personas prejubiladas a su edad pueden estar cobrando –y ójala sea así en su caso– cuarenta años de pagas mensuales. Salió entre nosotros la palabra “globalización”, en su acepción negativa, y mantuvimos un pequeño cruce de argumentos –no diré discusión porque no lo fue; yo apenas sé discutir–. Lo que yo venía a decir es que detrás de la corriente contraria a la globalización lo que hay a veces son modos latentes de racismo. Entiendo que la meta hacia la que deberíamos dar pasos es que no hubiese grandes saltos económicos entre unos países y otros, y que un trabajador de la fábrica de Zaragoza de Pikolín pueda trasladarse tranquilamente a una fábrica de colchones de Casablanca, como la que ardió este fin de semana con los operarios encerrados dentro. En el mundo de hoy es imposible pensar en zonas del mundo incomunicadas y en economías perennemente aisladas. Tratar de poner barreras, o criticar a priori a las empresas que se desplazan a países más pobres, obedece al miedo natural de perder unos privilegios que no están asegurados. Suele ser racista la defensa de que la democracia y el sistema de libertades que hemos desarrollado en Occidente “no vale” para todo el mundo. El polietnicismo, con sus variantes folcloristas, suele ir en esta línea discriminatoria. El caso es que me pareció desconsiderado ese “les pagarán cuatro duros”, cuando no tienen otra cosa. Lo que nos espera es competir globalmente. Heraldo de Aragón, Huesca, 29.4.08 En televisión, yo he sido más de ver “Siete vidas” que “Aída”. A lo mejor es que en la época en que han pasado “Aída” yo he visto menos televisión en general, pero creo que tiene que ver también con el tipo de serie. Nacho García Velilla, que ha sido director de estas series, tiene ahora en las salas de cine “Fuera de carta”. Fui a verla este fin de semana, en parte porque tenía ganas de reírme y en parte porque, si uno atiende a los títulos de crédito, descubre que es lo más parecido que se ha hecho en mucho tiempo a una producción oscense. Como en sus series, García Velilla se ha vuelto a rodear de un equipo de guionistas, una manera coral de escribir que trata de garantizar que hatya un chiste cada poco rato. Eso estaba en “Siete vidas”. Me gustaba “Siete vidas”, que es una serie que transcurre en un bar, igual que me gustó mucho antes “Cheers”, pero no he conseguido que me divierta, en cambio, “Los Serrano”, que también es serie de bar. Quizá no me gustan las series españolas que hacen del modo de ser español su entraña. Reconozco que cada día me atrae menos lo castizo. Yo, que he palmeado en mi juventud por las Cavas madrileñas, me tuve que salir el otro día de una fiesta flamenca en Granada. Tal vez sea algo transitorio. En “Siete vidas” se habla de un grupo de personajes, más o menos penosos, que tratan de ser felices. De “Aída” me disgusta su carácter de serie popular, que la serie se centre en un personaje que, en cierto modo, trata de ser humorístico en lo que tiene de representativo. Más allá del caso de “Aída”, me cuesta interesarme por los actores, las series o las películas que intentan retratar lo popular, entendido normalmente como pueblo bajo. Siempre me da la sensación de que el señorito está retratando a la criada. Es posible que lo que me guste sean las comedias de clase media, o donde salga alguien medio analfabeto y tosco, si surge así, pero nunca como algo simbólico. Quizá es que con el tiempo solo sepa reírme con la clase media. Porque la clase media, pese a su nombre, no se deja fácilmente hacer un “retrato medio”, cada uno es cada uno. Y ahí es donde surge el germen de la comedia en libertad. Sobre todo esto, Aristóteles ya vino a decir en su “Poética” que la principal diferencia entre comedia y tragedia es que en la primera los actores hacen de pobres, y en la otra de gente noble. “Fuera de carta” es una película en la que uno se ríe y sale con buen ánimo. Su vigor en la intención de hacer una comedia romántica con un final edificante y reconciliador, y en hacer pasarlo bien, consigue que el espectador pase por alto los posibles defectos o las secuencias más débiles. El protagonista, Javier Cámara, interpreta a un cocinero homosexual del barrio de Chueca. La película tiene una leve herencia almodovariana, con un homenaje velado y que a mí me ha parecido oportuno, como es la presencia de Chus Lampreave interpretando a una dama de la España rural y atávica. Con sus imperfecciones, como digo, diré que me gusta más la película de García Velilla que las de Almodóvar, su tono de comedia sin grandes pretensiones, lo que es una noble pretensión. Es una comedia propia de una democracia que se ríe de los contrastes y cambios por los que pasa la sociedad, y algo ligada a asuntos de actualidad, como es el protagonismo que adquieren hoy algunos de nuestros cocineros, y la obsesión por las estrellas Michelin. De todos modos, coincido con los que entienden que el final ruralista de la película no es el mejor posible, por más que esté hecho con una intención reconciliadora. Quizá en el fondo nos cueste aceptar que cierto refinamiento culinario y urbano no tiene por qué ser impostado ni censurable. Heraldo de Aragón, Huesca, 22.4.08 Para Félix Gómez-Urda, director del Festival de Jóvenes Realizadores de Granada, José María Escriche ha sido un modelo y un referente entre los directores jóvenes de festivales. Estaba con Gómez-Urda el coordinador del Festival de Cine de Alcalá de Henares, Luis Mariano González, que es de la misma opinión. Coincido con ellos en Granada, durante el festival. Me preguntan cosas de Escriche a las que no sé responder, porque, aunque he participado en alguna ocasión en el festival de Huesca, nunca lo llegué a tratar, más allá de los saludos cordiales, tendentes a la efusividad, como era su costumbre. Félix Gómez-Urda se emociona hablando de Escriche, de su amor a la vida y al whisky compartido (entendiendo la piscina como la unidad de medida de este destilado, a lo largo de una vida). Estando con Gómez-Urda en Granada, hablando de películas y compartiendo un vermú en los veladores próximos al ensanche, me hace sentir también un poco en Huesca, en una extraña proyección en el espacio y en el tiempo. Gómez-Urda me hace compartir un sentido de ser espléndido que él reconocía en la figura de Escriche. Me dice que se da cuenta ahora de que su último encuentro con él era en realidad una despedida, y de que pidió champán. Me gusta una de las películas documentales que se proyectan en el festival, “Harraga”. La cámara va siguiendo a niños y jóvenes que miran hacia España desde las costas marroquíes, adolescentes que se esconden en los bajos de los camiones de carga de los ferris, como esos personajes de las películas americanas que viajan escondidos sobre los ejes de las ruedas de los viejos ferrocarriles. Pero la épica de estos niños es diferente: son analfabetos, se intoxican con el humo del tubo de escape, esnifan cola de pegamento, viven en la ilegalidad… No hay horizontes de praderas por colonizar, no hay música de película del oeste, sino la de sórdidos muecines. Se esconden pegados al depósito de la gasolina, como una especie de animales parásitos. Hay una secuencia en que los niños hablan de Granada, reproduciendo frases hechas que han oído: allá hubo hermanos suyos musulmanes que “dejaron su sangre” para levantar la Alhambra, ese monumento que ahora tienen como suyo, injustamente, “los españoles”. Esto me hace pensar en unos párrafos del libro que he venido leyendo en el avión cuando viajaba a esta ciudad. Hablo de “Dios no es bueno”, de Christopher Hitchens, que acaba de publicar Debate. Hitchens estuvo en el escenario de la guerra de la antigua Yugoslavia, y reflexiona sobre el hecho de que la prensa se refiriese siempre a “los musulmanes”, tratando, por ejemplo, de bosnios o albano-kosovares, mientras que no utiliza la expresión ortodoxos para referirse a los serbios, o católicos, hablando de los croatas. Hitchens se refiere a que también en el caso de los cristianos estaba presente en aquel conflicto una guerra de religión. El contraponer “los españoles” a “musulmanes”, como hacen esos niños refiriéndose a lo que les evoca la Alhambra, refleja un cisma mental que posiblemente tardemos mucho en encaminar: el acabar con la idea de la nacionalidad vinculada a la religión, para empezar. Lo propio sería contraponer “los musulmanes” a “los cristianos”, pero esto ya no sirve ni nos define. En plural somos, felizmente, otra cosa. En el fondo, no se trata de que seamos “comprensivos” con otras culturas o credos, como el musulmán, en nombre de un pasado cultural compartido, etcétera. Yo no quiero ser comprensivo con muchas de las costumbres de los países que se rigen por el Islam, ni con sus creencias. Lo que está mal, está mal. Lo que es falso, es falso. Todo esto no es un western, pero tiene igualmente su épica y su grandeza. Heraldo de Aragón, Huesca, 15.4.08 Las imágenes de este fin de semana han sido las de los activistas que trataban de apagar la antorcha olímpica por las calles de Londres. No deja de llamarme la atención que lo que se gritase fuesen lemas contra la presencia china en el Tibet, el fin de la “opresión”, mientras que apenas se oye nada sobre la falta de derechos humanos en la propia China, sobre la censura en Internet, sobre los presos políticos, las ejecuciones públicas, la falta de libertad de prensa o sobre tantas cosas de la vida cotidiana que suponen pequeños envilecimientos. Cualquiera desea que el Tíbet o Taiwán sean comunidades de ciudadanos libres de su propio destino, eso está claro. Pero la cuestión es, de nuevo, el enfrentamiento en el ideario occidental del romanticismo frente a la Ilustración. La proyección romántica de occidente no deja de ver en el Tibet el escenario en el que el mundo purga sus pecados, empezando por el capitalismo; el santuario antiestrés –tengo que decir que a mí me estresa la montaña y la idea de tener que subir cuestas, por no hablar de vivir bajo una teocracia quietista –; el parque natural de la espiritualidad humana, una reserva ecológica donde comen vegetales unas personas que, vestidos de naranja, han de ser protegidos de la contaminación moral del mundo, etcétera. Todo esto que cualquier persona que ame la democracia y el progreso debería ver con recelo –incluido el abuso que se hace con los niños lamas y el resto de chicos que, internados, dedican el tiempo a aprender de memoria textos de dudosa utilidad pública; quizá muchos de nuestros pedagogos en activo que protestan contra el aprendizaje de memoria de los ríos de España o las capitales del mundo vean en cambio con buenos ojos las técnicas de estos tibetanos, en nombre de la diversidad de civilizaciones–, todo esto, digo, es lo que se está convirtiendo en la bandera desde la que hacer boicot a los Juegos Olímpicos de Pekín. Samaranch, que fue el que hizo lo posible para que Pekín tuviese sus Juegos Olímpicos, así como su seguidor Jacques Rogge, tampoco se pronuncian muy abiertamente a favor de la democracia. Hay que entender que su papel es oponerse al boicot, desde luego, pero quizá no sea imprescindible que a cada rato pronuncien frases del tipo “Cada país tiene el régimen que escoge”, como dice Samaranch, o el excusar la falta de derechos humanos en China desde el argumento de que quienes les critican –las potencias occidentales–, tampoco los respetan completamente. De modo que, en cierto modo, la antorcha de la democracia y las libertades civiles anda un poco desamparada, pero el caso es que anda. El propio Sarkozy, siguiendo con el ideario romántico al que me refería al principio, promueve el boicot reivindicando un encuentro personal con el Dalai Lama: las corbatas frente a las túnicas. No descubro nada si llamo la atención sobre el magnífico blog del periodista oscense Antonio Broto, su “chinochano”, que ya recibió el premio Blasillo del Congreso de Periodismo Digital de Huesca. Este blog, imprescindible para cualquiera interesado en la China actual y las curiosidades a las que da lugar –de las últimas cosas que ha tratado es sobre los fichajes de estrellas internacionales de fútbol en los equipos chinos–, se ha opuesto al boicot a los Juegos Olímpicos de Pekín argumentando que la oposición a los juegos conseguirá lo contrario de lo que busca. No sé si hay que oponerse o no a los Juegos de Pekín, posiblemente no. Una línea argumentativa a favor de esta tesis es el ver cómo cambió Korea del Sur después de los Juegos de Seúl, cómo se dio lugar por primera vez en ese país a un presidente que no fuese militar… En todo caso, hay que saber hacia qué se apunta cuando nos oponemos. Heraldo de Aragón, Huesca, 8.4.08 Han coincidido estas semanas en las carteleras dos películas sobre Afganistán: “La guerra de Charlie Wilson” y “Buda explotó por vergüenza”. La primera es una película con humor y grandes estrellas –Tom Hanks y Julia Roberts–, mientras que la otra está rodada con un presupuesto ínfimo y se centra en el lado dramático. Son de carácter distinto, pero hay una coincidente continuidad en ellas: en la primera se habla de la guerra contra los rusos en Afganistán, y de cómo, al final, los Estados Unidos se equivocan al ayudar solo con armamento, en vez de continuar su presencia por medio de escuelas y actividades formativas; la segunda trata de la época posterior, la talibán, del pequeño episodio de una niña que trata de ir a la escuela, una tarea que se convierte en una especie de Odisea llena de peligros. Conforme pasan los días me va gustando más en el recuerdo la película de Mike Nichols, “La guerra de los Wilson”, y menos la de Hana Makhmalbaf, “Buda expolotó por vergüenza”. La película de Makhmalbaf se hace algo reiterativa y lenta desde los primeros planos, pero va aguantando bien debido, en mi opinión a dos méritos: de un lado, la presencia de la protagonista, una niña de seis años, que aguanta los planos con una serenidad e inocencia conmovedoras; de otro lado, lo que parece que es la intención de la película, el mostrar al mundo una historia sobre la dignidad humana, el pequeño episodio de una niña que sencillamente quiere aprender a leer, y que se ve rodeada por la barbarie. Hay un par de secuencias que ponen el corazón en un puño, ese momento en que los niños varones juegan a ser talibanes y parece que van a lapidar de verdad a la niña protagonista, y cuando la obligan a ir tapada con una bolsa en la cabeza, a la manera del burka. Este momento es, digo, estremecedor. Pero, a mi juicio, la película se viene abajo en el tramo final (puede dejar de seguir leyendo, en este punto, quien no haya visto la película y tenga intención de hacerlo), particularmente cuando los mismos niños, de pronto, pasan a jugar a ser invasores norteamericanos, comportándose igual de bárbaramente, y dando a entender, como conclusión, que tan dañinos son los integristas como los estadounidenses. Quizá no haya que pedir una gran complejidad intelectual a una directora de cine que no tenía ni veinte años cuando rodó esta película, pero esta equiparación resulta burda y ofensiva. Utiliza a modo de metáfora la imagen de los budas gigantes que estallaron en Afganistán, como si entre todos los hubiesen hecho explotar de vergüenza, cuando lo cierto es que los que pusieron las bombas fueron los talibanes, hasta donde nosotros sabemos. Desde luego que se puede criticar la política exterior norteamericana y su intervención en esta zona de Oriente, pero poner al mismo nivel los valores de los talibanes que arrancan las hojas del cuaderno de esa niña, a los que articulan la vida de los Estados Unidos, resulta tosco e irresponsable. “La guerra de Charlie Wilson”, por su parte, tiene cierto tono de vodevil –es memorable y ya clásica la secuencia en que el congresista Wilson mantiene dos conversaciones a la vez en su despacho, una sobre la intervención en Afganistán y otra con sus secretarias sobre la acusación de haber tomado cocaína a la que se enfrenta–, un tono sorprendente de hedonismo tejano y conservador, como de un cristianismo anticomunista que se presenta como la magnificación de un paganismo de vividores que, en el fondo, no llegan nunca a ser cínicos. Y trata de algo importante: de que las cosas no suceden por leyes inexorables que las empujen, sino porque hay personas, a menudo excéntricas o más o menos casuales, que deciden llevarlas a cabo. Heraldo de Aragón, Huesca, 1.4.08 Esta semana se presenta el último libro de Cristina Grande, “Naturaleza infiel” (RBA). Cristina Grande comenzó publicando artículos en prensa y era conocida como fotógrafa: suyas son las fotografías de las solapas o de acompañamiento de muchos libros de autores aragoneses, como Ignacio Martínez de Pisón, Félix Romeo, Eva Puyó, Miguel Mena o Javier Tomeo; luego dio a conocer en fotografía y vídeo algunos asuntos suyos, más propios y familiares, con participación en algunas exposiciones colectivas. Hasta que en 2002 publicó su colección de relatos “La novia parapente”, un libro que desde entonces ha sido reeditado en varias ocasiones, las últimas en Xordica. En esos relatos se reveló una voz de narradora inconfundible, una mezcla de crudeza sentimental y lirismo de lo cotidiano, todo con un lenguaje sencillo y un mundo muy identificable. Cuatro años después publicó “Dirección noche” (Xordica), donde continuaba en su línea a la vez que aportaba nuevos asuntos a sus pequeñas ficciones, como es la presencia en ellos de la figura de la madre, un personaje que, en cierto modo, será el protagonista de “Naturaleza infiel”. Durante este tiempo Grande ha alternado la escritura de relatos con la de artículos en este mismo periódico, donde me alegro de ser su compañero. El tono habitual de sus artículos, en el que es común que nos hable de su abuela de Lanaja, ya difunta, o de su primo Alfredo, no es muy diferente del de sus ficciones: un contar la vida a pie de calle, donde se juntan las amapolas estacionales con los bikinis comprados por catálogo, los cumpleaños de los seres queridos con las alergias, siempre con un fondo de emoción, de íntima rebeldía y cierto afán por la elegancia –en su sentido más amplio–, hasta el punto de que se puede decir que Grande ha hecho el papel de mujer dandy de nuestras letras. “Naturaleza infiel” trata, a través de la vida de dos hermanas y su familia, del hecho de sobrevivir, incluso en un sentido literal. Una de las hermanas sigue la vía del sexo y otra la de la heroína, cada una con sus peligros, en un retrato que se vuelve también una elegía generacional. Pese al título, en el libro hay más valentía que infidelidad, y más urbanidad que naturaleza. Heraldo de Aragón, Huesca, 25.3.08 Lo de las ramas de olivo y lo de las palmas del domingo de Ramos es bonito y tiene futuro. Me refiero al campo del marketing y de los sentimientos. La movilidad actual de los seres humanos, el que muchas personas como yo vivamos en barrios donde buena parte de los vecinos proceden de otros países, el que nuestras ciudades sean hoy multirraciales, permite valorar de un modo más o menos objetivo la calidad y éxito de nuestras costumbres. Quiero decir que, por ejemplo, la tradición del ramillo de albahaca en Huesca tiene tirón, a su manera; o la de los gigantes y cabezudos, tan viva en Zararagoza, que ha tenido éxito entre los niños de todas las procedencias –aunque sea un éxito quizá con los días contados, debido a ese factor de terror infantil, con los pequeños látigos, que van quedando algo anticuados–. Otro éxito de nuestro marketing cultural, indiscutible, es la sorpresa en el roscón de Reyes, esa figurita entre la masa esponjada o entre la nata, esa resistencia celebratoria al cuchillo. El último roscón que compramos en mi casa era de una pastelería marroquí. Parecía incluso que desde la pastelería nos quisiesen decir que nos habíamos apropiado de algo suyo: los Reyes Magos son de Oriente, y lo propio del roscón es cierto exceso geométrico ornamental, a la manera de una corona. Lo cierto es que la masa de ese roscón que compramos era demasiado espesa y almendrada, pero ahí estaba la figurita entre la nata, y la corona de cartón acompañando la caja en que venía servido. Los propios Reyes Magos tienen también futuro como tradición cultural, no sería raro que la Coca-Cola, asociada a Santa Claus, se acabase pasando abiertamente al aire misterioso y multirracial de estas figuras orientales. La tradición taurina, por otra parte, la veo difícilmente rescatable: atrae a los turistas como algo pintoresco, pero menos a las personas de origen foráneo que viven entre nosotros. Quizá en la línea del Bombero Torero haya algo que hacer, no lo sé. En Teruel parece que les está saliendo bien lo de los Amantes, llenan los hoteles con todo ese echar paja a las calles para que parezcan medievales. La línea de exaltación medieval solo la veo a medias, pero el caso es que la cosa funciona, con el texto de Santiago Gascón y elementos de novedad que enseguida parecen tradiciones perdidas en el tiempo. En el Teruel de los Amantes asomó una tradición que no acaba de cuajar a lo grande, pero a la que sí veo que puede tener futuro: la besada, es decir, ese momento en que parejas venidas de todo el mundo se dan un beso a la vez. En fin, escribo todo esto en lunes porque cuando ayer vi pasar bajo el balcón a los niños con los ramos, esas ramas de palmeras trenzadas, me pareció algo bonito y alegre. Más tarde, cuando oscurecía, me crucé por la calle con una procesión, con los capirotes y los tambores lúgubres, y las estatuas de dolientes, y se me hacía más difícil encontrar una salida humana, globalizada, a este rito. En lugares como Alcorisa, a partir de “Jesucristo Superstar”, se han renovado un poco. Solo nos falta ir limando todo esto. Me dio la impresión también, quizá falsa, de que no había demasiado público en la procesión, de que había casi más capirotes que espectadores, y no digamos que niños. Insisto en que todo tiene salida, basta con no perder la buena fe. Quiero pensar que no se trata de que las personas procedentes de otros lugares del mundo, de primera o segunda generación, se integren o adapten a nuestras costumbres, sino de que aprovechemos el beneficio de su presencia para hacer un test, una prueba de calidad de nuestras costumbres, empezando por nuestra cocina. La única identidad humana es la de su aspiración a ser cada día mejor. Heraldo de Aragón, Huesca, 18.3.08 Las elecciones generales tienen algo de Navidad, con toda esa gente que va a votar adonde están empadronados, y que a menudo no es donde viven. Es una Navidad con menos presión, con menos compromiso: uno va a comer a la ciudad de sus padres, porque sigue censado en esa dirección, muchas veces por la simple pereza de no hacer el trámite burocrático de cambiarla. Es una especie de comida o cena de Navidad pero con el aliciente de que la comida no tiene por qué ser excepcional o festiva. Votar da alegría. Es más, predispone al buen apetito, da hambre. Ser un poco ingenuo es ser inteligente, es decir, no ser nada ingenuo. La desconfianza no tiene por qué ser en todo caso una muestra de inteligencia. Progresamos porque confiamos. Un poco más de filosofía: la verdad va de la mano de la belleza y del amor. La democracia no es en sí misma una meta, la meta es el bien, el ser mejores. Pero, hoy por hoy, nada nos hace mejores que la democracia. Quizá pasemos por periodos en que la economía no vaya bien, pero podemos decir que nunca en nuestra historia habíamos estado mejor, nunca habíamos sido un país tan atractivo para millones de habitantes del mundo. Antiguamente atraíamos a aventureros románticos, porque lo nuestro era una cosa folclórica y pintoresca. Nuestras ruinas y castillos servían para hacer dibujos a plumilla que acompañasen las revistas de sensibilidad decadente. A menudo los europeos se fueron sirviendo de España para exaltar aquello que nos hacía singulares, en lugar de aquello que nos hiciese civilizados. Hemos sido cantera de iconos de bandolerismo de sierra y manta, de un guerrillerismo que ha servido de campo de aventuras a los que a menudo estaban más deseosos de experiencias que de justicia, incluida nuestra Guerra Civil. En fin, que este domingo fui a votar. Hablando de los dos principales partidos, lo que uno debe desear es que los dos sean lo mejor posible. Lo normal y razonable sería que la mayoría de ciudadanos dudase entre votar a uno u otro. Si se piensa, es ofensivo considerar una minoría a los llamados “indecisos”, “el voto indeciso”. Porque todos deberíamos ser indecisos, se supone. Y entrando en materia: viendo las imágenes de Rajoy con sus seguidores en el balcón de Génova, daba la impresión de que hubiesen ganado. Se les veía felices y aliviados. Quizá Pizarro fuera en esto una excepción, sabedor de que parte de la responsabilidad de los resultados era suya. Falló en sumarse a los eslóganes de campaña, a las frases de partido –¿qué quería decir en televisión con eso de que defendía a la familia?– en lugar de defender un plan económico convincente y audaz. Fue bonito el modo en que la mujer de Rajoy abrazaba y acariciaba a su marido en ese balcón de la derrota. Quizá el error mayor del PP y de Rajoy sea el haber dejado que el ideólogo y líder de la legislatura, quien marcase la pauta, fuese Jiménez Losantos. Es un hombre formado en el maoísmo que reconoce a la primera las maneras de la ortodoxia totalitaria de izquierdas, pero que, desde el otro extremo, no se diferencia tanto de lo que critica: no duda en poner en riesgo la estabilidad del Estado democrático con tal de que los de su sección saquen partido. En estos años no ha dejado de avivar la teoría de la conspiración del 11 M, para después quedarse callado como si nada hubiese sido dicho durante un tiempo tan largo. Pienso que el PP se equivocó en su obcecación por condenar las bodas de homosexuales, que no hacen daño a nadie. En vincularse conjuntamente a un credo religioso. En defender la idea de España al modo de los nacionalistas, en lugar de como un marco que garantice la igualdad y las libertades. Enhorabuena a Rosa Díez. Heraldo de Aragón, Huesca, 11.3.08 En la imagen, Casino de Huesca, colegio electoral el día de las elecciones La semana pasada citaba aquí al escritor Carlos Castán a propósito de la reedición de su “Museo de la soledad” (Tropo). Y esta semana quiero volver a hablar de él porque estos días se está distribuyendo en las librerías el tercer libro de este autor, “Sólo de lo perdido” (Destino), ocho años después de que publicase el anterior. “Frío de vivir” fue su primer libro, publicado en 1997. Los tres son volúmenes de relatos. Con ellos Carlos Castán se ha convertido en un autor destacado en este género. Desde Gracián y Sender (Tomeo es un caso distinto), no había vivido y escrito en Huesca un autor de esta categoría. He leído este fin de semana “Sólo de lo perdido” y he decir que, de sus tres libros, no muy diferentes unos de otros en una primera impresión, es el que más me ha gustado. Es un libro, por así decirlo, menos “lluvioso” que las dos anteriores colecciones de relatos. Los relatos de Carlos Castán suelen orbitar en torno a un momento de felicidad que trascurrió en el pasado, o en torno a la ilusión de que trascurrió. Han sido personajes que siguen respirando e irguiéndose cada mañana, pero que en realidad tienen su alma en otra parte, en un amor interrumpido, en unos días de música y alcohol que se detuvieron de pronto, en un sueño roto… Es como si este autor se hubiese venido sirviendo de esta clase de recursos, esas almas en aguacero, para transmitirnos la melancolía de vivir. Castán es un narrador de tono lírico, próximo al mundo de los cantautores a los que es aficionado y de los poetas. Sus relatos han venido siendo canciones tristes de amor y de soledad. Hasta se puede decir que tiene sus estribillos, pequeñas enumeraciones que, si bien no se repiten nunca igual, se presentan reconocibles al lector. Hay cierto hedonismo de la tristeza, del tabaco, del desorden de los discos tirados por el suelo y de las sábanas revueltas de la cama sobre la que se ha amado. El caso es que nos gusta oír esas canciones, que son a la vez un retrato generacional de los que, por edad, transitaron del final del franquismo a la democracia. “Sólo de lo perdido” continúa teniendo algo de resaca de un pasado, de legaña sentimental, pero incorpora asuntos nuevos, parece que el autor toma un distanciamiento mayor consigo mismo, es el libro de un escritor más libre aún y experimentado. Su lectura me ha dejado la impresión de que lo importante ya no es tanto el pasado, sino el lugar, el espacio moral en el que uno vive. El libro trata en buena medida de la ciudad como espacio de libertad. El libro es un canto a la libertad, una celebración de la ciudad. El libro es un acto de rebeldía adulta, de afirmación de autonomía, del derecho de la tristeza, un libro contra el orden de la naturaleza, que es la muerte. Es un libro contra natura. Ya había parodiado en sus otros libros el mundo de los campamentos de verano en la montaña, con ese cantar de himnos junto a un mástil. Ahora cuentos como “La ciudad” son todo un manifiesto en este sentido. Pero no solo en lo anecdótico, en el hacer bromas con las mermeladas caseras y las cucharas talladas en madera de boj, sino en lo esencial, algo que afecta a la dignidad. En el libro hay varias historias de chicos que viven en pueblos y son seducidos por el oasis de una mujer de ciudad. Y hay una pieza, “Escuela de la muerte”, que es la descripción más desoladora, y en cierto modo humorística, de la vida en provincias que he leído jamás: cómo lo que se dice que ven los que se mueren, esa película rápida de lo que ha sido la propia vida, es lo que ve a cada momento, en la terraza misma en que toma un café, el que vive en una ciudad pequeña. El libro acaba con una brillante declaración político-sentimental. |